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Fernando Vázquez Rigada
 14 de diciembre de 2015

La muerte flota por el mundo. París. San Bernardino. El A321 partido por la mitad en el cielo del Sinaí. Pakistán. El terror despliega sus alas.

Un terror que paraliza. Que conmovió a México hasta su médula. ¿Para qué? Para poner nuestro rostro, desfigurado, en el espejo.

Para mostrarnos lo que somos. En lo que nos hemos convertido. Todo lo que hemos perdido.

La suma de los atentados terroristas del último, cruel y despiadado, bimestre no rebasan los 500. Por eso el mundo llora y se conmueve. Es una tragedia digna de la desmesura que sólo se desata por la locura humana.

Pero este año, en México, la cifra de ejecutados superará los 20 mil. A julio del 2015, la cifra acumulada del peñanietismo era aterradora: 47,988 muertos según cifras oficiales. 1,499 ejecutados cada mes. 49 cada día. Casi dos por hora.

Tres días mexicanos son equivalentes a la sangre de París.

Allá es la excepción. Aquí la regla roja del nuevo tiempo mexicano.

Allá el mundo se estremeció por la crueldad, la inocencia de los asesinados y el mensaje oprobioso contra la libertad y el multiculturalismo.

Aquí se han quemado hasta los huesos a inocentes en un casino. Se desapareció a 43 jóvenes por bandas comandadas por policías. Nos hemos convertido en un país de fosas: una tierra que ya no tiene dónde ocultar a sus hijos muertos.

El saldo que no vemos es la renuncia cotidiana a nuestras libertades: no contestar llamadas teléfonicas de números desconocidos. Abstenernos de salir en las noches. Estar alertas en un alto. No mostrarnos en redes sociales. Extraviar la tranquilidad. Los puertos de México, de Veracruz a Acapulco, han cambiado el bullicio de la fiesta por el de las sirenas.

Nuetro orgullo, el respeto al otro, las puertas abiertas del país al perseguido, el “mi casa es tu casa”, ha sido enterrado por la supresión del migrante. Esclavizados. Prostituídos. Convertidos en Sicarios. Aquí, justamente aquí: en la tierra en donde Morelos eliminó la esclavitud por primera vez en América o que dió paso al primer presidente mulato y, años después, a un indígena.

Los extremos acechan el reino de la libertad en todo el mundo.

Proliferan los extremistas de traje y corbata, igual de nocivos a los que visten diferente, con turbante o kipá. Son los Trump o los Le Pen que desbordan las fronteras y que crecen lo mismo en Estados Unidos que en Francia o Hungría o Polonia y que demuelen los cimientos de lo que llamamos convivencia, respeto, diversidad.

El miedo terrorista o delincuencial promueve la instauración del miedo legal. Cerrar fronteras. Espiar al otro. Denunciar al vecino. Odiar al que tiene más. Expulsar al que tiene otro color de piel. Condenar al que cree diferente. Excluir al que ama distinto.

Eso nos espera, a menos que seamos capaces de ver con otra mirada el triste presente que hemos creado y resolver a abandonar la conformidad.

Los extremistas, en este lado del mundo, llegan no por la fuerza de los votos, sino de las balas. Luego no culpemos a los demás por la llegada de los que dividen y excluyen.

Un México mejor es posible. Un mundo libre sin miedo, también lo es.

Sólo hay que imaginarlo y trabajar en su construcción.

Pensar diferente. Imaginar. Soñar.

Nada hay peor que una idea, cuando es la única que tienes.

  1. Mil gracias por sus lecturas y críticas. Nos leemos el próximo año.

@fvazquezrig