Héctor 2
Alberto Loret de Mola
Columna Tal Cual

Ese “algo” que tiene que pasar en Veracruz

En nuestra época, el pesimismo goza

de mayor popularidad que el optimismo.

Diego Valadés.

Llámenme catastrofista o emisario de malas noticias, alarmista, ave de mal agüero, como quieran. Pero de que puede pasar algo malo en estos días de campaña, puede pasar.

Así me lo afirman quienes saben.

Y es que se necesita, urge, me dicen. No me aclaran el punto porque los que deciden junto con los que mandan, políticos, magnates y criminales, no han dado fecha, ni definido el qué ni el cómo. Les cuento.

Hace unas semanas, cuando le recomendamos al emperador (en honor a Calígula) Javier Duarte D’ Ochoa, que de plano recurriera a la medida extrema propuesta por la logoterapia, el suicidio, no me refería al tema en forma figurada. No. Lo que siento es que a lo mejor le pasó lo mismo que a un casi desconocido literato de por estas tierras, a mediados del siglo pasado.

El hombre, cuentan, decidió que su vida y aquí la comparación con Duarte, su vida era una mierda. El amor no le sonreía y la fortuna heredada no la podía gastar por alguna razón que mi mente se niega a recordar. De eso se enteró ante el ataúd de su padre cuando le entregaron como todo legado un viejo revolver de su progenitor. A todo esto, hacía tal calor en ese mes de julio que, como todo yucateco de alcurnia -aunque él venido a menos- decidió ir a pasar unos días a un pequeño puerto de la costa yucateca: Chicxulub.

Ahí, en la cantina, se enteró que el amor de su vida en realidad era pobre, tenía amante y lo usaba sólo para sacarle hasta el último centavo. Y entonces, ante las burlas que no la decepción, decidió matarse pero bien matado. No una, tres veces. Con ello, por lo menos, sería tristemente recordado por algo excepcional. En el célebre puerto, ese que recibió el impacto del meteorito extintor de la mayoría de las especies del planeta, suele soplar una suave brisa por las tardes. Ese día no entró el fresco y el calor alcanzó los cuarenta grados.

El hombre, desvariando por un golpe de calor, vestido de traje y levita, pidió prestada una silla y se fue al muelle donde ató una cuerda de henequén gruesa de barco a la última farola, se subió a la silla, se la pasó por el cuello, sacó un frasco de veneno de ratas y cuando vio la primera estrella de la noche, brindó por la muerte y la ingrata, se tomó de un trago medio frasco del mortal tóxico, sacó la pistola Colt 38, pateó la silla para quedar colgado y se disparó a matar…

Nos cuentan que algo va a pasar.

Hace un mes y medio, especulábamos sobre lo conveniente de la ausencia física de Duarte. Él sigue como si nada. Por lo que a falta de fiambre, los vientos de las noches cálidas nos revelan nuevas ideas. Ninguna deseable. Todas posibles.

Primera: un atentado contra Héctor y su estrecho círculo de colaboradores, abonaría el ánimo de los priístas que saldrían, como cuando Colosio, a ofrendar su voto al sobreviviente si la suerte le sonríe y la libra o, en su defecto, al relevo, en este caso, el “Cisne”. Además, ésta sería, hablando en plata, la solución más segura pues los medios se aliarían con un hombre que ha sabido lidiar con ellos y así Duarte no tendría que desembolsar lo que ya está a buen recaudo.

Segunda: Un secuestro al estilo Rubén Figueroa quien ganó Guerrero estando retenido sería barato y con magníficos dividendos para Duarte ya que el candidato le debería su liberación y pues es ley: amor con amor se paga. En el caso de Figueroa, éste orquestó todo. Aquí se haría contra la voluntad del candidato priísta porque entre otras cosas, Héctor no se prestaría a algo tan sucio.

Tercera: un atentado contra Miguel Ángel. Difícil. Eso representaría la cárcel para Calígula sin pisar baranda. Y perder el semillero de votos del PRI. Veo, en este caso, a un hijo del otrora priísta enarbolando la bandera bicolor con algún lema como “no nos acabarán”. Ese atentado tendría que salir de un lugar distinto al de la primera opción. ¿Quién, o quiénes se beneficiarían con la llegada de un panista emergente? Es pregunta.

Cuarta: como la muerte de Bueno no sería buena ni mala para nadie, pues podríamos pensar en una declinación pactada con Duarte para que gane Héctor o con Miguel para lo mismo. Esto sucedería ya corridos los tiempos de campaña. Pero de que no se va a repetir el fenómeno de El Bronco, seguros estamos. Por culpa de El Bronco.

De estas cuatro absolutamente indeseables opciones, especialmente las tres primeras, amigos lectores, dejen volar la imaginación. No me extrañaría que le prendan fuego a la sede del PRI, PAN, PRD o del OPLE o al mismísimo Palacio de Gobierno, que tiren helicópteros, maten políticos y periodistas, en fin, todo para distraer y justificar que no hay dinero ni para la campaña de Héctor, ni para las elecciones. Y ahora sí les cuento qué le pasó al poeta.

Al sentir fuego en las entrañas por el arsénico, el suicida pateó la silla y la cuerda comenzó a estrangularlo. Haciendo un lastimoso esfuerzo, levantó la pistola y disparó. La bala dio en la cuerda y el artista cayó de culo en el borde del muelle y se fue al agua. Tragó tanta agua salada que vomitó el veneno y sólo se lastimó una cervical por el colgamiento y una lumbar por el sentón. A partir de eso, el dueño del bar le impidió la entrada al local hasta que le devolviera la silla prestada que se llevó la marea y los pescadores se pusieron a localizar al “pelaná” que se había robado la cuerda. La pistola se fue al fondo y, así, perdió el único recuerdo material de su padre.

Sus últimos días los acabó escribiendo malos poemas por encargo y sin volver a su amado Chicxulub.

Ps. Nos dicen que, por si fuera poco, los mapaches de ambos lados esta vez viajarán en narcocamionetas con cuernos de chivo. Para alentar el voto ciudadano, claro.