CAMALEÓN
Por Alfredo Bielma Villanueva
26 de julio de 2016

 

Entre 2006 y 2012 la elite política del PRI se agrupó en torno de un proyecto: lanzar a la presidencia de la república al joven gobernador del estado de México, Enrique Peña Nieto, y para conseguir el objetivo contaban con el respaldo de poderes fácticos (La Iglesia, Empresarios), molestos por el clima de inseguridad prevaleciente en el país, y porque el gobierno de Felipe Calderón se había desgastado en el cruento enfrentamiento contra el crimen organizado, la inseguridad pública se adueñó de las calles de México. Les preocupaba la elevada aceptación que venía consiguiendo la pre- candidatura de Andrés Manuel López Obrador, a quien consideraban el adversario a vencer. Pero antes debían dominar el fantasma del divisionismo interno.

Los resultados del proceso electoral de 2006 habían sido desastrosos, pues aparte de no ganar la presidencia el PRI apenas consiguió 106 diputados -65 de mayoría y 41 plurinominales- más los 17 del Verde Ecologista; el PAN obtuvo 206 diputados y la Coalición de izquierda 156; el Partido Nueva Alianza 9 y Alternativa Socialdemócrata 4, hubo un diputado sin partido. Sin embargo, con su pírrica bancada de diputados el tricolor aprovechó la coyuntura y sirvió de gozne en la toma de posesión de Felipe Calderón aliviándole el trago amargo cuando tuvo que entrar por la puerta de atrás del Congreso porque el PRD bloqueaba el entorno; así tomó posesión de la banda presidencial, cobijado por las bancadas priistas y panistas, “haiga sido, como haiga sido”, bromeó Calderón, a quien Andrés Manuel calificó de “presidentes espurio”.

Por aquella derrota Roberto Madrazo formuló un diagnóstico: “Yo creo que el PRI, sobre todo después de la experiencia electoral de 2006, terminó un largo ciclo. Este PRI no encaja ya en nuestra sociedad. Tiene que proceder a una transformación profunda, muy profunda, porque no está dialogando con la sociedad. El partido y la sociedad están hablando de cosas distintas, hablan lenguajes diferentes. Tendría que volver a colocarse en sintonía con la sociedad”.

Tenía razón, pero bien sabía que su derrota la determinó el trauma divisionista que afectó al PRI durante el proceso para elegir candidato a la presidencia de la república, ese que engendró al TUCOM (Todos contra Madrazo), con la consiguiente escisión interna. La experiencia sirvió para que seis años después se tejieran finamente las “negociaciones” en la nomenklatura priista (Manlio Fabio dio lectura correcta a las circunstancias y declinó participar como candidato), y entre los sectores del poder fáctico (Iglesia, empresarios, Televisa, etc.) para transitar con unidad hacia la campaña presidencial de 2012.

Ya en campaña, con Peña Nieto de abanderado en 2012 el Partido Verde Ecologista caminó al filo de la navaja, arriesgando su registro, pero cumplía con una estrategia previamente diseñada. Los resultados electorales demostraron que en 20 de las 32 entidades del país ganó Enrique Peña Nieto (EPN), en ocho Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y en cuatro Josefina Vázquez Mota (JVM). Cruzando los números electorales con los de la pobreza encontramos que en estados con mayor porcentaje de pobreza AMLO ganó Guerrero, Oaxaca, Puebla y Tlaxcala; Peña Nieto ganó Zacatecas, Hidalgo y Michoacán y Josefina Vázquez Mota en Veracruz, que aportó al PRI 1 millón 250 mil votos, medio millón más que en 2006. Así, el PRI regresó a Los Pinos.

Aunque vestida en rosa, la Luna de Miel con el Poder demoró poco; de pronto Peña Nieto se convirtió en la esperanza de México, el gran reformador, el Pacto por México sería la gran herramienta para el cambio; aunque mañosamente aplicó la política del Avestruz en materia de seguridad pública, “nada” pasaba ya, por arte de magia el crimen organizado casi había desaparecido, llegaron las grandes Reformas y en su implementación el ancla que evitó la partida de la nave. De allí para acá nada ha sido igual: Ayotzinapa, Tlataya,  Nochixtlán, la Casa Blanca, la debacle del petróleo, la CNTE, la corrupción evidenciada, todo un coctel social, político y económico que ha sido el talón de Aquiles de este gobierno, al grado que la aceptación popular respecto de Peña Nieto se fue a pique.

Adicionalmente, gobernadores como los de Sonora y Nuevo León, que ya se fueron, y los de Chihuahua, Quintana Roo y Veracruz, que ya se van, han dado la nota; particularmente este último ahogado entre la corrupción y la inseguridad pública, pero todos han concitado índices de inconformidad social nunca antes vistos; lógicamente, sus respectivos gobernados convirtieron los procesos electorales en referéndum reprobatorio a través del cual expresaron su rechazo, su repudio, su enojo social contra el statu quo.

La derrota electoral del cinco de junio pasado colocó al PRI en un contexto diferente al de 2012 porque ya no gobernará en estados claves, Veracruz entre ellos, por lo que el escenario a futuro es poco halagüeño frente a las elecciones de 2017, que en el Estado de México son de augurios impredecibles.

La elocuencia de los números obliga a la reflexión: como saldo de los 15 procesos electorales estatales realizados en 2010 el PRI disminuyó en más de 8 millones el número de mexicanos que gobernaba, así consta en el análisis “Los estados en 2010: el nuevo mapa de poder regional”, elaborado por el IFE, allí se subrayó que anteriormente a esas elecciones el PRI gobernaba 20 estados, con una población conjunta aproximada a 64 millones de personas, mientras que el PRD y el PAN lo hacían en seis entidades cada uno, con 24 millones y 21 millones de habitantes, respectivamente. Ahora, en 2016 el mapa del poder ha cambiado porque el PAN se lleva siete estados “de un jalón”.

En diagnóstico actualizado el presidente del PRI, Manlio Fabio Beltrones lo reconoció: “el PRI gobernará a 15 estados y el 45 por ciento de la población nacional”, significa que gobernará 19 millones de mexicanos menos que en 2010 y en 7 estados menos que hace seis años; una reajuste sustancial que enciende focos rojos pues esa circunstancia dificultará una hipotética recuperación.

El flamante dirigente nacional del PRI, Enrique Ochoa Reza, anunció una gira por el país para “dialogar abiertamente con la militancia”; en ese contexto tendrá que confirmar su compromiso de actuar en contra de militantes- gobernadores incluidos, que incurran en prácticas corruptas. “El PRI tiene que ser garante de la honestidad de sus gobernantes. Tenemos que ser los primeros en señalar casos donde cualquier funcionario público que venga de las filas del PRI haya traicionado a la sociedad y se haya corrompido”, ha dicho formalizando tres compromisos: el PRI será “garante de la honestidad de sus gobiernos”, señalará a corruptos de otros partidos políticos y defenderá “el buen nombre de los funcionarios injustamente acusados”; ha dado los primeros pasos en ese sentido. Aunque sin duda ese discurso quedará en retórica sino se traduce en hechos, como a su vez lo señaló Peña Nieto en su alerta contra la corrupción.

Como en esta breve reseña ya se ha referido, en el PRI no todo lo que se acuerda en sus Asambleas se acata, pues en la práctica del más puro de los pragmatismos se apega a las circunstancias y, consecuentemente, el presidente de la república sigue siendo mano, esa es su genética; ¿se levantará el PRI después de la derrota electoral de 2016 para competir con solvencia en 2018? Está por verse si evaden el posible choque entre el grupo político encabezado por Manlio Fabio Beltrones y la gente del presidente. También si superan la apreciación ciudadana de ser un partido que ha dejado hacer a sus gobernantes, convirtiéndose en cómplice de sus acciones, Veracruz es un caso paradigmático. Adicionalmente, los números electorales de la elección en el Estado de México el próximo año serán el cristal con el que se medirá la elección presidencial que viene. En el inventario de ahora, Veracruz ya no figura entre los haberes priistas y el próximo año la ciudadanía rectificará o ratificará sus preferencias electorales cuando elija 212 ayuntamientos. Dentro de un año ya estaremos en condiciones de conocer con mejor precisión el destino político inmediato del PRI y si la Tercera llamada será la última de la hegemonía. El Ave Fénix es ficción que la realidad hace suya, ya se demostró en 2012, pero Ícaro es la otra cara de la moneda.

alfredobielmav@nullhotmail.com