Lenin Torres Antonio
Crónicas Urgentes

El loco, el verdadero hombre mítico

A propósito del dolor de vivir

La legalidad de un Estado democrático tiene que ver con el voto, con el proceso electoral, y sus leyes; pero la legitimidad de un Estado democrático tiene que ver con la escucha atenta a sus ciudadanos, con la corresponsabilidad en la construcción de los espacios públicos, con compartir cierto grado de locura donde lo imposible se haga posible.  Y esa clase de locura siempre habría permitido pasar de la idea a los hechos, a la transformación de nuestro entorno, que paulatinamente fue haciendo habitable éste mundo. Hoy la locura de dos dio paso a la locura individual, donde el otro es anulado, eliminado, porque no existe espacio en nuestra idea de mundo para otro, que alucinantemente pensamos que es un obstáculo para nuestra sobre-vivencia. El mundo ésta en guerra entre ejércitos individuales. El ser de la nada hace su aparición y nos balbucea el fin del mundo del semblante, el rostro de las mil mascaras, desvelando nuestra simplicidad y nuestro cuerpo frágil y nuestra mente pequeña.

Hace un tiempo había escrito, “qué paradójico, habíamos venido pensando que era ese ser alienado, al que llamamos paradigmáticamente “enajenado”, el criminal, era algo que nos era ajeno”, creo que estamos volviendo al momento mítico en que construimos nuestra subjetividad, al momento en que estamos tratando de ordenar nuestros sentido a una nueva realidad, la percepción ordena al objeto, y éste se encuentra en un momento perdido, mítico. Nuestra labor es descubrirlo, y saber que lo que nos sostenía se ha agotado, religión, política, amor, saber, verdad, etc., ¡ha llegado la hora del nacimiento del nuevo hombre¡

Hemos pasado desapercibido que es, precisamente, esa enajenación conducida por el Estado, la familia, la religión y los padres, la que nos salvaba y posibilitaba estar los unos frente a los otros, la que daba sentido a nuestra condición humana, al lazo social, y que el problema del acto criminal tiene que ver, entre otras causas, con la exclusión de ese marco de represión, con ese no sujeto, ese no-ser que posibilita el respeto y al apego a las leyes de convivencia y de inclusión social. Pero como entender ahora que la normalidad ésta de lado de ese hombre criminal, el político, el violento, el psicópata. Cómo entender que la única manera de estar en la normalidad es aceptar ese hombre de la transición, ese hombre que son los dolores de la parturienta antes de dar a luz a un nuevo ser, tiene vigencia decir que todo lo nuevo demanda sangre y dolor, ¡la letra entra con sangre!

Y esas letras por venir sobre la naturaleza humana no crean que están en las cenizas de nuestra civilización, olvídense de Platón, de Kant, de Descartes, etc., los ídolos con pies de barro, incluso nuestro bienaventurado Nietzsche su único crédito fue advertirlo, aunque la locura que le sobrevino le imposibilito continuar. Recorre al mundo un gélido viento de silencio e impotencia, hemos perdido el sentido de pertenencia, ya no nos es suficiente ni la nada. Como dije hace un tiempo, cuando menos la nada era algo.

Cómo cuesta vivir sin la nada, sin los espejismos, sin los mitos, sin otro yo creíble y posible. Como cuesta levantarnos y darnos cuenta que nuestra rutina no tiene el sabor de esas ideologías gloriosas, apocalípticas. Como cuesta hasta decir “te amo”, “creo”, “vivo”, “se”, las sustancias se esparcieron en nuestras guerras de liberación, en nuestra intento de homologar nuestras razas, nuestras culturas, y lo pero nuestras locuras y el sentimiento de la diferencia.

Dudo que nos enorgullezca que alguien se envuelva en una bandera se lance del hasta más alta, que alguien degollé al dictador corrupto, o que alguien le pegue un tiro a diputado pederasta y ladrón, que alguien envenene a un cantante arrogante y narcisista, en fin, lo humano ya no nos sorprende ni nos enorgullece.

Me pregunto que saldrá de ese parto terrenal, cómo seremos, en que creeremos, en fin, como será el nuevo hombre, habrá tiempo para que se consuma su nacimiento, o antes moriremos todos. Lo más seguro es que todos enloquezcamos. Puesto que parecía que era la muerte la que nos completaba, y no es así, es la locura la que nos completa, eliminando al sujeto del signo. El loco es el verdadero hombre mítico.

Esa locura que nos hace construir mundos habitables, particulares y concretos, esa locura que nos hace reír infinitamente, donde no hay dios ni razón, ni tragedia. Esa locura que nos hermana, que nos excluye nos discrimina sin que haya dolor, esa locura sin ideología ni amor, ni odio.

Locura creativa, no esa vulgar y simplona que hace elogio al cuerpo, que nos somete a dioses terrenales. A la locura que me refiero es exceso de sentidos, de percepciones, donde no hay déficit, sólo un plus de todo.

No es la que construye ciudades, sino que hace que cada uno tenga su ciudad y la configure como sea, la destruya sin lamentarse, la ame infinitamente sin amarla.

El nuevo hombre reivindicará la locura.  Hará de ella un altar de la coherencia inocente.

Esperemos esos nuevo tiempos de la inocencia en silencio