Sin tacto
Por Sergio González Levet
03 de septiembre de 2016

Llegué temprano al restaurante en donde me había invitado a comer, y sin embargo el Gurú ya estaba sentado en una mesa. Desde la calle alcancé a advertir que se despedía afectuosamente de una persona, a la que ya no pude ver porque se me perdió en lo que yo estacionaba mi vehículo.

Con la conciencia tranquila debido a que había llegado a tiempo, saludé con gusto y emoción al maestro, y él me contestó con una reflexión:

—No cabe duda que hay amistades que siempre serán relaciones peligrosas.

Era evidente que se refería al amigo que acababa de despedir, así que no hice comentario alguno y esperé a que completara sus pensamientos.

—Mira, Salta, es inevitable que en la vida hagamos amigos. Ellos son la fuente de nuestra felicidad, de nuestra manera de ser animales sociales, de nuestra condición de monos gramáticos que nos podemos comunicar y relacionar a través del lenguaje.

Aquí el Gurú dejó que su mirada se perdiera en el vacío de la calle, en la ensoñación, tal vez en el recuerdo. Pasaron uno, dos minutos eternos y regresó con una frase aclaratoria:

—Y sí, hacemos amigos, muchos o pocos, lejanos o cercanos, intensos o ligeros, pero algunos de ellos -también es inevitable- se pueden volver tóxicos, porque en las relaciones humanas se puede caer en la codependencia, como les gusta advertirnos a los psicólogos.

—Ah caray, maestro, ¿no será que me va a ubicar a mí en esa última consideración? —le dije un poco en defensa propia.

—No, cómo crees. La idea me vino por la persona con la que estaba antes de que tú llegaras. Mira, él y yo somos amigos prácticamente desde la infancia, pero como él es un poco menor en edad yo siempre he mantenido una especie de potestad sobre él… una potestad que me ha salido muy cara, por cierto, porque a partir de ella he tenido que irle resolviendo la vida, y a él se le ha hecho muy cómodo que yo le dé muestras permanentes de mi amistad. Por una razón que se pierde en las penumbras del pasado, ha quedado establecido, no sé por qué ni cómo, que tengo la obligación de ayudarlo siempre: conseguirle empleo cuando a menudo lo corren o renuncia, prestarle dinero cuando a menudo no tiene, enderezarle relaciones cuando a menudo tiene conflictos con las personas cercanas a él.

En la cara del pensador se reflejaba una gran desazón, tomó aire y regresó a su rosario:

—Y encima, cuando puede, habla mal de mí. Dice que yo le debo todo cuanto soy (lo muy poco y sencillo que soy), me escamotea mis capacidades, minimiza mis logros. Si yo le doy la mano con algo, por obra y gracia de su prolífica imaginación se revierte el hecho y resulta que él fue el que me ayudó a mí…

El silencio que siguió era denso, casi se podía cortar con un cuchillo. Nunca había visto trastornado al maestro. Pero se recompuso, y dio paso a su conclusión esclarecedora:

—Y me podrás preguntar por qué, si no tengo nunca una respuesta positiva de su parte, si tanto daño me hace, si pongo y pongo sin recibir nada a cambio… humm, por qué sigo dándole mi apoyo. Y es fácil responder: porque lo quiero. Nos conocemos desde niños y lo veo como un hermano, aunque él no tenga el mismo sentimiento hacia mí. Sé que tenemos una relación tóxica, lo reconozco, pero lo veo como una misión que me tocó en la vida.

Aquí se me quedó viendo un buen rato, hasta que una luz brilló en su rostro:

—Por cierto… ¿no sabes de casualidad si alguien quiere contratar a un tipo brillante, aunque no sea muy responsable que digamos?

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