Entre Columnas
Por Martín Quitano Martínez
09 de diciembre de 2015

Necesitamos una nación donde la corrupción no sea una forma consentida de gobernar.

Javier Diez Canseco

En nuestro país los costos de malos gobiernos y su modelo económico y político son muy altos y no sólo  derivan del dinero saqueado por políticos que se vuelven empresarios o por empresarios que se vuelven políticos, sino que los costos negativos se dimensionan también en la mala infraestructura o en la deficiente educación, en afectaciones al medio ambiente o a la salud, en el incremento de la pobreza y la violencia, en la desconfianza de todos y de todo, en una democracia débil, en un estado de derecho sólo  de papel; allí están presentes sus efectos, lacerando y enterrando oportunidades de desarrollo.

Recién cumplimos tres años de una administración nacional que ha perdido ya un sexenio, que ha dejado constancia de que los viejos usos y las supuesta experiencia no sirven para resolver ninguno de nuestros significativos problemas, como es la profunda desigualdad crecida al amparo de la corrupción y la impunidad o la simulación de una comodina clase política que, más allá de los colores, pasea su indiferenciable comportamiento.

Las conductas que se han hecho regla de los gobernantes, de los representantes, de amplios actores sociales de la vida pública o privada está marcada por la desvergüenza. En tirios y troyanos encontramos el culto al cinismo, nada de lo que brutalmente nos recuerda la difícil situación de nuestro país parece tocar sus procederes, fingiendo y tratando de engañar acuden a la indiferencia social para decir que se va bien y que sólo  es cuestión de tiempo verificarlo.

Nada parece hacer mella en los prohombres que malgobiernan, su apuesta es que no importa lo que se haga o diga la desesperanza general siempre dará las condiciones propicias para reciclarse, para dar continuidad a la mascarada, para seguir haciendo fortuna, las circunstancias favorecen a la mentira, los discursos fáciles que enmarañan nuestra realidad y peor aún, apuestan por la estupidez generalizada del conjunto social.

Por lo menos en el caso veracruzano, es paradigmática la creencia de las élites de que nadie sabe o sabrá distinguir la desvergüenza, el comportamiento del actual presidente estatal del PRI, como manifestación genuina de la estulticia, de la gracejada política, de la procacidad de un discurso que confronta al adversario sobre la base de no mirarse la cola, de no percatarse cómo sus dichos caen en el fangoso y pestilente espacio de su ejercicio público, pues la corrupción que denuncia poniendo su inmaculado pecho en prenda, es la cacofonía de la desfachatez frente a lo que él mismo representa.

Nuestra entidad tiene muchos puntos de ofensiva condición, pero en particular reina sobre todos el de la corrupción, esa puntual y perseverante compañía de la vida pública veracruzana, de la mayoría dirigente que ha sumido a la entidad en el vacío político y ético. ¡¡Al ladrón, al ladrón!! grita a voz a cuello el audaz dirigente tricolor, tal vez sin darse cuenta que hasta entre ellos la impudicia debería tener límites.

 

DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

Insistir en polarizar con los periodistas parece ser el deporte preferido del gobierno veracruzano.

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