Por Lenin Torres Antonio
CRÓNICAS URGENTES

 A propósito de los culpables que no se ven y el “único mundo” 

 

La mirada de torero que contenía un saber fatal penetró en la pupila de cada uno de los que miraron esa última mirada. El pensamiento de la muerte atravesó como un rayo la consciencia de esos mirones, y el miedo se hizo presente, parecía cierto que el siguiente muerto seríamos esos mirones. Iván Ilich sabía que hablar de la muerte propia es un imposible, pues la muerte es la muerte del otro, pero en ese momento la muerte del torero era  nuestra muerte; incluso un sentimiento de odio se filtró, y el toro dejó de ser el animal abusado y maltratado por esas fiestas paganas. Quizás como diría Jenófanes de Colofón “si los burros pensaran harían dioses a su imagen y semejanza”, y podríamos decir que el Dios Toro hizo justicia divina, pero no, nuestro Dios es más cierto y poderoso, así que a sacrificar el Toro Maldito y toda su descendencia como manda la tradición. Es el león come hombres, es el Toro mata toreros porque se ha invadido su habitad, y no le ha quedado más que cruzar la frontera entre su reserva y los lugares humanos.

El video iba dejando imágenes grotescas de cuerpos desmembrados, aplastados, charcos de sangre, parientes hincados suplicando revivir al amado, la escena parecía interminable aunque los números hablaran puntualmente de 80 muertos, no sé si se incluía al chofer criminal, fundamentalista, asesino despiadado con una fe ciega que justificaba su matar, y que además era un acto justo y divino. Nuestras pupilas veían esos cuerpos, esos muertos, nuestros muertos, quisiera poder decir con toda justicia “nuestros muertos”, pero no puedo, sé que hay más muertos y también esas escenas se repiten en Irak, Síria, Afganistán, Palestina, etc. cuerpos desmembrados, charcos de sangre, niños destripados, y choferes en forma de ojivas, metralla, tanques, balas, misiles, bombas, y que todavía no son detenidos ni asesinados.

Era una noche de copa y de Salsa, ese baile sensual que invita a fundir los cuerpos en movimientos de desdén y de apegos frenéticos, tan pronto posees al otro, éste se aleja indiferente, un <fort-da> que nos hace completarnos momentáneamente, y nos introduce a una felicidad embriagadora, claro no sobra demás acompañarlo con algún estimulante de moda, y acelerar la llegada al paraíso. En esa mismo momento, otra danza infernal entraría en la pista de baile, la notas musicales se hicieron monótonas, taca, taca, taca, y zumbidos ensordecedores esparcían cuerpos agujerados por doquier, la danza de la muerte anunciaba otra completud, y como diría Heidegger, “la posibilidad de la imposibilidad de toda otra posibilidad” permitía lo que en el baile fue efímero realizarlo, <la vida eterna>. Otros tantos cuerpos incluidos a Belcebú (el asesino) hondaron la trágica condición humana de no poder incorporar las diferencias sin anularlas. Otra vez alguien fue el malo, el loco, el extremista, el homosexual reprimido; lo importante para el imperio era no dejar ver su vulnerabilidad y que la guerra ocurra en otros lugares, Europa, Medio Oriente, etc., y no en su tierra de libertades y de contradicciones.

Y no hace poco tiempo, por lo que aun tengo en mi memoria la imagen, un <Black Man> fue acribillado por un policía blanco, que no dudo en respetar lo que el protocolo policial decía, “ante la más mínima sospecha de que el sujeto acusado posea alguna arma que ponga en peligro su vida hay que disparar”, pensó, ¡si van a llorar en mi casa, mejor que lloren en la suya”. Acontecimiento que agarró en plena gira internacional, por cierto por Europa, a su presidente negro, quien tratando de transmitir confianza a los inversores y a la siniestra economía global más que a sus conciudadanos, pronunció una frase débil y reveladora, “no estamos tan divididos”. Lamentablemente nada más le dio tiempo de llegar al sepelio de los policías blancos ajusticiado por el ángel vengador, un ex soldado negro, y no a la del negro criminal sospechoso de traer un arma y de ser violento.

Parece que la historia reciente de la humanidad es la historia de sus muertos, de sus contradicciones, de sus locuras, de sus mitos, de Dionisio en lugar de la de Apolo, porque la cordura se ha perdido, y mucho más la caballerosidad de la guerra. Hay un cierto goce por matar oculto en la ideología y el poder. El discurso del encuentro apacible de los mundos se vuelve un despropósito, un artero engaño doctrinario, un embuste para continuar justificando que para llegar a ese estatus de civilidad tenemos que padecer algo de sufrimiento, y sacrificar a algunos de nuestros hermanos humanos.

Liberté, Égalité, et Fraternité es el eco débil de los tiempos del embrujo de nuestra idea de sociedad y de mundo que hemos defendido con <uñas y dientes>, del dogma que nos hace “creer en la nada a no querer” como diría nuestro ilustre Nietzsche, la ilustración ilumina poco al mundo humano, es tiempo de escribir otras letras que nos haga recuperar la Fe, la convicción, y la tolerancia hacia “los otros” que cada día lucen más extraño y frágil. El fin de nuestra Era no es un titulo de una película gringa <Green Go>, es real y hace pender de un hilo la sobrevivencia del hombre como especie dominante, el verdadero enemigo del hombre sigue siendo el propio hombre, <homo homonis lupus>. Lo peor que nos sucede es que aún los cobardes culpables no asoman sus rostros decrépitos e ignorantes que no hay otro mundo para donde huir. Este es el único. Aunque todavía no sé si lo saben, o a la mejor ya poseen una tecnología que les asegura su sobrevivencia, y se divierten jugando a ser pequeños dioses perversos.