CLAROSCUROS  
Por José Luis Ortega Vidal
10 de diciembre de 2015

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Hay un tema que requiere de análisis a fondo y un marco teórico a partir de la ciencia política y de las ciencias sociales en general.

Partamos de una duda: ¿Por qué los procesos electorales en México se convierten en duelos de campañas meramente mediáticas y competencias de corruptelas, antes que luchas políticas de alto nivel que incluyan debates teórico-prácticos y confrontación a partir de la diversidad ideológica?

Observemos el caso Veracruz, de cara a las elecciones del 2016.

En el PRI hay dos grupos: los duartistas derivados del fidelismo –son lo mismo- y los Yunes –Héctor y Pepe- alrededor de los cuales se centra todo: medios de comunicación, cacicazgos políticos nacionales con el Presidente con el gran elector de fondo y la militancia tricolor que representa -como ninguna otra- la falta de vocación democrática mexicana.

Alrededor de este conjunto de elementos podemos encontrar la cultura de las señales, la cultura del dedazo, la cultura de la “disciplina”, la cultura del “agandaye”, la cultura de la doble o triple o cuádruple cara, la cultura de los grupos de poder y la más poderosa de todas: la cultura de la corrupción económica y política.

Lo que no podemos encontrar en torno al priismo es la cultura de la democracia y de este modo, por ejemplo, se realizará en breve un Congreso de Delegados priistas que si bien se apega a la Ley en la práctica es manipulado, comprado, determinado bajo el interés y el manotazo de quienes tienen el poder en el estado en este momento.

Pero si el Congreso priista al que se registrarán puros aliados bajo control total de la CTM, la CNOP, la CNC y todas las organizaciones afiliadas al PRI, será hecho a la medida de Alberto Silva bajo la orden de Javier Duarte, en el resto de partidos políticos ocurre lo mismo.

En MORENA, el partido propiedad de Andrés Manuel López Obrador, la última lista de candidatos a diputados federal se “eligió” bajo un sorteo del que resultaron electos aquellos personajes –hombres y mujeres- afines a AMLO. ¿Democracia o caciquismo colocado sobre un discurso populista y animado por elementos de ideología izquierdista bien sustentada en algunos aspectos y francamente anticuada en otros?

El PRD es un partido de ladrones, muchos de ellos ex militantes del PRI que vieron truncados sus afanes en torno a un pastel del que ya no alcanzaron parte y otros izquierdistas radicales que acabaron traicionándose a sí mismos y hoy se venden como rameras, con una disculpa para estas últimas de parte del reportero.

El PAN, un partido cada vez más alejado de lo que fue su espíritu original: la construcción de una democracia ordenada, lenta en su construcción pero firme en sus convicciones conservadoras; el camino de México hacia la conversión de una guerra civil –la Revolución de 1910- en un capitalismo eficaz y justo; un partido de apreciación romántica y bisoña pero honesto a carta cabal en sus inicios y sumamente corrupto hoy en día.

De los partidos satélites –la mayoría creados por el PRI- no hay nada que decir. Arturo Escobar, una de las figuras más sucias en el liderazgo del PVEM y dado de baja penosamente de la Subsecretaría de Gobernación acaba de evadir la acción de la justicia simplemente porque el PRI sigue operando buena parte del sistema judicial y porque el partido verde es su mejor franquicia de pseudo oposición.

A todo esto, volvemos con la pregunta inicial: ¿cuánto de pugna ideológica hay entre duartistas y yunistas en Veracruz? ¿Cuánto de contenido de filosofía del poder se puede apreciar en la alianza PAN-PRD que busca crearse en Veracruz?

La respuesta a ambas dudas es la nada. Estamos ante burbujas de luchas de interés sectarios. Ni Tirios ni Troyanos ofrecen discursos de fondo, ofertas políticas de trascendencia, visiones de desarrollo teóricamente bien armadas y sustentables para el corto, el mediano y el largo plazo.

Los mexicanos y los veracruzanos Somos testigos de un circo político.

Más aún, todos formamos parte de ese circo que nos afecta a nosotros mismos y nos define como un país con avances sí, pero muy lejanos de los que debíamos haber alcanzado a un siglo de la Revolución que se hizo en aras de la justicia social y la democracia.

Al señalamiento de esta orfandad intelectual contra partidos y personajes políticos, hay que añadir la parte que le corresponde a la población y a los votantes en particular.

Durante décadas se pudo acusar al analfabetismo o a la juventud de la vida política mexicana como causas de nuestros atrasos.

Pero hoy, en pleno siglo XXI, ya son nuevas generaciones las que forman parte de este panorama y actúan igual.

Son muchos, miles, cientos de miles los jóvenes que forman parte de los partidos políticos y aceptan con todo el descaro participar de estos pseudo ejercicios políticos que en realidad son repartición de poder sin que las estructuras sociales y las instituciones se muevan un ápice de su retrógrada condición.

Si, aún hay analfabetismo, pero la mayor parte de la población que se abstiene de votar -o vota por personajes y andamiajes corruptos- sabe leer y escribir y un amplio sector son, incluso, profesionistas.

 

(2)

En unas semanas sabremos quién será el candidato del PRI a la gubernatura de Veracruz…

Sabremos si habrá alianza PAN-PRD…

Conoceremos que nombre sale del ánfora de López Obrador…

Conoceremos cuál de los partidos satélites se vende a mejor precio…

¿Sabremos si alguien de los participantes ofrece una verdadera propuesta ideológico-partidista de la que surja un plan de desarrollo con justicia, equidad y verdadera democracia?

No.

No hay condiciones para que esto último ocurra.

¿Por qué?

El párrafo uno, como dijimos, requiere de consultas teórico/prácticas más profundas para responder a tal cuestionamiento.

Eso sí, una parte de esa respuesta está en nosotros mismos.

Empecemos por ahí; por preguntarnos por qué contribuimos, individualmente, a ser el país política y económicamente mediocre que somos.