Por Lenin Torres
14 de abril de 2016

 

 

Hace algún tiempo escribía que “quedan pues dos salidas, o esperamos que surja espontáneamente un nuevo Aristóteles y un Platón, y nos desvelen la nueva teoría social que sustituya a nuestra decrepita civilización, o el almacigo de pulsiones hará su trabajo bruscamente y sin piedad”. Lo que vivimos en los tiempos actuales nos deja un solo camino, el doloroso camino de las pulsiones que sin piedad irá engrosando nuestra piel hasta sacarnos con mucho sufrimiento nuevas letras desde donde proclamar el nuevo estatuto humano.

Desde las cenizas de nuestra decrepita racionalidad construiremos los nuevos cimientos de nuestra nueva humanidad, y sólo queden de pie pocas glorias y mitos orillándonos a fundirnos con el espíritu de la naturaleza (physis), y tan cuál vegetal o microorganismo tengamos que evolucionar largamente para volver a pretender estar en la cima del mundo viviente. Quizás fue nuestra descortés narcisismo que nos perdió del contacto con lo íntimo verdaderamente cierto, la vida, y drogados de ese otro beleño, la esperanza de ser algo más que pulsiones agresivas y sexuales. Sin poder despertar, como exhorta Savater en la genial introducción que hace del texto de Ciorán “Adiós a la filosofía…”, “<Despierta alma dormida…>Pero no es tarea fácil hacerla despertar…” Y su despertar haya sido su propia negación, aún si esto es lo único que tenemos, tenemos la oportunidad de reescribir nuestra historia, no nos olvidemos que la conciencia puede hablar del inconsciente pulsional, y de los fantasmas que sostienen nuestra subjetividad que nos hacen circular por pasos conocidos. Una y otra vez debemos decir sí a la vida, en contra de nuestra terca pulsión de muerte, ésta última es el descanso, la anulación del ser, y la vida es la insistencia en renuncias que nos hacen recobrar el ánimo y nos impulsan a continuar: Un último esfuerzo, ¡Continuar! Sin un instante para reposar, dejarse llevar por un viento misterioso. Sin un instante para amar, ¡Poseer la eternidad! Desmoronar nuestras existencias, y que los pedazos de nuestros cuerpos, sean ilusiones de paz, de bienaventuranza, de paciencia, de libertad. Quizás nada más nos dé tiempo para cantar, ¡hay que hacerlo bien!, no importa que nuestras vidas sean las huellas de una moral de esclavos, que nuestras sangres sirvan de pintura para terminar el mural de la naturaleza. Lo impostergable es continuar, y que el dilema del ser o no ser sea pura palabrería para hablar de una misma realidad, la nuestra, la sencillamente nuestra, ser en el otro, ser existente en imagen. ¡Continuar!

Vasconcelos, nuestro filósofo olvidado por la muchedumbre que tomó el poder de nuestra sociedad, y que con traje de aristócrata se han sostenido con sangre y fuego dictando lo que es bueno y malo, y últimamente con más sangre, más cuerpos muertos; intentó conceptualizar sobre nuestra raza, la mexicana, más allá del hombre Universal, y la ubicó en un lugar paradigmático, en un más allá de dos realidades humanas, una la apropiación española con toda su horrenda experimentación política, cultural, social y psicológica (dejar convivir dos almas en un mismo cuerpo), y la otra, la emergente desde donde apelar a que hay algo de real en eso que llamamos <mexicano>, la mística prehispánica indígena, con toda su ritualización totémica para conjurar los espantos de la vida humana en la naturaleza, y ofrecer sangre a los dioses por sus bondades, un intento por hablar de forma eufemística de una raza cósmica, de esa raza de bronce surgida de la apropiación y la violación, que ha dejado una raza con una <rajada insalvable>, con una <identidad perdida>.

Ante la pregunta ¿qué se es?, recurrir a titubeantes respuestas que apelan a un pasado prehispánico indígena, y paralelamente, a la genética paterna europea, siempre dejando entrever que algo surgió superior y mejor, ese yo del ser mexicano que pareciera que sólo con la retórica pudiera ser suficiente para dejar sentado de eso que se es, intersubjetividad que paradójicamente sólo se complementan en ser uno la antítesis del otro en un mismo ser, visiones de la realidad opuestas, una temiendo siempre morir, tratando de garantizar la vida después de la muerte con ritos oficiales monoteístas, huyendo literalmente de la muerte; la otra, viviendo la muerte entre ritos festivos y mascaras multicolores, con el gusto por la sangre que hoy la vivimos vivamente, quizás ahí está la respuesta, pero eso abona a decir que lo que se necesita no es una reforma, reingeniería de los social, sino una clínica de lo social.

Buscar la respuestas a esa mexicanidad con un presente paradigmático, contradictorio, y violento que maximiza toda condición humana de crueldad, que empequeñece la historia de violencia connatural del hombre en tiempos de “paz”, como las vendettas sicilianas, la elegancia para matar de los padrinos norteamericanos, o el imperio político-narcótico de los escobares, entre otro, si bien se podría contemplar todos los elementos de un Estado paralelo al Estado que puede ejercer la violencia, el sello muy a la mexicana espanta, tanto por la proporción incluso poblacional y geográfica, donde se ve a más de 100 millones de personas vivir con miedo e impotencia, sospechando y temiendo hasta de los niños y los ancianos como potenciales enemigos y verdugos, pese a eso, aun sin acostumbrarse a la muerte, y principalmente, al dolor y al sufrimiento.

Más espanto causa ver como la retórica política habla de una realidad que no ocurre, de palabras vacías que sólo dejan ver gestos sin rostros humanos, y pensar que la única salida está en volver a confiar en el propio sujeto mexicano, y posibilitar la reconstrucción de una subjetividad maltrecha, y re-historizar nuestra condición humana de animales racionales y comunitarios, volviendo a creer en mitos constitutivos que hagan a los demás reconocerse en el otro. Lo he dicho, esto no es tarea fácil, implicaría una fuerza de voluntad, un real que no admita salidas en la ficción, y creo que lo que estamos viviendo no admite retórica que nos haga ignorar la realidad social, lo que ocurre en la convivencia, en el lazo social, llegando incluso a renunciar en nuestra condición humana, y reconocer que “tenemos miedo de nosotros mismos”. Al final de cuenta, esto es el principal problema que exige la sociedad que se resuelva, el de la seguridad por encima de la falta de empleo, educación, salud, etc. Ese real de ver vulnerar nuestra tranquilidad, de temer ser agredidos y sin poder recurrir a alguna autoridad institucional (que también se le teme) para que nos defienda es el principal problema que enfrenta los mexicanos, ha ello hay que responder y no con las politiquerías y estratagemas ineficaces que sólo contemplan el enfrentamiento, el castigo al cuerpo de los agresores, y la retórica esquizoide que nos habla de otra realidad que no existe; es pues los tiempos de la reconstrucción de nuestra propia subjetividad para posibilitar la tolerancia de estar los unos frente a los otros sin pretender la eliminación o el sometimiento del otro con un goce delirante; es pues tiempos en que la palabra debe recobrar sentimientos para compartir el ultimátum que no hay certeza de futuro en cualquier sociedad sí no somos capaces de compartir un mismo sentido y sentimiento de un mismo espacio y un mismo tiempo, en un mismo mundo, y esto vale para todas las latitudes, es pues tiempo del perdón, de reconstruir nuestra decrepita civilización, del mirar pausado y sincero, del amor a Sofía.