Sin tacto

Por Sergio González Levet

06 de abril de 2016

Estamos tomando un sabroso café en el Bola de Oro de Enríquez y de la familia Falcón Fernández, según tengo entendido.

El maestro saborea con fruición su expresso doble cortado. Él dice que es un néctar de los dioses y lo demuestra con gestos de placer a cada sorbo. Lo toma muy caliente, casi hirviendo, porque dice que así se debe consumir, y sin azúcar. Cada quien…

—Mira, Saltita, ahí viene otra manifestación que una vez más va a interrumpir el tráfico y echará a perder el día a cientos de miles de personas que viven en esta ciudad, pues esta calle es como la arteria aorta para el organismo humano, pues desde ella se irriga la cantidad más importante de vehículos en un caso, como es el caso de la sangre en el otro.

—Ni modo, maestro, vamos a tener que echarle paciencia —le dije, conformado con que tardaríamos un buen tiempo en lograr salir del centro de la ciudad, y más porque sobre el cielo se cernían unos densos nubarrones que anunciaban una copiosa lluvia.

—Paciencia con los manifestantes, y paciencia con la autoridad responsable de que se permita este caos (entre tantos cambios reglamentarios, ya no sé si es el Gobierno del Estado o la Dirección de Tránsito o el Ayuntamiento capitalino o el Comité de Movilidad o como se llame). La verdad es que hemos perdido nuestra calle principal, la que recuerda al general Juan de la Luz Enríquez, quien siendo Gobernador, trasladó en 1885 los poderes del estado de Orizaba a Xalapa, convirtiéndola en la capital de Veracruz.

—Todo un personaje don Juan de la Luz, maestro, —no pude dejar de hacer alarde de mis conocimientos históricos— porque fundó -con la ayuda del pedagogo Enrique C. Rébsamen- la Escuela Normal Veracruzana, primera de su tipo en el país, y además construyó el Parque Juárez y el Paseo de Los Berros, instaló los Talleres Gráficos del Estado y puso en marcha el primer tren, que iba de Xalapa a Coatepec y Teocelo.

—Pues el general Enríquez no estaría nada contento con que su calle sea usada de tan malos modos por manifestantes de todos los talantes, que con eso desordenan el tráfico vial de la ciudad entera.

El Gurú se quedó pensando un momento, echó otro trago diminuto a su café, y me concedió la idea que ya traía muy bien pensada.

—En verdad que la calle Enríquez debería ser convertida de plano en un manifestódromo, que es la verdadera vocación que ha ejercido en los últimos años. Mira, estimado discípulo, no sería nada del otro mundo convertirla en una calle peatonal, que prácticamente ya es, y hacerle las modificaciones urbanas necesarias para que discurran por ellas los quejosos de todo tipo, que semana a semana y día a día llegan hasta el centro para colocarse en la Plaza Lerdo a gritar consignas contra el Gobierno.

Otro sorbo al aromático líquido, y el maestro concluyó:

—Se podrían poner atriles permanentes con micrófonos, baños públicos para los manifestantes, sillas y mesas que sean usadas como comedores, y hasta bancas convenientemente habilitadas para que puedan ser convertidas en camas para los manifestantes que tuvieran que pernoctar. Incluso, se podrían poner vestidores (o desvestidores) especiales para las funciones que de tanto en tanto nos traen los 400 Pueblos.

—Y así, ni nos haríamos ilusiones de que la calle principal es de los xalapeños —pensé yo.

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