Rúbrica
Por Aurelio Contreras Moreno
15 de diciembre de 2015

La conducta pública de las últimas semanas del gobernador de Veracruz, Javier Duarte de Ochoa, refleja además de la desesperación de quien inexorablemente pierde el poder, un profundo desprecio por su propia investidura, y por ende, por los veracruzanos a los que debería gobernar en igualdad de condiciones.

En los hechos, hace mucho que Javier Duarte dejó de lado su condición de gobernante para asumir roles que no le corresponden, lo que ha traído como consecuencia que se denigre, aún más, el intercambio público en el estado de Veracruz.

En los últimos días Javier Duarte ha querido ser lo mismo ministerio público que juez; dirigente partidista y autoridad electoral; policía y ladrón. Y lo único que ha terminado siendo es un político pendenciero que pareciera no querer ver que el 1 de diciembre de 2016, dentro de 350 días, entregará el poder, probablemente a alguien que no le cuidará las espaldas ni le brindará impunidad.

Torciendo la ley y a las instituciones, lo mismo acosa judicialmente a sus adversarios políticos que a los medios de comunicación y periodistas que lo critican y no aceptan someterse a sus caprichos y veleidades. Utiliza y manipula los recursos públicos del estado para enderezar venganzas personales, pero se indigna cuando se le demuestran las irregularidades que han caracterizado a su caótica administración.

Javier Duarte desprecia a tal grado a sus correligionarios partidistas, que los obliga a adherirse políticamente a quien desea fervientemente que sea su sucesor sin importarle cubrir la menor de las formas, autoritariamente y como si de retrasados mentales se tratase, mientras se repite a sí mismo, una y otra vez, mirándose al espejo: “yo soy el gobernador de Veracruz”.

Y para hacer sentir su “poder”, le retiene sus pensiones a los jubilados, sus salarios a los maestros, sus becas a los estudiantes, sus participaciones a los ayuntamientos no alineados, sus asignaciones a la Universidad Veracruzana, y sus honorarios a los constructores, a los hoteleros, a los músicos, a los banqueteros, a los publicistas, y a un largo etcétera. Paga cuando le da la gana, si es que paga.

Los visos claros de un severo desequilibrio emocional emergen cuando pone en práctica ocurrencias que laceran la de por sí desacreditada figura del gobernador de Veracruz. Ofende a sus correligionarios en público, manda atacar a sus “enemigos” través de textoservidores y sicarios cibernéticos y desbarra en su red social oficial de Twitter con comentarios soeces, frívolos y malintencionados, como si fuera un buscapleitos callejero y no la persona sobre la que recae el mandato constitucional de gobernar a ocho millones de personas.

Los resultados de esa errática manera de conducirse están a la vista. La imagen de Veracruz a nivel nacional e internacional está por los suelos. La entidad es considerada la más peligrosa del país y de todo el continente americano para el ejercicio libre del periodismo. Es el estado que más denuncias por irregularidades y desvíos de recursos ha recibido de parte de la Auditoría Superior de la Federación. En el norte, centro y sur se padece una creciente e imparable inseguridad. La economía se derrumbó. Los empresarios se están yendo a buscar en otros estados las oportunidades que en el suyo ya no existen. Maestros y pensionados tienen que salir a las calles casi a pedir como limosna lo que por ley les corresponde.

El descontento popular pretenden frenarlo o bien comprando conciencias y abusando del hambre de amplios sectores a los que mantienen en la marginación, o a toletazo limpio y electroshocks, como en las dictaduras.

Javier Duarte se olvidó de ser gobernador de Veracruz. Y contrario a lo que piensa, la historia, y quizás también los tribunales, no lo absolverán.

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