Crónicas urgentes
Por Claudia Constantino
06 de julio de 2016

Presenciar la guerra entre el gobernador en funciones Javier Duarte de Ochoa y el gobernador electo Miguel Ángel Yunes Linares parece sugerir que Veracruz es sólo eso: dos personas, y podría olvidarse por un momento que son muchísimos los actores políticos del enstado, y aun fuera de él.

Al leer las cartas que el gobernador electo ha lanzado en los medios nacionales para que el presidente las lea, y todo México por supuesto, salta una duda: si de verdad Miguel Ángel Yunes ignoraba en qué condiciones lo dejarían gobernar, de ganar la elección del 5 de junio. Uno no puede pecar de iluso dudando que tan avezado político sí lo es. Más bien, lo que queda en evidencia es que hoy intenta mejorar las adversas condiciones en las que llega, pero revertir haberse sacado “la rifa del tigre” no se ve fácil. Las victorias pírricas son así. Y él quiso ser gobernador de Veracruz, como fuera.

Al parecer se equivocaron quienes aseguraban que al presidente Enrique Peña Nieto y al gobierno federal les daba lo mismo que el siguiente gobernador veracruzano no fuera priista. Evidentemente, los errores de cálculo han sido infinitos de una y otra parte: del lado de los vencedores y de los vencidos.

Cuando Javier Duarte asegura repetidamente que “la alternancia llegó para quedarse”, está también augurando que la victoria panista-perredista no se repetirá en Veracruz y que tendrán la estafeta de la administración de este estado, sólo por dos años y ni un día más. Para comenzar a demostrar esta profecía autocumplida, se niega a colaborar con el gobernador electo para realizar su plan veracruzano de desarrollo.

Incontables son las figuras políticas que se guardan, y desde ahí se preparan para nuevas contiendas: las que habrán de librarse el próximo año por las alcaldías y el siguiente, de nueva cuenta, por la gubernatura del estado.

Todos se mueven con bajo perfil, pero no se han ido; siguen ahí, esperando el momento. Aunque los más a la vista son los gobernadores con sus dimes y diretes, Veracruz es mucho más que eso y su vida política es vertiginosa; siempre lo ha sido, y por ello los escenarios políticos cambian rápida y continuamente.

Cuando Miguel Ángel Yunes pedía el voto a “los veracruzanos que quieren un cambio”, parecía muy seguro de saber cómo lograrlo. Hoy, ya mudó su actitud y ha comenzado a repartir culpas y esgrimir disculpas. No se tiene que simpatizar con él para desear que alguien finalmente lo ayude a llevar a cabo su proyecto y que así Veracruz no tenga que esperar otros dos años para comenzar a salir del atraso en que lo han sumido.

Se sabe que la inversión en los puertos de Coatzacoalcos y Veracruz será enorme, pero no necesariamente estarán administrados por el gobernador electo. No parece tener muchos aliados, y sus denuncias y reclamos no pasan del show mediático. No le llega ayuda alguna, con todo y la presencia en su plaza de Ricardo Anaya, presidente del PAN, y que el relevo de Agustin Basave, presidente del PRD, pueda ser una nueva ficha, de quien aún se desconoce si algo le puede aportar. Podría ser. A ojo de buen cubero, las voces de sus aliados federales tampoco han logrado nada hasta el momento, que no sea atraer un poco de atención, diciendo que “fueron brutalmente agredidos” en Veracruz.

No hubo eco, y menos respuesta. En el PRD estatal pende una gran lona con la foto de Miguel Ángel Yunes, su salvador. Así que de nada podrían salvar Rogelio Franco y sus huestes al panista, expriista en apuros. ¿Y ahora quién podrá salvarlo? Y, con él, a un estado entero que clama por justicia, seguridad, la reactivación de su economía y un largo etcétera.

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