CAMALEÓN
Por Alfredo Bielma
14 de julio de 2016
 

Al Partido Revolucionario Institucional le ocurre lo que al Sísifo de la mitología griega, condenado a la penosa tarea de subir empinada cuesta empujando una gran roca y tras dura faena para llegar a la cúspide la dejar rodar hasta la base, sólo para emprender de nuevo el imperecedero esfuerzo. Ese quehacer le fue asignado al PRI a partir de la gran ruptura que sufrió en 1986, cuando a su interior surgió la inconformidad de su ala izquierda contra la política económica del gobierno de Miguel de la Madrid, al tiempo de disputarle al presidente de la república el derecho de la base partidista a elegir candidato presidencial, de aquel movimiento disruptivo surgió la “Corriente Democrática”, también conocida como “Corriente Crítica”, lo encabezaban Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez, César Buenrostro y poco después se les unió Cuauhtémoc Cárdenas.

Quienes alcanzan por su edad la condición de sesentones, y más, recordarán muy bien el desenlace de aquel episodio porque lo observaron directamente, y porque se reflejó en el resultado electoral de 1988, cuando la victoria priista por la presidencia se vio empañada por la duda sobre si realmente ganó este partido, aunque en los hechos siguió gobernando hasta el año 2000.

En aquella década destacaba el debate entre “políticos” y “tecnócratas” al interior del PRI, el presidente Miguel de la Madrid era la cabeza de este grupo, al que atribuían culpas por las recurrentes crisis derivadas del modelo económico y la Corriente Crítica postulaba: “Nos alarma la progresiva dependencia del exterior, las tendencias que conducen al desmantelamiento de la planta industrial, la desnacionalización del país”, por ello proponían abrir a las bases priistas la decisión de nombrar al candidato presidencial, en oposición a Carlos Salinas de Gortari que ya se perfilaba como el delfín de Miguel de la Madrid.

Ese movimiento interno en el PRI obligó al presidente el cambio en el PRI Jorge de la Vega Domínguez por Adolfo Lugo Verduzco, a quien el 7 de octubre de 1986 mandó de candidato a gobernar Hidalgo; al día siguiente tomó posesión el nuevo presidente priista, a quien tocó escuchar a Muñoz Ledo en el Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales del PRI (IEPES): “La movilidad es la inteligencia de los partidos políticos y el inmovilismo su mayor torpeza; el anacronismo, la falta que no pueden cometer so pena de incurrir en el despotismo…Una sociedad abierta exige hoy un partido leal a los intereses mayoritarios que encarna, pero también más ágil y competitivo, despojado de los lastres que incuba el ejercicio patrimonialista del poder y la manipulación autoritaria de la sociedad”. De la Madrid no toleró la indisciplina y acudió a la disciplina de los sectores priistas que empujaron hacia afuera a los disidentes; la Comisión Nacional de Coordinación Política del PRI repudió las acciones de Cárdenas, de Muñoz Ledo y sus seguidores. “El cisma estremeció las filas partidistas, no acostumbradas a debatir públicamente las diferencias a su interior y mucho menos a tolerar insubordinaciones que pusieran en entredicho la línea de mando proveniente del autoritarismo presidencial” (El Fin de una Era, ABV).

Eran preludio de la Primera llamada, y la pudo solventar el PRI maquillándose con los acuerdos de la XIII Asamblea Nacional celebrada los días 2, 3 y 4 de marzo de 1987, en la que se dio a conocer el programa del Partido para atender el calendario electoral de 1988, y a la vez se eligió a Humberto Lugo Gil para la secretaría general, en sustitución de Irma Cue. Acompañaron a De la Vega en el nuevo Comité Ejecutivo Nacional: Antonio Murrieta Necochea, en la Oficialía Mayor; Pedro Joaquín Coldwell, en la secretaría de Organización; Fernando Ortiz Arana en Acción Electoral; Manlio Fabio Beltrones, en Promoción y Gestoría; Dionisio Pérez Jácome, en Información y Propaganda; Roberto Madrazo Pintado, en la secretaría adjunta de políticas para la juventud; Socorro Díaz, en la Coordinación Nacional de Ideología, entre otros. Allí nació como nuevo órgano de partido el Consejo Consultivo del Comité Ejecutivo Nacional.

En la XIII Asamblea Nacional se abordaron las Reformas Constitucionales en materia electoral propuestas por el presidente De la Madrid que dio origen a un nuevo Código Electoral Federal; se le conoció como “La Renovación Política Electoral” sincrónico con la famosa “renovación moral”, que por cierto nunca llegó. En ese marco normativo, con un IFE creado para dar credibilidad y confianza a los procesos electorales y tras la conmoción ocasionada por los homicidios contra Luis Donaldo Colosio, en marzo, y de Mario Ruiz Massieu en septiembre de 1994, el PRI se reactivó y obtuvo una votación abultada, nunca antes conseguida para un candidato presidencial, que en este caso fue Ernesto Zedillo, del perfil “tecnócrata”, un candidato impuesto por las circunstancias. A continuación sobrevino la política de la “sana distancia” del gobierno con el partido que lo llevó al poder, pero que fue virtual pues en los hechos el presidente tuvo acentuada injerencia en la designación de los presidentes priistas, y fue decisiva en el desequilibrio que generó a su interior. A grado tal que en la elección intermedia de 1997, el PRI perdió la mayoría en la Cámara de diputados del Congreso General y, por si no bastara, el gobierno del Distrito Federal, hitos que configuran una auténtica transición, que la contemporaneidad evitó medir en toda su magnitud.

En 1997, en EEUU. Zedillo había declaró a un diario de ese país que “El determinismo del dedazo se acabó. Para el año 2000 nominaremos un candidato que tenga la aceptación del electorado. Cada voto es importante y hemos ahuyentado el fantasma del dedazo”. Un año antes, en septiembre de 1996, se había celebrado la XVII Asamblea Nacional, allí afloró la pugna entre “políticos” y “tecnócratas” radicalizada con gritos de “Fuera Salinas”, imponiendo los candados electorales, reconociendo que “a mayor democracia interna, mayores son las derrotas electorales del PRI”; escuchando el reclamo de Fidel Velásquez: “Puros burócratas manejan al PRI”. Con la consigna “duro contra los tecnócratas” se acordó que para aspirar a la presidencia del partido era necesario contar con un cargo de dirigencia partidista, registrar diez años de militancia y haber desempeñado un cargo de elección popular; lo que parecía un tardío despertar, fue una Asamblea de reclamos contra la tecnocracia, que el presidente del PRI Santiago Oñate no pudo controlar, en la que Manuel Bartlett maniobró y encabezó la fracción de los llamados “políticos”.

Pero la “Sana distancia” no se privilegió cuando llegó el momento de decidir el relevo de Oñate en la presidencia del Comité Ejecutivo Nacional del PRI pues es ajeno a ejercicios democráticos, van contra su naturaleza y lo dañan pues su tendencia a la consigna y dictados presidenciales es inveterada. Por esa razón cuando se convocó a renovar la dirigencia partidista, Rodolfo Echeverría Ruiz uno de los aspirantes que había tomado en serio la convocatoria para participar en la consulta a las bases, se retiró de la competencia al advertir la ausencia de equidad establecida por la XVII Asamblea, visto que los dados estaban cargados a favor de José Antonio González Fernández, amigo del presidente Zedillo.

Todo desembocó en la pugna divisionista que dejó fuera a Roberto Madrazo cuando el presidente operó directamente para que Francisco Labastida Ochoa fuera el candidato a la presidencia en 2000, y perdió la elección ante un político bisoño, dicharachero, el del “hoy, hoy, hoy”, con capacidad para motivar al electorado ofreciéndole la esperanza de cambiar a México, con un discurso que la ciudadanía quería oír. Y en el PRI se escuchó la Segunda Llamada.

alfredobielmav@nullhotmail.com