Por Carlos Arturo Luna Escudero

Ponencia presentada en el 9º. Seminario Internacional “Desafíos de la Educación Superior en el Desarrollo Humano y la Sociedad”

En primer lugar, quiero agradecer la generosa invitación que me hicieran los anfitriones de este 9º. Seminario Internacional “Desafíos de la Educación Superior en el Desarrollo Humano y la Sociedad”, la doctora Hermelinda Alvarenga, secretaria pretémpore de la ALIUP y Miguel Sabino González, coordinador para Guatemala de la Embajada Mundial de Activistas por la Paz.

Empezaré esta exposición de ideas con una reflexión que ilustra muy bien los tiempos que vivimos: “TODOS HABLAN DE PAZ, PERO NADIE EDUCA PARA LA PAZ…EN EL MUNDO SE EDUCA PARA LA COMPETENCIA Y LA COMPETENCIA ES EL COMIENZO DE CUALQUIER GUERRA”

En efecto, en nuestra América hoy en día, la mayoría de las escuelas, como afirmara el gran escritor uruguayo Eduardo Galeano, educan al revés. Señala Galeano que en las escuelas de nuestro tiempo se enseña que el plomo aprende a flotar y el corcho, a hundirse. Que las víboras aprenden a volar y las nubes aprenden a arrastrarse por los caminos.

Vemos cómo ahora, en este mundo al revés se desprecia la honestidad, se castiga el trabajo, se recompensa la falta de escrúpulos y se alimenta el canibalismo. Se calumnia a la naturaleza y, lo más terrible, la injusticia pareciera que es la ley natural. El que no transa no avanza. Engañar al prójimo se ha vuelto un arte. Competir y ganar a cualquier costo, se han vuelto los dioses de nuestros días.

Vemos con tristeza cómo día tras día, se niega a nuestros niños y a nuestros jóvenes, el derecho a serlo. Los hechos, que se burlan de ese derecho, imparten sus enseñanzas en la vida cotidiana.

En Latinoamérica se trata a los ricos como si fuera dinero, para que se acostumbren a actuar como el dinero actúa y se trata a los pobres como si fueran basura.

En este océano del desamparo, se alzan las islas del privilegio. Son lujosos campos de concentración, donde los poderosos sólo se encuentran con los poderosos. En algunas ciudades latinoamericanas, los secuestros se han hecho costumbre y todos, ricos y pobres, vivimos dentro de la burbuja del miedo.

En los países latinoamericanos, la hegemonía del mercado está rompiendo los lazos de solidaridad y haciendo trizas el tejido social comunitario: ¿Qué destino nos espera en países como los nuestros, donde el derecho de propiedad se está convirtiendo en el único derecho? Donde el derecho a la educación está relegado.

A muchos, que cada vez son más muchos, el hambre los empuja al robo, a la mendicidad y a la prostitución; y la sociedad de consumo los insulta ofreciendo lo que niega. La dictadura de la sociedad de consumo ejerce un totalitarismo simétrico al de su hermana gemela, la dictadura de la organización desigual del mundo. El desarrollo económico en nuestros países no se ve por ningún lado.

Es increíble la pérdida de valores en nuestro mundo contemporáneo: Quien no tiene, no es; quien no tiene auto, quien no usa calzado de marca o perfumes importados, está simulando existir. En este mundo globalizado, tal pareciera que uno sólo existe si consume, uno solo triunfa si tiene poder adquisitivo. Vivimos en una economía de importación, con una cultura de impostación; vivimos en el reino de lo banal, del egoísmo.

Aquí, ahora, estamos todos obligados a embarcarnos en el crucero del consumo, que surca las agitadas aguas del mercado.

¿Qué pasará -nos preguntamos- con los millones de niños latinoamericanos que serán jóvenes condenados a la desocupación, a la marginación o a los salarios de hambre?

La publicidad ¿estimula la demanda o promueve la violencia? La televisión no sólo enseña a confundir la calidad de vida con la cantidad de cosas, sino que además, brinda cotidianos cursos audiovisuales de violencia, que los videojuegos complementan.

Golpea antes de que te golpeen; estás sólo, sólo cuentas contigo; tú también puedes matar, son los mensajes que recibimos a diario. Y, mientras tanto, las ciudades latinoamericanas crecen a ritmos demográficos increíbles, y con nuestras ciudades, a ritmo de pánico, crece el delito.

En este estilo de vida está el origen de la injusticia, de la desigualdad, que es la madre de toda violencia, de la falta de paz.

De ahí la importancia de la cruzada por rescatar a la educación superior de la Embajada Mundial de Activistas por la Paz a través de la ALIUP, como un instrumento necesario para el desarrollo de nuestros países. Para la resolución de los conflictos, para preservar la paz. No puede haber desarrollo sin paz.

Y es que en la actualidad, en sociedades como las latinoamericanas, hay una doble sensación de vértigo y parálisis. El vértigo de los saciados que no tienen tiempo para ordenar toda la información a la que tienen acceso y que gozan de ambientes familiares y de escuelas que estimulan sus autoaprendizajes; y el desvanecimiento diario de las mayorías que tienen como principal objetivo asegurar la comida diaria sobreviviendo en ambientes familiares y escolares fragmentados y sin recursos ni seguridades sobra lo que hay que hacer.

Sin duda, lo que más diferencia al núcleo con mayores ingresos de los demás es su perfil educativo. Los pobres están doblemente penalizados: a su condición de pobreza suman sus dificultades para el acceso y la permanencia en las escuelas y la baja calidad de la educación.

La premisa de que la educación es un factor de equidad social no tiene posibilidad de concreción en Latinoamérica en el corto plazo, con gran desigualdad e inequidad, y donde las condiciones materiales de vida de la inmensa mayoría de alumnos son precarias

Por ello es que los resultados del proceso educativo latinoamericano no se han reflejado en su desarrollo. La experiencia indica que no puede pensarse en mejores logros educativos sin generar condiciones de una mayor equidad en las sociedades. Todo esfuerzo educativo se verá reducido en su impacto con alumnos en situación de pobreza y con pocas posibilidades de insertarse en el mercado laboral.

De ahí la urgencia de una inclusión más justa y equitativa de oportunidades, de un crecimiento económico más acelerado y de una distribución más amplia de sus beneficios, que aliente sociedades con rostro más humano.

Por eso debemos impulsar y apoyar esta iniciativa de la ALUIP, como un esfuerzo necesario para recomponer el desastre educativo que vivimos. El establecimiento de una cátedra por la paz en nuestras universidades, sin duda es elemento central para alcanzarla, para contribuir a afianzar los valores y principios que distinguen a nuestros pueblos.

Para alcanzar el desarrollo de la gran patria latinoamericana, debemos integrar un buen sistema educativo con tres grandes propósitos:

Proveer a todo aquel que quiera aprender el acceso a los recursos que estén a mano, en cualquier momento de su vida; otorgar a todo aquel que quiera compartir lo que sabe, la posibilidad de encontrar a aquellos que quieren aprender de él; y finalmente, suministrar a todo aquel que quiera dar a conocer en público un tema, la oportunidad de exponer su tema, afirma Iván Illich.

El sistema educativo que necesitamos para el desarrollo en América Latina puede ser generado mediante la reconceptualización de la educación dentro de nuestro contexto histórico y debe plantear nuevas alternativas desde la inclusión, con opciones concretas y posibles desde la igualdad, abarcando elementos pedagógicos que abarquen la diversidad cultural, el alcance de metas posibles y el desarrollo de millones de jóvenes que desean y exigen seguir estudiando.

En resumen, en los inicios de este nuevo milenio se debe entender a la educación como el medio principal para hacer frente a los desafíos que implica el desarrollo económico y social de nuestros pueblos, la profundización y ampliación de los procesos de integración y su inserción en una globalización que avasalla. En otras palabras, la educación debe ser un elemento crucial, un proceso eminentemente social, dirigido a maximizar el rango de oportunidades en beneficio de la población.

Es entonces esta una cruzada de gran preponderancia para los gobiernos y educadores latinoamericanos. Decir que la educación constituye un medio indispensable para lograr el desarrollo de nuestras sociedades no es simplemente una propuesta. Debe ir mucho más allá de una reflexión coyuntural o una conferencia eventual. Debemos entender que la educación como medio para el desarrollo debe apoyarse en principios que den una dirección más precisa al objetivo central del proceso educativo: el mecanismo ideal para la superación personal y social.

Al respecto, es necesario subrayar que las recientes transformaciones en lo socio-económico, lo científico-tecnológico y lo cultural, demandan una nueva perspectiva educativa. Por tal razón, los sistemas educativos deben estar en condiciones de desarrollar nuevos métodos de aprendizaje que catalicen la comprensión de dichas transformaciones y estimulen la creatividad.

Además de considerar a la educación como un medio para el desarrollo o como un proceso que posibilita al individuo una formación integral, ésta debe concebirse como una verdadera responsabilidad social, que conjugue la participación de los sistemas educativos, los medios de comunicación y las diferentes organizaciones sociales.

Finalmente, se pueden definir los ejes rectores para que la educación sea el motor central del desarrollo:

1.- Tener claro que sólo la educación consolida la conformación de sociedades integradas y participativas.

2.- La educación debe promover la formación de individuos solidarios, participativos, productivos y respetuosos.

3.- Es indispensable la participación de los gobiernos de los países y demás sectores sociales, ya que sólo así se posibilita el acceso a la educación a toda la población.

4.- La educación debe estar apoyada en la investigación científica-tecnológica para elevar la competitividad de las comunidades.

5.- La educación debe estar basada en las transformaciones de los diversos campos del conocimiento, ya que así estimula la comprensión de los mismos y la creatividad.

6.- A todos, gobiernos y educadores, nos debe de quedar claro que la educación es y debe ser siempre, una responsabilidad social.