No se puede cerrar los ojos a la realidad y decir que en Veracruz no hay violencia. Cierto, alguien puede mostrar estadísticas o documentos que muestren que la violencia, de una o de otra manera, siempre ha estado insertada en las sociedades modernas. No obstante, hay factores sociales que han hecho que la violencia se desborde.

Desde hace ya varios años Veracruz se ha convertido en un estado donde los hechos de violencia son el pan de cada día. No hay sitio que quede exento de este fenómeno social. En el norte, Pánuco, las balaceras y peleas entre bandas de delincuentes estuvieron muy al día hace algunos meses. En el centro del estado, sin que se haga mucho ruido, las extorsiones, levantones, secuestros y ejecuciones están a la orden del día. Las balaceras a plena luz del día, como la más reciente en Ciudad Mendoza, es una muestra de la descomposición social que se vive en nuestro estado.

Sin embargo, lo que está pasando en el sur del estado de Veracruz es verdaderamente alarmante. Los levantones y desapariciones que se han reportado con la colaboración de los propios elementos de seguridad es algo que causa escalofríos. Lo que ahora mismo está viviendo Coatzacoalcos, donde la gente está indefensa ante cualquier ataque de los delincuentes es escalofriante.

Hasta hace algunas décadas la policía representaba para las familias de cualquier ciudad, el apoyo al que se podía acudir en caso de ser víctima de algún delito. El servidor público entonces tenía vocación; el policía significa seguridad. Hoy día, cuando se ve pasar una patrulla por el barrio los vecinos ya no saben si saludarlos o salir corriendo. En este caso la máxima de “el que nada debe, nada teme” no aplica. Porque está comprobado que algunos elementos corruptos de la policía van en contra de los que deben y contra de los que no deben.

Veracruz ha vivido en doce años dos gobiernos que se disputan el premio a la corrupción. Fidel Herrera es señalado por los miembros de organizaciones criminales como un sujeto que dejó que las bandas delincuenciales operaran en el estado a cambio de apoyo monetario para su campaña. Si bien Fidel no ha sido juzgado por esos señalamientos, los veracruzanos, quienes padecimos esa etapa de violencia desatada en nuestras calles ya hemos emitido juicio. Pero al mismo tiempo Fidel Herrera, con sus acciones y omisiones fue dejando sin oportunidades a muchos jóvenes que no pudieron labrar un futuro promisorio. El Estado, hay que decirlo, debe crear en su administración oportunidades para que los ciudadanos tengan una mejor vida. El Estado brinda oportunidades, pero el gobierno de Fidel Herrera quitó oportunidades a toda una generación de jóvenes que creció con una rencor hacia la sociedad que los arrinconó, que los dejó con muy pocas alternativas; las bandas delincuenciales son una de esas alternativas.

Después vino el gobierno de Javier Duarte. Cuando pensamos que no podíamos tener un gobernador peor, llega Javier Duarte, un sujeto que nunca gobernó; Duarte ni siquiera pudo gobernar sus apetitos. Desde antes de ser gobernador, siendo secretario de Finanzas, ya estaba saqueando al erario. Relata Alberto Loret de Mola que le vendió una propiedad a Duarte y que Javier le suplicó “que no se vaya a enterar Fidel”. Recientemente nos enteramos de los enjuagues con su socio Moisés Mansur, quien en 2006, siendo todavía Duarte funcionario de Fidel Herrera, ya estaba siendo beneficiario de una cuantiosa herencia. Todo esto nos habla del apetito de un sujeto enfermo de codicia y avaricia que se olvidó de gobernar Veracruz.

Ese olvido en que tuvo al estado perjudicó a otra generación de jóvenes a quienes no se les brindó la oportunidad de un buen trabajo, a quienes se les negó la oportunidad de tener una buena familia, un futuro mejor.

Hoy estamos ante un panorama de violencia y pensamos que esta surge de manera espontánea. No, la violencia tiene sus causas y las causas de la violencia que se vive hoy día en el estado es consecuencia de los malos gobiernos. Estos dos últimos sexenios, que han sido el summum de la corrupción, son más responsables, no sólo por abrir la puerta y vendernos como rameras a las bandas delincuenciales, sino porque también se coludieron, dejando a la ciudadanía en la intemperie.

Y todavía el gobernador Javier Duarte tiene el descaro de decir que deja un estado seguro; por eso, más que por sus raterías, merecería cárcel.

Armando Ortiz                                                                      aortiz52@nullhotmail.com