Rúbrica
Por Aurelio Contreras Moreno
13 de abril de 2016

En el Veracruz de hoy, transitar por varias zonas del territorio estatal se ha convertido en un enorme riesgo para quienes tienen la necesidad de trasladarse de un lado a otro.

Pero si esos traslados, además, implican indagar el paradero de desaparecidos, cuyos familiares buscan por su cuenta ante la omisión criminal de las autoridades de los diferentes órdenes de gobierno, el periplo se convierte en un peligro de muerte real.

Este martes, la agrupación denominada Brigada Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas acudió a la zona centro del estado de Veracruz para auxiliar a familiares de personas desaparecidas en esa región, que en los últimos años vive una verdadera tragedia por la operación de las bandas del crimen organizado, que lo mismo trafican drogas que secuestran gente de la que no se vuelve a saber nada.

Junto con los familiares de los desaparecidos, un grupo de periodistas, entre quienes estaban Eirinet Gómez, Flavia Morales, Gabriela Rasgado, Yadira Paredes, Sergio Hernández y Miguel Ángel León Carmona, entre algunos otros, acompañaron al grupo en la búsqueda de indicios, de rastros de dónde pudieron haber quedado sus familiares, en una franja territorial comprendida entre los municipios veracruzanos de Amatlán de los Reyes y Omealca, zona controlada por bandas delincuenciales desde hace años, donde no hay ley ni autoridad que valga, pues ésta se desentendió de su responsabilidad hace tiempo.

Lo que encuentran a su paso por veredas y cañadas, es terrorífico: ropa ensangrentada, rasgada, con signos de violencia, con el inconfundible olor a la muerte que ronda. 

Como la de otras regiones del país, la de Veracruz es una tierra que en los últimos años se ha llenado de cementerios clandestinos, de campos de exterminio de personas, que lo mismo son enterradas en desolados parajes, que prácticamente desintegradas para evitar que su rastro lleve a dar con los responsables de un horror indecible del que nadie quiere tomar nota.

Y como saben que los familiares están cerca de donde se cometieron los crímenes, los delincuentes intimidan, se dejan sentir. A fin de cuentas, saben que no hay autoridad, ni municipal, ni estatal ni federal, que los proteja. Están solos.

“Recibimos una llamada avisando que al punto que vamos es un lugar caliente, un tiradero de cadáveres. Aparentemente la gente mala ya se está movilizando. Vamos a ir, pero que quede bien claro que responsabilizamos al gobierno de lo que nos pase”, afirma Mario Vergara, líder de la Primera Brigada Nacional de desaparecidos, tal cual lo consigna en su reportaje Miguel Ángel León Carmona.

¿Cuándo permitimos los veracruzanos llegar a esta situación? ¿Cuándo le entregamos nuestra tranquilidad a los criminales? ¿Cuándo se apoderaron de las calles, de los campos, de los ríos?

Está de más reclamar al actual gobierno estatal que haga algo, que asuma su responsabilidad. Pero lo peor es que el gobierno federal tampoco hace su parte, se desentiende. Es una papa caliente que no quiere tomar en sus manos.

Es éste, y no otro, el verdadero legado que quedará de los últimos doce años. El del horror indescriptible.

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