Viernes contemporáneo
Por Armando Ortiz
05 de abril de 2016

“Pobrecito mi patrón,

piensa que el pobre soy yo”

La pobreza es relativa, una persona con 100 millones pesos se puede sentir pobre frente a una persona con 100 millones de dólares. Pero una persona con dos mil pesos en la bolsa se puede sentir más rico que los dos anteriores, porque para sacar la semana sólo necesita 500 pesos, y sabe que trabajando honradamente la próxima semana y la próxima podrá obtener otros dos mil pesos. Es como la parábola de la viuda pobre. Cuentan los Evangelios que Jesús vio que en las arcas del templo a los hombres que depositaban sus dádivas, pero también vio a una viuda pobre que sólo depositó dos monedas de ínfimo valor. Jesús dijo a sus discípulos: “En verdad les digo: Esta viuda, aunque pobre, echó más que todos ellos. Porque todos estos echaron dádivas de lo que les sobra, mas esta echó, de su indigencia, todo el medio de vivir que tenía”.

Pero hay otro tipo de pobreza, una pobreza que al hombre más rico puede llevar a la indigencia y esa es la pobreza de espíritu. Una persona pobre de espíritu es un sujeto indolente, egoísta y arrogante que sólo piensa en su beneficio propio; que sólo piensa en llenar su vientre para sentirse satisfecho. No le importan los demás, no le importa perjudicar a los demás con tal de no perder su galardón en oro. Una persona pobre de espíritu no piensa en respetar la ley, no le importa la ley; busca la manera de evadir la ley. Sólo le interesa acumular, tener grandes cantidades de dinero, sin importar que sólo tenga una vida, sin importar que sus excesos lo acercan más a la muerte que a la vida. A una persona pobre de espíritu no le importa acarrear ostracismo a su familia, antes bien la mancha con su avaricia, la contagia.

Una persona pobre de espíritu miente. Asegura que no tiene nada para que nadie le quiete lo que se ha robado y jura que es suyo. Mira la paja en el ojo ajeno, pero no ve la enorme viga que tiene en el suyo. Una persona pobre de espíritu enloquece cuando alguien le quita una parte de lo que con gran esfuerzo se ha robado.

Javier Duarte dice que es pobre, que sólo tiene unas cuantas propiedades que ha heredado de su familia y una modesta cuenta bancaria donde le depositan su sueldo como gobernador. Los documentos que han mostrado sus adversarios, documentos reales que involucran una red de prestanombres entre amigos, cómplices y familiares, señalan una fortuna que raya los tres mil millones de pesos. Pero eso sí, se atreve, con todo el cinismo del mundo, a decir que la denuncia de Miguel Ángel Yunes Linares en su contra sólo tiene tintes electoreros.

Aún si Miguel Ángel Yunes estuviera involucrado, o su familia estuviera involucrada en las empresas ofshore o “paraísos fiscales”, Javier duarte debería tener la decencia de quedarse callado hasta que no aclare lo que los cientos de documentos mostrados dicen sobre su dinero mal habido. Pero Javier no es decente, por eso no se va a quedar callado.

Javier Duarte sí es pobre, eso nos consta, pero pobre de espíritu. Es de esos sujetos que son tan pobres que sólo tienen dinero. Un día, cuando goce de total impunidad, en su castillo de Madrid se acostará en su lecho, todo el orondo y satisfecho; entonces dirá: “Alma, tienes muchas cosas buenas almacenadas para muchos años; pásalo tranquila, come, bebe, goza”. Entonces escuchará una voz que le dirá: “Insensato, esta noche exigen de ti tu alma. Entonces, ¿quién ha de tener las cosas que almacenaste?”.

Ese es el destino de todos los que se enriquecen con el robo, pero empobrecen en el espíritu.

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