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Del muro de Magno Garcimarrero

CENICEROS

Francisco el Papa, en uso de su poder sobre la feligresía católica, ha dispuesto imperativamente la prohibición de que, las cenizas resultado de las cremaciones de difuntos, se conserven en casa, enterrados o en urnas o ceniceros funerarios; también que se esparzan en ríos, mar o aire, también que se repartan en “poquitos” entre los familiares y, después de prohibir todo eso, llega al fondo del asunto: sólo se permite depositarlas en los nichos que para el efecto tienen los templos, y los “camposantos”.

Lo que cuidó muy bien de no decir fue que por ese guardado a perpetuidad los templos cobran renta bajo el criterio de que “a como es el sapo es la pedrada”.

En algunos países que no tuvieron un Benito Juárez ni leyes de Reforma y por tal la Iglesia sigue teniendo el negocio de los entierros y les sigue llamando “camposantos” a los cementerios, sigue habiendo una feligresía obediente y sumisa que atenderá la imperiosa disposición papal; en México la democracia y la carta de derechos humanos nos reconoce la garantía de libertad de decisión sobre nuestra vida y sobre nuestra propia muerte, así que aquí el mandato franciscano no opera.


Francisco Papa es más humano y menos santo de lo que creemos; con esta disposición está manipulando el miedo a la muerte que la misma Iglesia nos ha infundido por centurias, con el oculto propósito de sacar ventaja económica.

No podemos dejar de recordar que el manejo de “camposantos” durante siglos fue de los templos que de acuerdo al pago les apartaban lugar más o menos cerca del altar a los grandes personajes o en el atrio a los de menos categoría; los reyes, y papas, al pie del ara y con sepulcros de mármol; al pueblo común los atrios y camposantos consagrados; a los suicidas se les negaba el entierro en “sagrado” y se les decomisaban todos sus bienes en beneficio de la Iglesia.

No podemos volver a eso. “El que olvida la historia está condenado a repetirla”.