Por si acaso…
Por Carlos Jesús Rodríguez
30 de septiembre de 2016

*El monarca ha enloquecido
*El “reino” del nunca jamás

HAY MUCHAS maneras de suicidarse, y todas, sin excepción, suelen ser violentas y afligidas no solo para el que comete el acto, sino para el entorno más cercano. Y es que un suicida no piensa en los demás: ni en su familia, y mucho menos en amistades, aunque no todos los suicidios tienen como fin arrancarse la vida. Los hay, sin embargo, en otros ámbitos, cuando el actor decide –por egoísmo- hacer a un lado las normas establecidas para sumergirse en la corrupción –entendida como todo lo maligno que suele expresar un ser en detrimento propio y de los demás-, actos que más temprano que tarde le provocarán la muerte política y social a él y a su decencia.

HUBO UNA vez un rey que todo lo tuvo: juventud para gobernar y proyectarse; oportunidad de trascender, talento aprendido en la academia y en la universidad de la vida; padrinos dispuestos a hacerlo el mejor monarca, pero se rodeó de rufianes, de personas surgidas del arrabal que – al igual que al “Rey Tonto”- le hicieron torcer el camino a base de adulación. Inexperto en asuntos de Estado, el gobernante puso la procuración de justicia y la seguridad del reino en manos de dos malhechores: uno permanentemente alcoholizado, facineroso que logró colarse a la corte aportando dinero mal habido para afianzar el nombramiento de su “señor”, y el otro, un sujeto frustrado por su origen miserable, y las cosas se salieron de control: algunos “heraldos” comenzaron a ser asesinados, decenas de cuerpos aparecieron en las calles, flotando sobre riachuelos, inhumados clandestinamente, y el caos se apoderó de las ciudades más notables. Los supuestos enemigos fueron perseguidos, encarcelados o echados del reino, y el soberano festejaba a carcajadas las ocurrencias del matrero Sheriff y el impulsivo comisario que, para entonces, ya no escuchaban a nadie.

FUERON TANTOS los crímenes y abusos cometidos en ese tiempo de oscuridad, que la sociedad comenzó a organizarse y exigir la renuncia del gobernante y sus vasallos. Las malas noticias trascendían a otras soberanías, y la imagen del monarca, conocido ya como “El Rey Gordo”, se descomponía. Los abusos se agigantaron: instauración y aumento de impuestos, compra de castillos, joyas, tierras, carruajes, y una vida dispendiosa en un Estado miserable.

ABUNDABA EL licor –como en la antigua Roma-, los abusos, las mujeres y hasta los “efebos”. Se adquirían bienes en otros reinos, y la deuda aumentó desmesuradamente como en tiempos de Juan sin Tierra, el malvado príncipe que, aprovechando la ausencia de su hermano, el Rey Ricardo Corazón de León, uso al Sheriff de Nottingham y a la fuerza pública para acaparar ilegítimamente las riquezas de los nobles que se le oponían en la Inglaterra medieval, y de esa manera aumentar sus caudales engullidos por la ambición. No se tiene memoria de otro caso similar, y el pueblo, dolido, decía que el rey había perdido la razón.

AL SUEGRO, que no era parte de la nobleza, y que había estado en prisión por defraudador, se le concedió título nobiliario y una partida de guardias reales para que lo protegieran y pudiera seguir cometiendo fechorías; a los súbditos más cercanos se les permitió saquear las arcas del feudo y les dotó de “arqueros” para resguardo personal. Y fue en esa confusión que arribaron al territorio hordas de bandidos que disputaron el control de la monarquía, instaurando sus propios impuestos –mediante el cobro de piso-, plagiando a nobles y a otros no tan potentados, y desapareciendo a quienes se oponían a sus antojos. Muchos hombres, mujeres y jóvenes no retornaron al hogar, y al paso del tiempo sus restos han ido apareciendo en fosas clandestinas. El rey, que había perdido por completo el rumbo, se burlaba de los que buscaban a sus familiares secuestrados, y su esposa lo imitaba irreflexivamente.

DE NADA valió que cesara, entonces, al malvado Sheriff alcoholizado, y que colocara en esa vacante a un venerable anciano que nada pudo hacer para controlar los desmanes de aquellos bandidos que ya controlaban el reino. Dormido en su mullido asiento, el longevo fue cesado y en su lugar nombrado un apuesto delfín que como la madrastra de Blanca Nieves, pasaba largas horas frente al espejo cuestionándole quien era el más bonito de ese reino, hasta que la luna aquella respondió que estaba por arribar a esas tierras alguien que derrocaría a su monarca y los desplazaría, incluyendo al apuesto Sheriff.

EL EFEBO, lastimado en su egocentrismo, buscó denostar al personaje que amenazaba a la monarquía cuestionada, e inventó delitos en su contra para impedirle el arribo. Lo acusó de saqueador, pederasta, infiel y de poseer ilegal fortuna, pero el pueblo ya estaba cansado de las atrocidades cometidas por el “Rey Gordo”, y decidió aceptar al sucesor a pesar de todo, porque prometió, entre otras cosas, que llevaría al cadalso al despreciable monarca.

Y ES que fueron tantas las monstruosidades cometidas por el inexperto soberano, que el “Papa”, quien suele ser el máximo emblema de las monarquías, decidió retirarle la “bendición” y dejó en manos del parlamento la suerte del odiado “Rey Gordo” que, para zafarse del mote, se sometió a un sortilegio que le hizo perder la mitad de su voluminoso vientre. Pero con todo y ello, fue derrocado por el pueblo que lo llevó al poder, y el sucesor amenaza llevarlo al patíbulo, algo que ya comienza a aterrorizarlo, a tal grado que ha perdido la mitad del cabello y muchos kilos arriba de lo previsto.

DICEN ALGUNOS súbditos encubiertos que el Rey terminará suicidándose, porque no tendrá el valor de enfrentar la cárcel y el menosprecio de todos, incluida su familia natural y política, a la que embarcó en una aventura que les degrada y cancela en el futuro posiciones en sociedad.

Y ES que el “Rey Gordo” no midió las consecuencias de sus actos, ni pensó en el futuro de los hijos que tendrán que cargar, en lo sucesivo, con un apellido manchado por la corrupción y el crimen. El Monarca ya está muerto, políticamente hablando. La daga de la justicia lo ha exterminado, y aunque sigue “pataleando”, son los estertores de una defunción auto infligida y necesaria para recuperar la tranquilidad de un reino que será difícil gobernar en lo sucesivo. Muerto el Rey, viva el REY. OPINA carjesus30@nullhotmail.com