Gabriel

 

Reportaje publicado por Sin Embargo

Ciudad de México, 6 de diciembre (SinEmbargo).- No soy sólo una caja de zapatos vacía, podría decir en una paráfrasis del dicho popular el famoso artista visual mexicano Gabriel Orozco.

Quizás por eso, por la posibilidad de sólo ser juzgado a partir de una caja de zapatos vacía, ya es grande este figurón del arte contemporáneo, hoy la personalidad de la cultura nacional más relevante del planeta, cuya obra ha tenido un enorme impacto en la práctica artística actual.

Sus intervenciones en sitio específico, así como sus fotografías y objetos, han hecho de su trabajo un amplio campo de análisis para muchos historiadores y críticos.

Si hablamos de otro artista reluciente en la esfera universal, por ejemplo, no podríamos dejar de nombrar al chino Ai Wei Wei, el mediático por antonomasia.

Sin embargo, las bicicletas del pekinés ya eran viejas desde que nuestro artista las hiciera rodar en número de cuatro en una retrospectiva en el MOMA, donde en 2010 celebró dos décadas de trabajo incansable, así como la célebre calavera con diamantes de Damien Hirst atrasaba 10 años con respecto a la testa que el xalapeño pintó como un tablero de ajedrez en 1997 y le diera el nombre de Black Kites.

Él se ríe de lo que llama “reproducciones de mis ideas”, fruto de cierta pereza que le da la réplica y de una inquietud por la que es conocido en el campo internacional y que lo lleva siempre a encarar nuevos proyectos.

 “La transformación que hace Orozco del concepto de escultura, a través de muchos medios y métodos, lo convierten en una figura central de su generación”, supo decir Ann Temkin, curadora del MOMA. Foto: Arturo Campos, SinEmbargo

El dibujo en su mano cobra un brío que trasgrede las fronteras museísticas en la búsqueda por expandir el espacio y hacerlo inabarcable y su concepto de escultura ha agregado varias dimensiones a las figuras, que ahora beben del sol y de las sombras para extender su influjo, su sentido de pertenencia.

Por saber de Orozco, sabemos que Mobile Matrix es una de sus obras más famosas, propiedad actualmente de la Biblioteca José Vasconcelos, en el Distrito Federal. Gabriel transformó una estructura ósea de ballena gris de mil 696 kilos, en una pieza de arte única que mide siguiendo su curva 11.69 metros.

Los dibujos que tienen los huesos son círculos y elipses realizados con grafito para dinamizar la estructura, los cuales se asemejan al movimiento de las olas y de las ondas sonoras

“La transformación que hace Orozco del concepto de escultura, a través de muchos medios y métodos, lo convierten en una figura central de su generación”, supo decir Ann Temkin, curadora del MOMA.

Gabriel Orozco nació en Xalapa, Veracruz, en 1962. Creció y estudió en Ciudad de México, y su personalidad se forjó en el campus y en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM. En 1986 inició, con un viaje de estudios de un año a Madrid, el periplo de quien en 2005 aún no era profeta en su tierra y desde hacía tiempo, en cambio, resultaba ser un gran renovador para el resto del mundo.

“Explorando el uso de video, dibujo, y la instalación así como fotografía y escultura, Orozco da libertad a la audiencia para explorar las asociaciones creativas entre objetos ignorados tradicionalmente en el mundo de hoy”, cuenta la reseña de su figura que hace la editorial Turner, que recientemente ha publicado un grueso volumen con textos que sobre su trabajo han llevado a cabo los críticos e historiadores más importantes del mundo.

Se trata de autores que constituyen la punta de lanza del pensamiento contemporáneo sobre el arte actual, por caso Benjamin H. D. Buchloh, considerado una de las voces críticas más importantes de la segunda mitad del siglo XX, al igual que sus colegas Rosalind E. Krauss, Yve-Alain Bois, Briony Fer y Molly Nesbit, cuyas contribuciones han sido cruciales para el desarrollo de la historia del arte contemporáneo.

Su famosa obra Papalotes Negros,fue exhibida en el MoMA de Nueva York. Foto: MoMA

También se recogen textos de destacados curadores, como Francesco Bonami, Daniel Birnbaum, Ann Temkin y Hans Ulrich Obrist, y de críticos de reconocida trayectoria como Jean Fisher, Jean-Pierre Criqui, Guy Brett y Mark Godfrey, entre otros.

La edición incluye aportes de los artistas Abraham Cruzvillegas y Gabriel Kuri, que han sido cercanos a Gabriel Orozco y que ofrecen una interesante lectura, desde el arte, del trabajo de su colega y en cierto sentido maestro.

“Desde ensayos donde se esbozan agudas teorías que buscan explicar la singularidad, por ejemplo, de los trabajos tempranos de Orozco o de sus fotografías, que por su complejidad exigen una lectura concentrada y minuciosa, hasta escritos mucho más asequibles, donde la obra es vista, a ratos, desde un ángulo introspectivo, casi intimista, pasando por descripciones detalladas de las obras, apuntes biográficos, conversaciones de café, remembranzas, conferencias, crónicas y alguna que otra narración”, explica María Minera en el prólogo.

El carácter iconoclasta y vanguardista de Gabriel Orozco le ha valido también varios detractores. En México, la incombustible Avelina Lésper lo ha llamado farsante y su famosa caja de zapatos vacía (una cosa vacía de significado, recipiente de polvo y caja de la nada) todavía lo hace objeto hasta de insultos en las redes sociales.

“Sí, cualquiera pudo hacerlo, pero yo tuve los huevos”, se defendió Orozco en su momento.

Cambió el arte contemporáneo o lo reinventó con obras hoy clásicas como las tapas de yogur Danone o el Citröen cortado al medio. ¿Cuál es la poética de Gabriel Orozco? ¿Qué puntos cardinales de la teoría del arte orientan su periplo?

“Una de las cosas que me maravilla de Gabriel es su asombrosa capacidad, de por así decirlo, verter agua nueva. Es el mismo manantial, pero el agua siempre es nueva”, escribe Pablo Soler Frost. Hacia esa agua fuimos, para beber de sus palabras, en una larga entrevista llevada a cabo en el marco de la FIL Guadalajara, donde el artista fue a presentar la edición 2015 del libro Textos sobre la obra de Gabriel Orozco (Turner).

En los hermosos jardines de la tapatía Casa Fayette, Gabriel Orozco habló con SinEmbargodurante más de una hora, se declaró lector habitual de nuestro periódico y habló de la muestra que prepara con su “Grupo de los viernes”, a inaugurarse en febrero próximo en la Kurimanzutto.

–¿Qué piensas de las entrevistas?

–En general no me encantan las entrevistas, porque sobre todo en México y en el arte uno se ve obligado a explicar muchas cosas que yo preferiría que fueran leídas en textos de expertos. A veces la entrevista es un recurso demasiado fácil, es un hecho inmediato sin reflexión. Me gusta la idea del filtro de alguien que se puso a pensar sobre el trabajo y escribe una nota con cuidado, lo cual me evita hablar demasiado. Aunque tampoco me importa hablar de arte, la verdad.

–Debe de ser muy aburrido, además, explicar qué es o no es arte contemporáneo. Se trata de un debate que ha pervivido en los medios, pero que en el contexto del arte está perimido

–Ya no es interesante ese tema. Uno no trabaja pensando qué debe ser el arte, sino en cuáles son las razones por las que el arte existe. Qué puede convertirse en algo poético o significativo. No sabemos qué es, entre otras cosas porque el arte ya no es la belleza, un hecho estético ni tiene que ver con una idea preconcebida acerca de lo que es o no es. Ni los artistas sabemos qué es el arte contemporáneo, es algo que se logra haciéndolo no hablando o definiendo las cosas. El punto es discutir las cosas pero no para llegar a una definición totalizadora. Es como cuando te preguntan acerca de la identidad nacional, ¿qué es ser mexicano?, ¿qué es ser argentino?

–Naciste en el 62, como Guillermo Kuitca y tantos otros artistas…al final la generación de los ’60 sirvió para algo…

–(risas) ¿Tú crees?

–Bueno, creo que fue una generación sándwich, que llegó tarde a muchas cosas, éramos niños en el ’68, niños en el flower power, no se esperaba mucho de los nacidos en los ‘60

–Nuestros padres fueron los revolucionarios y lo intentaron en la época de la Guerra Fría. Pero pienso que la generación de los ’60 dio bastantes cosas porque vimos esa lucha social y aprendimos de los errores de la izquierda utópica, de la relación tan intensa con el arte en dicha época, del advenimiento del mercado, cómo el arte estaba dividido en dos grandes bloques…creo que toda esa información nos sirvió para poder reconstruir los procesos. Creo que el momento histórico que nos tocó es un momento extraño, complejo, pero en lo que atañe al arte en México, por ejemplo, está mucho más interesante ahora que cuando yo nací.

–También somos las primeras generaciones que vivimos una segunda juventud a los 50, en nuestra niñez los de 50 eran ancianos descartables. ¿Cómo te llevas con la edad?

–A veces me siento muy joven y otras veces me siento muy viejo. Depende del grado de fiesta que haya tenido la noche anterior. Igual, estoy muy activo y no pienso demasiado en los años, todavía no estoy obsesionado con el tema. Miro el libro que acabamos de sacar con todos los textos en relación con mi obra y me doy cuenta de que hice muchas cosas, que he trabajado mucho. Han sido 20 años muy productivos.

Hubo agresión y crítica violenta contra mi arte y mi persona. Eso se ha atenuado en los últimos tiempos cuando han aparecido artistas jóvenes que se han puesto a dialogar con mi trabajo y todavía no me toca la generación que ha de matarme como al padre, ya llegará. Foto: Arturo Campos, SinEmbargo

–Desde las tapas de yogur hasta ahora tu obsesión temporal parece ser estrictamente el presente, ¿cómo es el tiempo en tu arte y en tu cabeza?

–Cuando empecé a pensar y trabajar en la idea de un sitio específico, con un material específico, apareció la idea del tiempo específico, porque estás en un lugar determinado tratando de llegar a una solución. A la hora de dejar el estudio y las técnicas tradicionales de producción artística, para comenzar a trabajar en la calle con materiales residuales, la idea de temporalidad se convierte en parte del tema. Se trata de momentos largos o cortos y entiendes que una obra que te lleva cinco minutos puede producir un alto impacto y durar muchísimo en el tiempo y al revés, también.

–Esta temporalidad instantánea, ¿obedece a tu desesperada necesidad de huir siempre del canon?

–Definitivamente puede ser desesperada esa necesidad pero más bien como fruto del aburrimiento, esa sensación de hastío que me agobiaba en el taller, no me veía metido en la burbuja de un estudio, parado con mis pinceles frente a un lienzo montado sobre un caballete. En lugar de conseguir dinero para telas y óleos caros, para pagar una renta de un taller, comencé a trabajar despreocupándome del aspecto económico del arte, del almacenamiento y todo a mi alrededor comenzó a ser mi estudio, a ser mi posibilidad de hacer arte. Así fue que me empecé a divertir mucho. De niño lloraba cuando me aburría y me aburría muy seguido. Mi madre se desesperaba conmigo.

–El arte en la calle, sin embargo, no permite conceptualizar tu trabajo como arte-basura

–La basura es un estado de las cosas, es un momento de un objeto. Me interesa más la idea del residuo que el de la basura. Me interesa la idea de lo que sobra en los desechos. No se trata de un arte pobre o de basura per se. No es la política de mi trabajo. Cuando presenté una caja de zapatos vacía, era una caja nueva, no estaba destrozada. Las tapas de yogur eran desechos de los envases que yo consumía, pero el Citröen cortado no tenía que ver con el auto viejo o  nuevo, sino el de mostrar un símbolo de la cultura francesa que seguía vivo.

“Sí, cualquiera pudo hacerlo, pero yo tuve los huevos”, ha dicho. Foto: Arturo Campos, SinEmbargo

–Las cosas tienen un valor residual

–Sí. Además, transformo las cosas para que el objeto termine siendo lo que es, como cuando corto una bola de hule de una llanta y la vuelvo a pegar, sigue siendo el material vulcanizado para ser inflado, es decir, conserva su esencia como material. Trato de que los materiales continúen su trayectoria. Cualquier cosa puede ser basura en un momento y en el otro convertirse en algo funcional, útil.

–¿Cómo es tu relación con la gente, con el mundo de las personas?

–En mi trabajo nunca aparecen personas ni yo mismo. En mis fotografías no aparece el cuerpo humano, que está presente más bien como la huella que dejó a su paso. En relación con las personas en mi vida, la verdad es que tengo amigos de todas las edades y soy bastante sociable. Me gusta ir de fiesta y ver gente. Obviamente necesito trabajar y estar solo, pero conservo amigos de la infancia y de hecho en Latinoamérica tengo amigos de Chile, Argentina, que crecieron conmigo, mientras sus familias estaban exiliadas. Soy una persona abierta a relacionarme con los más jóvenes y soy parte del “Taller de los viernes” con Gabriel Kuri, Abraham Cruzvillegas, Damián Ortega, mis alumnos al principio, con los que trabajo desde hace 25 años. Cuando nos vemos hacemos los mismos chistes y las mismas tonterías.

–A propósito de tu figura pública, dice Pablo Soler Frost que te han retaceado el reconocimiento en México

–Bueno, ver la cantidad de cosas importantes que hace gente que ha estudiado conmigo me pone muy bien. Han ganado sus propios caminos y experimentos y creo que lo que más he tratado de inculcar es labrar la propia personalidad en el arte. Con mucho gusto veo en los jóvenes la diversidad enorme de técnicas, la manera menos prejuiciosa de hacer arte, sin pensar en lo que debe ser o no el arte mexicano, tratando de proponer otras cosas que no fuera pintar cocina mexicana o el surrealismo exótico para los turistas derivado de Frida Kahlo. Nunca me interesó nada de eso y al principio no se entendió mi trabajo. Hubo agresión y crítica violenta contra mi arte y mi persona. Eso se ha atenuado en los últimos tiempos cuando han aparecido artistas jóvenes que se han puesto a dialogar con mi trabajo y todavía no me toca la generación que ha de matarme como al padre, ya llegará.

No voy mucho a las inauguraciones, pero cuando lo hago siento el cariño de los más jóvenes, les da gusto verme, me saludan con mucha simpatía. Claro que todavía hay mucha gente en México que sigue siendo refractaria a mi trabajo y todavía hay una parte de la sociedad que es muy reaccionaria y conservadora. Hay muchas grillas políticas, que temen que yo les quite quién sabe qué poderes. Porque el poder en el arte, además, tiene más que ver con una autoridad visual que con una posición en el gobierno o en el mercado. El que tiene el poder en el arte es el que propone ideas filosóficas que resultan útiles para otras personas. México no ha sido fácil, es un país conservador, lento de aprender y también hay mucha ignorancia; por eso hemos hecho este libro con textos sobre mi obra y tratar de descifrar por qué mi trabajo ha llamado tanto la atención en el mundo. Ver también que el diálogo con mi trabajo no es sólo algo que sucede en México, sino que también acontece en China a través de artistas chinos, ingleses, alemanes, franceses, argentinos…de ese modo se ve que México ya no está tan aislado…

Mesa de ping-pong con estanque, 1998. Foto: Kurimanzutto.com

–¿Lloraste alguna vez por alguna crítica o comentario?

–No. Además, no lloro. Mi mujer siempre se asombra y dice que nunca me vio llorar y hace 25 años que estamos juntos. Sí lloro en las películas malas que pasan en los aviones, pero siempre le echo la culpa al exceso de oxígenos. En los aviones, ahí me ves llorando con Whoopi Goldberg, tratando de que nadie me vea. La palabra sufrimiento es muy fuerte, pero he sido siempre muy consciente y leo todas las críticas, tanto positivas como las negativas. Cuando son muy fuertes y agresivas pienso en qué es lo que no está gustando, por qué de pronto son tan violentas o difamadoras o dicen cosas que no son ciertas. La crítica de arte ha padecido mucho en los últimos tiempos y eso se debe en parte a que cuando apareció mi trabajo no tenía las herramientas adecuadas para analizarlo con conocimiento y mente abierta.

Como no sabían cómo hacerlo, los críticos comenzaron a reaccionar en contra y muchos de ellos son todavía ineptos, no han logrado proponer algo alternativo ni decirnos qué es lo bueno. Han pasado 20 años de mi exposición en el MoMA, muchos años de mi caja de zapatos vacía en la Bienal de Venecia y muchos más años de mis inicios en México. Al principio me ignoraban, pero yo produzco arte desde 1986…

–Prudencia y cortesía son los valores de tu arte que destaca Pablo Soler Frost…

–El arte mexicano solía y podía ser bastante violento y ruidoso. Nunca he sido así. Nunca he gritado dramáticamente, no soy expresionista ni nunca lo seré. Por eso mucha gente trata a mi arte de demasiado frío y abstracto. Y dentro del abstraccionismo, lo abstracto en México siempre ha sido muy lírico y atado a ciertos mitos prehispánicos, que tampoco es lo mío…al final soy una persona que puede escuchar al otro, no robo la palabra, no soy descortés con mis enemigos, no grito y puedo ser frío cuando algo no me interesa. No soy condescendiente, me alejo de lo que no me gusta, pero no soy agresivo. No he tenido una generación arriba con la que tuve que romper.

Había un mainstream y yo trabajé fuera de él, nunca hice un reclamo publicitario ni me acerqué a ningún gobierno o autoridad buscando reconocimiento y aceptación. Muchas veces me preguntaron por las obras que cuando fueron presentadas fueron rechazadas y generaron polémica y que aún hoy lo hacen, como la famosa caja de zapatos vacía, que no deja de generar comentarios y creo que eso sucede porque mi arte no es violento, se puede dialogar con mi trabajo porque él no te grita en la cara ni te violenta de manera física o emocional. Hay un orden para transmitir una idea filosófica que puede ser rara o incómoda.

–Llamándote Orozco quizás hubieran esperado de ti más murales

–Siempre me ha gustado el muralismo. Se trata de artistas que respeto y admiro. Mi padre era muralista de tercera generación y el arte político siempre estuvo presente en mi vida. La conexión de todos modos no es obvia y no es fácil hacer una genealogía que por otro lado yo no estoy proclamando puesto que mi trabajo es muy diferente. Uno no elige su pedigrí, pero hay una relación con el muralismo, el trabajo con los símbolos en diferentes culturas, por ejemplo…

“Una de las cosas que me maravilla de Gabriel es su asombrosa capacidad, de por así decirlo, verter agua nueva. Es el mismo manantial, pero el agua siempre es nueva”, escribió Pablo Soler Frost. Foto; Arturo Campos, SinEmbargo

–¿Qué piensas de Ai Wei Wei?

–(risas) Él se siente cercano a mí y ha tomado muchas cosas de mi trabajo, como las bicicletas, por ejemplo, argumentando que en China hay muchas bicicletas. Me copia y al margen de eso lo he apoyado cada vez que he podido en su lucha personal y política. Como artista no me siento nada cercano a su trabajo. Siempre me comparan con alguien, con Hirst, con Ai Wei Wei, con Mauricio Castelán en mis inicios…

–¿Y cómo es ese tema?

–Ese tema es interesante. Digo que yo hago el prototipo y luego otros se encargan de la reproducción. A mí no me interesa la reproducción masiva, no tengo fábrica, no tengo asistentes ni estudio, salvo en las pinturas donde sí me ayuda mucha gente o cuando necesito un experto para hacer una mesa de billar, por ejemplo. Obviamente no soy experto en construir mesas de billar y cuando la necesité contraté a alguien que sabía hacerlas. Siempre hago estudios o equipos temporales. Esa sensación de estar siempre empezando es importante para mí. Por eso hago prototipos, para que los demás se encarguen de la reproducción. El arte es eso, como las matemáticas, elaboras teorías, tiras líneas, que luego otros desarrollan.

Mis manos son mi corazón, de 1991. Foto: Kurimanzutto.com

–¿Qué piensas del arte nacido a la sombra del CEMEFO, como el de Teresa Margolles?

–Nunca me ha gustado mucho opinar públicamente sobre otros artistas, porque siento que mi opinión puede tener un peso extraño en un diálogo que se da de hecho, porque entre otras cosas conozco a Teresa Margolles desde hace tiempo y siempre he admirado su trabajo. Es una obra fuerte, directa, que cuando la ves en vivo tiene un indudable poder visual y formal, de gran resolución estética. Lo que pienso también es que cualquier arte demasiado figurativo, político, periodístico si se quiere, si sólo se queda en ese nivel, con el tiempo perderá fuerza. En su momento puede producir un fuerte impacto psicológico, pero los niveles de lectura de ese trabajo se irán desgastando con el correr del tiempo. Algo por otra parte que a todos nos puede pasar, la intelectualidad de un trabajo no garantiza su permanencia.

–¿Y Banksy?

–También lo sigo. Sigo a todos. Estoy muy informado y dialogo con todos mis contemporáneos, a veces para no estar de acuerdo, otras para darme cuenta de que hay cosas que no haría de ese modo, pero siempre interesado por lo que se hace a mi alrededor. Soy muy escéptico eso sí frente a la industria del entretenimiento político y comercial. Siempre he tratado de estar lejos de esta idea de tener que entretener al espectador, el mundo del espectáculo del arte no me interesa, ese público que espera que uno le dé todo pensado, el arte exclusivamente como denuncia, todo eso no es para mí. He trabajado siempre a contracorriente de esas cosas, tratando de cuestionar la espectacularidad de la cultura.

–¿Conoces personalmente a Francisco Toledo?

–Sí y lo quiero muchísimo. Su hijo, Doctor Lakra, fue mi alumno y su obra tiene relación con la de Toledo y también tiene relación con la mía, lo cual constituye un hecho muy interesante. Apoyo y ayudo en lo que puedo a Francisco Toledo. Su trabajo es la lucha cultural y política en Oaxaca, esa es su vida y es lo que se reproduce en su trabajo.

Con mayúsculas, nada. Lo mío son las minúsculas, dice el artista. Foto: Arturo Campos, SinEmbargo

–¿Qué es para ti México? ¿Una tierra donde ya pasó el Apocalipsis y no nos dimos cuenta? ¿Eres un Mexicano con mayúsculas?

–Definitivamente, con mayúsculas, nada. Lo mío son las minúsculas. No veo nada apocalíptico, ni tan dramático. Para mí fue impactante el temblor del ’85 y crecer entre las ruinas determinó mi obra. Crecí también entre las ruinas de las ideas socialistas que se frustraron en el continente.

–Somos hijos del fracaso

–Tampoco me gusta llamarlo fracaso. Cuando mis padres hablan de que fracasaron, no se los permito, porque después de todo pelearon las batallas necesarias, sabiendo incluso que arriesgaron su vida por algo que valía la pena. La idea del fracaso en relación con lo que podría considerarse la tragedia mexicana no la veo yo tan dramática. Además, viviendo como vivo entre Tokio, París y Nueva York veo que allí también hay tragedias, también hay apocalipsis cotidianos por una u otra razón…el 11 S en Nueva York, los recientes atentados de París, vivo en varios lugares y en todos esos sitios hay drama.

Claro que en México la situación es chocante y rara, justo ayer decía que se debería ampliar la idea de terrorismo, porque vivimos todos terrorismo de alguna u otra manera. La violencia viene del Gobierno o de los narcos y la violencia está en todos lados. Es el mundo que nos ha tocado y tal vez estemos viviendo la Tercera Guerra Mundial y tenemos que estar conscientes de ello. Nunca he sido muy localista y nunca me he obsesionado con los temas de México exclusivamente, sino en cómo esos temas se relacionan con el contexto mundial. No tengo una reacción visceral, emocional, frente a los desastres naturales y sociales del mundo en general ni de México en particular.

–¿Cómo es tu vida? ¿Te gusta comer, te gusta la música?

–Llevo una vida muy normal, me gusta comer bien. No cocino, mi esposa sí lo hace pero ella no vive como esposa del artista, también tiene su profesión y muchas veces no tiene tiempo para cocinar. Vamos a los restaurantes. Como no tengo un estudio, trabajo en mis casas, en mis bibliotecas. Paso el día en mi escritorio, salgo mucho a ver cosas. Viajo mucho, por mis exposiciones, y conozco los lugares donde voy, busco siempre los mismos restaurantes y pido siempre los mismos platillos. Una de mis cocinas favoritas es la japonesa y ahora la disfruto mucho en Tokio. Curiosamente, hay un restaurante mexicano  buenísimo en Japón y voy dos veces por semana. Es un chef japonés, pero así son ellos, si se lo proponen pueden ser mejor que los originales.

–¿Cuáles son los proyectos?

–Estaré un año más en Japón. Estoy trabajando muy bien allí. Tengo también una exposición en Hong Kong; en febrero haremos una colectiva en la Kurimanzutto con el “Taller de los viernes”, con Abraham Cruzvillegas, Gabriel Kuri, Damián Ortega, Doctor Lakra y yo, curada por Guillermo Santamarina.

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