La opinión de:
Hugo Casanova Cardiel
25/07/2016

La política educativa de Peña Nieto pasará a la historia como uno de los episodios más lamentables de la educación pública en México. En el complejo devenir del casi centenario sistema educativo nacional es difícil encontrar otro periodo tan intenso de equívocos y desatinos. Por supuesto que no podría sugerirse aquí una mirada inocente de las políticas generadas a partir de 1921, año de creación de la Secretaría de Educación Pública (SEP), y sobra señalar que a lo largo de un siglo caben múltiples claroscuros. Sin embargo, la respuesta oficial a los problemas de la educación durante este sexenio resultó un claro fracaso.

2. Las evidencias de que la política educativa llegó al límite son múltiples y sería imposible intentar un recuento. Sin embargo, no podrían olvidarse algunos de sus rasgos: fue planteada a partir de un pésimo diagnóstico que depositaba en los maestros el origen de todos los males; se fundó en una visión mercantilista y ajena al ideario social, y fue diseñada e implantada sin la participación de los actores de la educación y de la ciudadanía. Así, muy lejos de ofrecer soluciones, la política educativa generó un profundo conflicto nacional.

3. Cerca del inicio del último tercio del sexenio, es preciso recordar que el grupo en el poder definió a la educación como el eje de su proyecto. No obstante, es necesario apuntar que tal aspiración alcanzaría apenas un nivel declarativo, pues las metas reales del gobierno, por cierto tampoco alcanzadas, se centraron en la economía y la productividad. De tal suerte que tanto en el Pacto por México como en el Plan Nacional de Desarrollo la educación sería tratada como el lugar de ensayo para los criterios de calidad, evaluación y eficiencia promovidos por la tecnocracia.

4. Si bien el discurso oficial apelaba a nuevas formas de ejercer el gobierno, las políticas gubernamentales mantuvieron un esquema autoritario y sencillamente arcaico. Este formato alcanzaría una de sus mayores expresiones en el caso de la educación y sus actores principales, los maestros, serían tajantemente ignorados. ¿En qué momento la política se convirtió, antes que en una práctica dialógica, en una praxis autoritaria y amenazante? ¿Dónde abrevaron los jóvenes políticos mexicanos para hacer de la imposición sumodus operandi? ¿Qué escuela de ciencia política británica, estadunidense o mexicana les enseñó el desdén hacia la ciudadanía?

5. Aún más, a lo largo de estos años los ejemplos de mano dura, de confrontación o de franca represión hacia el sector educativo, pronto se convirtieron en uno de los principales rasgos de un gobierno incapaz de construir canales de comunicación con la sociedad. Baste aludir a la violencia simbólica ejercida hacia el magisterio mediante el discurso político y mediático, así como a la violencia real desatada desde los más diversos frentes hacia docentes y estudiantes en todo el país, que alcanzaría su mayor expresión en Ayotzinapa y Nochixtlán, lugares hoy situados en la memoria de los agravios a la educación.

6. Aunque algunas interpretaciones pretenden simplificar la crisis de conducción de la educación, describiéndola como un enfrentamiento entre la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación y el Estado, lo cierto es que hace tiempo que el problema alcanzó una dimensión de proporciones mayores. Como es sabido, la educación atañe a toda la sociedad y la atención a su problemática tiene como condición irrecusable la representación de todos los sectores de la sociedad para decidir sobre sus temas críticos.

7. Pese a la obviedad de esta condición, hoy resultan muy preocupantes las acciones gubernamentales para dar presencia artificial al sindicalismo oficial y para atribuirle una capacidad de interlocución de la cual carece. A lo largo de este sexenio ha sido notable la merma en las facultades formales y fácticas de la cúpula del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, al cual solamente parecen quedarle los recursos del sometimiento y la corrupción.

8. En el mismo sentido es que resulta francamente alarmante la insistencia del grupo Mexicanos Primero para ostentarse como representante de los intereses de la sociedad civil y como pretendido defensor de la educación y de la niñez. Aun omitiendo juicio alguno sobre la congruencia educativa del ideario empresarial que enarbola dicha asociación, resulta incomprensible su carácter beligerante y pendenciero frente al magisterio y frente a los grupos o personas que considera contrarios a sus posiciones.

9. ¿Hace falta una reforma de la educación en México? ¿Hace falta evaluar la educación? Por supuesto. Este país está urgido de atender los problemas históricos de la educación. Además, hoy tenemos otros problemas propios de la coyuntura: es fundamental promover un diálogo honesto y asumir las transformaciones que resulten necesarias; es preciso valorar a profundidad los efectos de la evaluación que se pretendió implantar; es indispensable evaluar y dignificar las atribuciones del Instituto Nacional de Evaluación de la Educación; es preciso analizar los efectos de la reforma legal y promover los procedimientos legislativos a que haya lugar; es necesario analizar y replantear la reforma laboral aplicada a maestros y maestras de México, entre muchos otros.

10. Hay una forma de hacer política educativa que desdeñó los temas sustantivos de la educación y que ya ha confirmado su inoperancia. Estos casi cuatro años de mala conducción de la educación y de crisis generalizada de gobierno no pueden prolongarse más. Es urgente, por tanto, construir un nuevo marco de acción del gobierno nacional basado en el respeto, el consenso, la justicia y la eficacia. Y es urgente definir un nuevo ciclo de política educativa que, con base en el diálogo social y en el saber educativo, impulse de manera inequívoca la educación que reclamamos y merecemos los mexicanos.

*Investigador de la UNAM