Camaleón
Por Alfredo Bielma Villanueva
23 de noviembre de 2015

Antaño, en el viejo régimen, una vez rendido el quinto informe de gobierno del presidente de la república o de los gobernadores de las entidades federativas daba inicio toda una parafernalia política, electoral y partidista encaminada a la sucesión de gobierno; la clase política se disponía a retener el poder o a ganarlo con votos desde la oposición. En todo caso se trataba principalmente de grupos políticos al interior del PRI en donde se debatía por el arribo de nuevos actores al poder. El gobernador en turno difícilmente se pronunciaba por un favorito, hubiera sido suicida una actitud de esa naturaleza en un entorno en el que la última palabra era la del presidente de la república. Una vez adoptada, la decisión se transmitía a los gobernadores por el conducto de gobernación y el Comité Ejecutivo Nacional del PRI se encargaba de formatear el “destape” encargando a alguno de sus sectores el privilegio de la primera postulación; la maquinaria partidista se echaba a andar con el gobernador al frente para apoyar al candidato, fuera o no de su agrado, la disciplina así lo exigía porque fuera de ella se caminaba hacia el ostracismo político.

Los tiempos y las circunstancias han cambiado, muy otras son las formas, la sociedad es más participativa y se cuenta con instituciones y marco normativo que cuidan de auspiciar una mejor competencia democrática. En eso mucho tuvo que ver la alternancia del año 2000, a partir de la cual los gobernadores del PRI encontraron la oportunidad de resolver sus propias sucesiones; los del PAN, por razones estatutarias y por no seguir la rutina priista no necesariamente dependían de la decisión presidencial y en el PRD la postulación se decidía en base al grupo predominante en su cúpula de mando.

Ya supimos cómo Miguel Alemán operó en el PRI para que Fidel lo sucediera (ignoramos si después le ocurría lo mismo que a Díaz Ordaz cuando se veía en el espejo); asimismo está fresca en la memoria de la clase política la manera en cómo Herrera Beltrán fraguó la candidatura de Duarte de Ochoa en 2010, todo esto se produjo en la escena dominada sucesivamente por dos presidentes de origen panista. Con estos antecedentes, en Veracruz llegamos a la sucesión de gobierno 2016, ya en la circunstancia de que el actual presidente de la república tiene origen priista.

No se afirma nada nuevo cuando se señala que las elecciones ya no son, como antaño ocurría, automáticamente favorables para el PRI, como se experimentó en el reciente proceso electoral en el que fue derrotado en Nuevo León y en Querétaro. No estamos en condiciones de asegurar si los gobernadores de esas entidades fueron o no consultados respecto de quién debería ser el candidato a sucederlos, lo cierto es que no fueron ellos quienes decidieron la candidatura del PRI al gobierno. Sin embargo, en su tiempo se supo que en Nuevo León el presidente Peña Nieto no había atinado en la designación de la mejor candidatura, pues teniendo otras cartas más competitivas el perfil de su decisión debió incluir como estrategia el deslinde inmediato respecto del gobierno, al que la población imputaba actos de corrupción. El resultado está a la vista, la elección la ganó un político ex priista arropado bajo el emblema de candidato independiente, pero apoyado por la poderosa iniciativa privada que si bien no rechazó abiertamente a la candidata designada desde el centro, en los hechos formuló su propia propuesta y apoyó a quien consideraba el idóneo para hacer saber que con Rodrigo Medina de la Cruz ya habían tenido suficiente.

¿Hay condiciones en Veracruz para que un candidato independiente obtenga el triunfo electoral? Conviene aclarar que la calidad de “Independiente” no se adquiere solo por el hecho de ser candidato sin partido; se requiere además de cierta autoridad carismática del individuo que así se postula, que sea conocido hasta por debajo de las piedras, que la ciudadanía confíe en su discurso, que no mantenga estrechas ligas con el establishment, etcétera; obviamente las circunstancias cuentan, y mucho. ¿Hay inconformidad social y el hartazgo social basta para ganar una elección en la que se tome como bandera?, ¿cómo es percibido el gobierno en turno? ¿el partido en el gobierno mantiene unidad monolítica? Tales, serían algunas interrogantes cuyas respuestas modelarían la posibilidad del triunfo de una candidatura independiente.

A la oposición habrá que ponerle nombre y encontramos que realmente precandidatos competitivos se avizoran dos, panistas ambos: Miguel Ángel Yunes Linares y Juan Bueno Torio; aunque a la más pura usanza priista de antaño bien pudiera estar fraguándose la figura del “tapado” materializado en el senador Fernando Yunes Márquez, cuyo perfil encaja bien en estos tiempos del cambio. La inferencia es lógica si se advierte la actitud extremadamente discreta que el senador panista ha adoptado. Juan Bueno Torio ha insistido en su aspiración, legítima por donde se le quiera ver, tiene experiencia legislativa y es entrón, aunque con un discurso muy moderado. No así el diputado Miguel Ángel Yunes Márquez, siempre echado para adelante, frontal opositor al grupo político en el gobierno ¿quién pudiera regatearle experiencias a este actor político? Miguel Ángel sabe cuál es el discurso más rentable y cuenta con elementos que la realidad aporta y luego entonces la población escucha.

El PRD en Veracruz es mera entelequia, así terminaron por convertirla sus dirigentes locales entregadas a la fructuosa connivencia con el poder local. Su discurso respecto de la alianza con el PAN carece de crédito y se mueven en esa lógica sólo porque la consigna proviene del centro, pero es obvio que no les asiste convicción y son vulnerables en cuanto a que los del Poder conocen y pueden comprobar sus enriquecedoras complicidades.

En ese frente opositor ha irrumpido Andrés Manuel López Obrador, a quien por razones desconocidas Dante Delgado ha dejado el espacio que le corresponde en el diagrama ideológico, por llamarlo de algún modo, de Veracruz. MORENA tiene clientela y trabaja para el 2018 porque aún carece de la estructura adecuada para hacer frente con éxito a las maquinarias del PRI y del PAN, por lo que es dudoso un 2016 competitivo, sin embargo el escenario es caldo de cultivo para las sorpresas.

En cuanto a si el gobernador en turno tendrá oportunidad de intervenir en la designación del candidato de su partido, no cabe duda que, al menos, tomarán su opinión; pero la tercera fuerza electoral del país merece ya la atención para las batallas del futuro y seguramente en el CEN priista y en Gobernación se tienen los diagnósticos de las 12 entidades en las que habrá relevo de gobernadores. No caben, se supone, en esas diagnosis ni la retórica de “las señales del presidente”, ni el aparente “fortalecimiento” del PRI reincorporando alcaldes de otros partidos, porque entre gitanos no vale la buenaventura. El presiente no da señales eso es materia de la apreciación lúdica de quienes solo especulan. Lo cierto es que el PRI veracruzano está seriamente fracturado, eso es inocultable cuando en la cúpula del poder dos senadores con fuertes y efectivos nexos con la militancia partidista e indudable acercamiento con la sociedad civil, confrontan sus expectativas con las del gobernador porque no ha habido capacidad para la conciliación. Y para empeorarla, la dirigencia priista al parecer no es proclive a la suma y la multiplicación, luce asendereada para restar y dividir. De allí la necesaria presencia de un Delegado con jerarquía que, a la usanza priista de antaño, coordine y apacigüe, atempere y negocie, a la vez de informar a su normativa sobre el fidedigno panorama del Veracruz en los tiempos del cambio.

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