Talaveradas
Por Rafael de la Garza Talavera
25 de abril de 2016

Si se definió a la patología electoral como un esfuerzo crítico para mostrar los signos de la enfermedad crónica o mejor dicho genética del subsistema electoral, resulta imposible no detenerse para analizar las campañas negras y su funcionalidad para la democracia liberal. Y es que no sólo siguen presentes en prácticamente todas las elecciones, sino que además definen la dinámica desde el inicio hasta el cierre. En otras palabras desvían la atención de la problemática real para concentrase en las supuestas virtudes y defectos de los candidatos, vaciando de sentido dialógico las campañas para convertirlas en un espectáculo de golpes bajos y mentiras estratégicamente divulgadas en los medios masivos de comunicación.

El punto de inflexión que fortaleció el uso de las campañas negras en México podría establecerse en la elección de 2006, cuando Felipe Calderón, en medio de su campaña para la presidencia de la república decidió contratar a un conocido despacho español que reconfiguró el camino colocando en el centro de su estrategia la descalificación sistemática hacia el puntero en aquél momento y que se resumió en la frase: AMLO es un peligro para México.

El triunfo de Calderón por una diferencia ínfima abrió el camino para que las campañas negras se consolidaran como el camino ideal para disolver diferencias porcentuales en las preferencias del voto, incorporando un elemento central en la eficacia de la descalificación de los candidatos opositores: el apoyo de los medios masivos de comunicación. Sin éstos últimos las campañas negras perderían mucha fuerza y difícilmente lograrían su objetivo. En nuestros días el ciberespacio se ha convertido en el espacio preferido de las guerras de lodo debido a la falta de regulación de dicho medio en las elecciones pero esto no ha desplazado al duopolio televisivo como actor privilegiado en las contiendas electorales.

La dinámica de las campañas negras no se limita a desacreditar las propuestas del adversario; va más allá, sobre todo concentrándose en su vida privada, sus hábitos sexuales, propiedades, deslices oratorios y lo que se acumule. Las comparaciones con ideas o personalidades desprestigiadas por los medios de comunicación es un recurso frecuentemente utilizado; fue el caso de la comparación entre AMLO y Hugo Chávez en el 2012, que aprovechó la campaña en boga en esos momentos de los medios de comunicación internacionales en contra de la revolución bolivariana y su dirigente principal.

Además, las campañas negras, al concentrarse en atacar la imagen de los candidatos opositores impiden cualquier posibilidad de que las demandas de los votantes se coloquen el centro del discurso y que los candidatos dialoguen a partir de esas demandas para definir su posición y su eventual curso de acción una vez que se conviertan en los ganadores. El ruido generado por los vituperios y ataques impide que el votante participe efectivamente en los procesos electorales promoviendo sus intereses entre los candidatos y valorando sus capacidades para eventualmente seleccionar el destino de su voto. La sistemática descalificación del adversario por medio de la mentira, la sospecha y la exageración coloca en el centro de las campañas al candidato, o mejor dicho a su imagen pública y no precisamente a su proyecto político.

De acuerdo con los expertos en la mercadotecnia política, el candidato debe ser posicionado como un producto, una mercancía con atributos virtuales que resulte atractiva para los clientes-votantes, quienes elegirán en función de ésa imagen virtual, creada para singularizar al candidato en relación con sus adversarios. Es por eso que las campañas negras se concentran en la imagen del adversario para lograr resultados favorables . La batalla se concentra en contaminar la imagen y los atributos del opositor, pues sólo así podría derrotarlo. En este sentido, articular una campaña propositiva, con principios y cursos de acción, pasaría por alto el hecho de que los votantes están mas concentrados en la imagen y atributos personales de los candidatos y menos en sus propuestas, que en realidad ocupan un lugar subordinado a quien lo dice y no a qué dice.

Evidentemente, la dinámica de las campañas negras empobrece claramente el discurso político pero también al votante y a su concepción de la política ya que, dadas las estrategias de la mercadotecnia electoral, consume lo que esa disponible en el mercado sin poner mucha atención en las propuestas y estrategias seguidas por los candidatos frente a la problemática social. Este hecho refuerza la visión caudillista del poder, tan cara a nuestra cultura de la política, basada en la esperanza de que un hombre providencial es la única posibilidad de solucionar problemas. Primero el personaje y luego las ideas; el votante se pregunta ¿será el candidato capaz de resolver el problema? en lugar de si su propuesta es relevante, significativa.

Los que afirman que las campañas negras refuerzan la competencia electoral omiten las consecuencias de vaciar de sentido el discurso político, ensimismados en el carácter personalista de la política, del candidato-producto; ignorando que el espíritu de la competencia en la democracia liberal, en teoría, va más allá de las personas para colocar en el centro la confrontación de ideas y proyectos. Los partidos políticos, por su parte, deben su creciente desprestigio a esta obsesión de calificar al candidato como la piedra filosofal del cambio social, dejando de lado las plataformas ideológicas y la declaración de principios ideológicos. Los votantes están condenados así a ser mudos testigos de la guerra de lodo entre candidatos y seguir las denuncias y vituperios con una morbosidad acicateada por los medios de comunicación. Al final, las campañas negras se convierten así en una de las patologías más visibles de los procesos electorales, contribuyendo sistemáticamente al deterioro de la política, al empobrecimiento de la participación electoral y a la creciente certeza de que la democracia liberal sólo sirve a los poderosos que cuentan con recursos suficientes para defenestrar a los candidatos que se atrevan a oponerse a sus intereses.

Esta insistencia en vaciar de contenido a las campañas demuestra el temor de esos poderosos a la confrontación libre de ideas en la plaza pública que podrían poner en entredicho sus planes de dominación Al respecto sería recomendable revisar la coyuntura política en Venezuela para constatar de primera mano el poder y perversión de las campañas negras, obsesionada por desbancar a un gobierno producto del voto popular.