Entre Columnas
Por Martín Quitano Martínez
04 de noviembre de 2015

 

La intolerancia puede ser definida aproximadamente                                                                           como la indignación de los hombres que no tienen opiniones.

Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) Escritor británico

 

La intolerancia parece estar cómodamente instalada en los pasillos del poder, de cualquier poder en México. Por todo el país son noticia los asesinatos, los amagos y la censura para los que piensan distinto; el escozor que generan las críticas o las opiniones que cuestionen comportamientos, son vistas por muchos de los que gobiernan como actos de rebeldía injustificada, como condiciones incómodas que no deben darse, como desagradables manifestaciones que deben cancelarse.

La muerte, el exilio, la compra, la amenaza, todo cabe para combatir tan desagradables opiniones de aquellos blasfemos a los que se les ocurre opinar en contra del “establishment”. Es un indeseable malestar provocado por un sentir distinto injustificado e insoportable, ante lo que sólo debe haber represalia o alineamiento.

La vieja condición de “estás conmigo o contra mí” cobra actualidad para los que, enceguecidos por el poder, reclaman la libertad absoluta de sus actos pasando por encima del interés público y los derechos de libertad de pensamiento y expresión de los que se atreven a pensar y opinar distinto: nada puede cuestionar al poder sin que se corra el riesgo de pasarla mal.

Es un ambientillo mexicano cargado de injusticias y contradicciones en un ejercicio público y de gobierno que arropa toda clase de violaciones, donde es común sentirse amenazado por la crítica y el cuestionamiento de la infinidad de asuntos puestos en entredicho por aquellos que no estamos conformes con el andar general de una sociedad mayoritariamente indefensa y pobre.

Son mal vistos los reclamos ante la opacidad, ante la impunidad de quienes gobiernan legal y fácticamente. El país no tiene problemas, tan sólo es visto así por quienes no comprenden el andar de un país puesto en marcha y caminando hacia adelante, la insoportable corrupción es sólo un hecho cultural, más que un problema estructural profundamente enraizado en nuestra sociedad, el cual deja de ser un problema de moral pública y se concibe como la mayor dificultad para el desarrollo.

La violación del estado de derecho en nuestro país es ejercicio cotidiano que ha permitido la conformación de fortunas y gobiernos que compran, amenazan y hacen “justicia” de forma discrecional; que definen sus quehaceres sobre la base de la ganancia, el contubernio y el solapamiento de arbitrariedades. El arrinconamiento de nuestra democracia precisamente se justifica por la existencia de un bagaje operativo y funcional de los poderes, sobre la lógica de la acumulación de fechorías sin castigo alguno.

El dolor por la intransigencia, la intolerancia y la impunidad es pese a todo el acicate para el levantar la cara ante lo que no debe de continuar, las razones para continuar en la defensa de derechos fundamentales como la libertad de expresión debe ir conformando las condiciones para enfrentar los cancerígenos procesos creados. La exigencia es mayor y hay que estar a la altura de las circunstancias.

DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

Para todo el País, la transparencia y la rendición de cuentas más urgentes que nunca.

 

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