Sin tacto
Por Sergio González Levet
29 de abril de 2016

 

Como que me encariñé con el tema y como que más bien se me quedaron algunas ideas y/u ocurrencias en el tintero (debería decir “en el teclado”, pero este tipo de anacronismos saben tan bien a nostalgia y a riqueza del lenguaje que prefiero no evitarlos), y por esa razón sigo con el tema de los topes, de los que en el pasado “Sin tacto” intenté hurgar en su idiosincrasia, si ese término se puede aplicar para el caso de objetos (y si no, ¡viva la licencia poética!).

Como la lectora sabe y el lector sufre, hay topes de varios materiales: concreto, asfalto, fierro, plástico, hule, jarcia, y los hay de infinitas formas: en relieve, tipo pared, cilíndricos, esféricos, cóncavos, convexos, etc., así como de tamaños que van desde el muy accesible de unos dos dedos de mano de altura hasta verdaderas paredes que llegan a 15 pavorosos centímetros.

Y por su outfit, son verdaderamente versátiles: romos y discretos, martelinados, satinados, capitoneados…

Y se pueden encontrar de diversos colores -aunque deberían estar pintados de amarillo brillante, los hay negros invisibles, grises trampa, rojos oficialistas, azules igual, y del tono que usted se quiera imaginar-.

Aquí podríamos parafrasear el famoso verso de Emilio Pacheco sobre el mar eterno:

Digamos que no tiene comienzo el tope.

Empieza donde lo hallas por vez primera

 y te sale al encuentro por todas partes.

Y son tan distintos los topes que nos echan a perder la tranquilidad, el vehículo y el cuerpo porque no hay una regulación nacional o estatal que precise cómo se deben construir estas linduras.

El Reglamento de Tránsito del Estado de Veracruz hace una mención muy general sobre el tema. Vamos al Capítulo Segundo: “De las actividades prohibidas en la vía pública”, y ahí al artículo 237 y a la fracción, que prohíbe “V. Instalar boyas, topes, cadenas, plumas o cualquier objeto que afecte el tránsito, sin autorización de la Dirección General, así como colocar objetos para apartar áreas de estacionamiento, será infracción grave” (la bonita redacción quedó a cargo seguramente de la Comisión de Prosodia de la SSP o de la Legislatura, si es que existen).

¡Y nada más! Así que cualquier vecino puede ir a recabar de la manera que sea una “autorización de la Dirección General” y poner topes en donde se le pegue la gana, como lo hicieron las 93 personas que mandaron a colocar un número igual de topes en los 60 kilómetros que tiene la carretera de Banderilla a Misantla, pasando por Naolinco y Chiconquiaco. Tal amenazante cantidad sólo es superada en ese largo y sinuoso camino por el número de curvas (700) o de hoyos (“¿Cómo te llamas?” le preguntó Jesús. “Me llamo Legión,” respondió, “porque somos muchos.”).

Si hubiera una NOM para los topes que los obligara a tener “perfiles suaves de pecho de mujer” (Serrat), la vida de los conductores y los pasajeros en México podría ser más exquisita, más segura y más apreciada. Tal vez con unos topes más amables, la gente terminaría por ser igualmente afable y no habría tantos desencuentros entre los choferes. De igual manera, los taxistas y los camioneros serían mucho más correctos (bueno, me refiero a los escasos que no lo son).

La otra sería que se prohibieran definitivamente los topes, pero entonces cómo demonios haríamos para que las y los cafres redujeran la velocidad, y dejaran de poner en peligro la integridad o la vida de viandantes y pasajeros, y la vida misma de la sociedad.

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