La opinión de
Por Lenin Torres Antonio
12 de abril de 2016

Entrañable pequeño, antes que nada quiero decirte que hubiera querido que no murieras y estuvieras con nosotros en un mundo diferente al que conociste, un mundo donde nuevas reglas de convivencia permitieran que crecieras en paz y alegría, donde tu espíritu pudiera formarse con convicciones e ideales tolerables y nobles.

Me hubiera gustado toparme contigo y verte juguetear y reír de tu mundo imaginario, donde morir es pasajero, puesto que a cada rato revives de tus supuestas muertes. Pero eso no sucederá, sé que no volverás a posar tu pequeño cuerpecito en esta tierra fría y áspera, que ya no vivirás este mundo humano contradictorio y cruel, este mundo hipócrita y narcisista, quizás, aunque me duele decirlo, fue mejor que murieras, porque tu voz y tu sufrimiento a nadie le importaba, porque en estos momentos de locura infinita no tenías la oportunidad de vivir bien, porque tuviste la mala fortuna de nacer en un lugar equivocado, entre gente equivocada, donde unos hombres satisfacen sus deseos perversos y enfermos, porque has sido un ser humano de segunda para el mundo occidental, porque hasta tu muerte es una muerte de segunda, porque al mundo le duele más la muerte de los niños de Europa que tu muerte, porque eres solo una estadística del daño colateral que se justifica por una ética pública perversa e excluyente, tu tenías que ser sacrificado para que los fuertes continuaran viviendo y gobernando este mundo.

Lamento decirte que tampoco ese dios al que piensas contarle todo ha hecho algo para que no hubieras sufrido, ni para que hubieras vivido una niñez sana y en paz. No te protegió de las balas asesinas, ni de las esquirlas de los misiles que llovieron por doquier en el lugar que naciste, ni le dio sabiduría y prudencia a los hombres de poder, ni curó de su locura a los imperios que ejecutan una solución final inconsciente, te confieso que me  aterra pensar que es premeditada, como la solución final de Hitler que tanto se quejan.

Lamento decirte que primero mataron a su Dios, y ahora han matado toda fe en el propio hombre, y es por ello que podemos decir que el propio Hombre está muriendo, y que las luces de la ilustración se han apagado hace mucho tiempo, y quizás nunca existieron. El mundo civilizado ha sido carcomido por los apetitos egoístas y pulsionales de sus hombres, y las ruinas de la civilización occidental se precipitan al vacío, y a la caída final del marco simbólico con que se ha sostenido toda  idea de hombre y de sociedad.

Hoy al ver tu cuerpo flagelado, tu sangre escurrir por tu heridas mortales, tu rostro petrificado de miedo, tus cabellos revueltos con polvo y tierra, tu mirada aterrorizada, y tu entereza para sostenerte con tus pequeños bracitos, y  no caer, y poder pronunciar antes de morir, “voy a contarle todo a Dios”, me ha hecho entristecer, y llenarme de rabia, y buscar la respuestas a por qué pasa esto, por qué sentenciamos a miles de niños como tú a la barbarie, al hambre, a la pobreza, al abuso, al atropello; y una y otra vez responderme porque así es la vida humana, porque la historia del hombre es la historia de sus guerras y sus mitos, porque el hombre es un ser pulsional sexual y violento, porque la cultura no logra domeñar sus apetitos y construirle un espíritu capaz de reconocer el bien  y tener una conciencia moral que le permita detenerse ante sólo imaginar o pensar el “acto malo”, ¿qué acaso vivimos también el ocaso de Edipo?, y Dionisio es el verdadero Dios, el que domina sus almas embriagándolos hasta perder la razón y el miedo, clausurando todo sentimiento de culpa, al llegar a matar y después irse a comer con sus hijos como si nada malo hubiera pasado.

Amiguito, tu rostro no miente, es dolor y terror lo que viviste los últimos instantes antes de tu muerte, y sé que tu muerte es nuestra muerte, que tu sufrimiento es nuestro sufrimiento. Y que la muerte de un niño como tú, es la muerte del futuro de nuestra especie des-humana.

¡Descansa en paz pequeño!