Sin tacto
Por Sergio González Levet
16 de julio de 2016

 

[Me encantaría poder decir que gracias a lo que escribí en este espacio en las dos entregas más recientes, tanto el secretario de Cultura Rafael Tovar y de Teresa como el alcalde Américo Zúñiga se pusieron las pilas y le ofrecieron un apoyo irrestricto al maestro Abraham Oceransky, con lo que será rescatado su Teatro La Libertad y pronto se ubicará en un lugar más conveniente. Me encantaría… pero más me gusta saber que -sea por el motivo que haya sido y gracias a la sensibilidad de los dos funcionarios mencionados- en Xalapa podremos seguir gozando del talento y la inventiva de este gran director teatral, que tiene reconocimientos nacionales e internacionales. Felicidades a Abraham, y a la gente que le gusta el teatro en Xalapa, que es tanta].

Deduzco por lo que dice el diccionario de la RAE que el sustantivo “vacación” proviene del verbo “vacar”, que es “quedar un empleo sin persona que lo desempeñe”. De ahí mismo proviene otro término, “vacante”, en un sentido similar.

Vacar o vacacionar, dígase como se diga, es algo indispensable para la salud del cuerpo, de la mente y del corazón, entendido este último como el receptáculo de los sentimientos.

Por su tiempo, hay vacaciones cortísimas (la ausencia de un día), cortas (un fin de semana), largas (dos semanas), larguísimas (uno o dos meses) y permanentes (las que gozarán o sufrirán, por ejemplo, muchos funcionarios actuales que ya hacen maletas para dejar sus puestos o hasta el terruño).

Por su distancia, hay vacaciones muy próximas (un picnic en Consolapa, tomar una nieve en Coatepec, ir a Xico a comer mole), cercanas (Chachalacas, Perote, el Puerto de Veracruz), lejanas (algún punto turístico de la República como Cancún, Los Cabos, Puerto Vallarta, Puerto Escondido -si los profes de Oaxaca nos dejan llegar-) o de plano para perderse en la inmensidad (Las Vegas, Miami, New York, Europa, Dubai… algún país que no tenga tratado de extradición con México).

Pero sea como sea, quien vacaciona se da la gran oportunidad de dedicarse por unos días a sí mismo y/o a la familia -si aún la tiene- y regresa con el espíritu desbordado de ánimos para hacer mejor su trabajo; se carga de una nueva energía que permite ver el trabajo cotidiano con otros ojos.

Quien vacaciona y lo hace bien, termina por darse cuenta de que lo mejor es que el descanso se termine, y encuentra un nuevo ánimo para enfrentar al jefe incomprensible, al malhumorado, al workajólico, al paciente, al amado.

Quien toma vacaciones, descansa de los demás, de sus próximos, de sus prójimos, pero también permite que los oros descansen de él.

Bueno, todas ésas intentan ser razones para convencerme y convencer a la sapiente lectora y al candoroso lector de que es bueno que descansemos por una semana los otros y uno, y para invitarlos a ustedes (que son mi razón de ser como periodista) a que regresen conmigo el próximo lunes 25 de julio.

Que la pasen muy bien.

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