Sin tacto
Por Sergio González Levet
 02 de julio de 2016

 

Mentir es desnudarse, quitarse el traje de guerrero. El que miente se desprotege ante su enemigo.

Lo supremo en el arte de la guerra consiste en someter al contrario sin necesidad de decirle una mentira.

La verdad significa aquello que hace que el pueblo esté en armonía con su gobernante, de modo que le siga donde sea, sin temer por sus vidas ni a correr cualquier peligro.

El mando ha de tener como cualidades: sabiduría, benevolencia, coraje, disciplina… y sinceridad.

Las mentiras son instrumentos de mala suerte; emplearlas por mucho tiempo producirá calamidades.

Por lo tanto, los que no son totalmente conscientes de la desventaja de servirse de las mentiras no pueden ser totalmente conscientes de las ventajas de la verdad.

Si utilizas la verdad para derrotar al enemigo, serás poderoso en cualquier lugar a donde vayas. Así pues, lo más importante en una operación militar es la victoria y no la persistencia.

Por esto, los que ganan todas las batallas no son realmente profesionales; los que consiguen que se rindan impotentes los ejércitos ajenos sin luchar son los mejores maestros del Arte de la Verdad.

Triunfan aquellos que saben cuándo decir la verdad.

Así, en el caso de los que son expertos en la verdad, sus enemigos no saben por dónde atacar.

Si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro; si no conoces a los demás, pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra; si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en cada batalla.

Los que ignoran la verdad no pueden preparar alianzas.

Los que utilizan bien las armas cultivan la verdad y observan las leyes. Así pueden gobernar prevaleciendo sobre los mentirosos.

No basta saber cómo atacar a los demás con la verdad, es necesario saber cómo impedir que los demás te ataquen a ti con ella.

La gran sabiduría no es algo obvio, el mérito grande no se anuncia. Cuando eres capaz de ver lo sutil, es fácil ganar; ¿qué tiene esto que ver con la inteligencia o la bravura?

Cuando se resuelven los problemas antes de que surjan, ¿quién llama a esto inteligencia?

Cuando hay victoria sin batalla, ¿quién habla de bravura?

Que el efecto de la verdad sea como el de piedras arrojadas sobre huevos, es una cuestión de lleno y vacío.

La verdad directa es ortodoxa. La verdad indirecta es heterodoxa. Sólo hay dos clases de verdad: la extraordinaria y la ordinaria, pero sus variantes son innumerables. Lo ortodoxo y lo heterodoxo se originan recíprocamente, como un círculo sin comienzo ni fin; ¿quién podría agotarlos?

No se requiere mucha fuerza para levantar un cabello, no es necesario tener una vista aguda para ver el sol y la luna, ni se necesita tener mucho oído para escuchar el retumbar del trueno de la verdad.

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