José Antonio Flores Vargas
Palabras Claras

Publicado 21/10/2016

De la mano del entonces gobernador Fidel Herrera Beltrán, a mediados del 2007, llegó a la aldea Alberto Silva Ramos, un político tuxpeño avecindado en la Ciudad de México, que de inmediato hizo saber al que deseara escucharlo, que era él quien desde años atrás, elaboraba los discursos, propuestas y pronunciamientos políticos del mandatario veracruzano.

Comentaba también que había laborado en la Secretaría de Gobernación, y que a su corta edad, ya contaba con dos libros sobre cuestiones políticas, publicados por importantes instituciones. Mucha gente vio en ese hombre de luces, a una combinación entre Jesús Reyes Heroles, John F. Kennedy, Córdoba Montoya y Fidel Castro, de quien, por cierto, decía ser un recalcitrante seguidor.

Por si faltara poco, y según las damas y algunos inseguros caballeros, Beto, como le gustaba que le dijeran, era un tipo alto, elegante y fino, que destacaba desde que hacía su aparición por la puerta.

En su presentación ante la sociedad local, no hizo comentario alguno de que hablara otros idiomas. La gente tomó ese noble gesto, como un exceso de modestia y fino detalle para no disminuir a su políglota jefe.

Su llegada confirmó plenamente la expectación provocada por los admirados comentarios de Javier Duarte (compadre por bautizo), Jorge Carvallo y Erick Lagos. En efecto, había llegado un verdadero cisne al lago de los sueños del reino fidelista.

Por eso, cuando Alberto hizo su debut en las oficinas de Banobras, ante varios funcionarios y alcaldes que gestionaban financiamientos con el entonces delegado Eugenio Orestes Pérez Cruz, su presencia cortó el aire, su carisma pasmó a todos y parsimonioso, soltó algunas breves y sustanciosas ideas de cómo era que debían hacerse las cosas, si en verdad se pretendía un cambio de rumbo.

El aura de Alberto, remontó a los ahí presentes, a una reunión de consejo en el Club de Industriales, sentados con gente como Alemán, Slim y Servitje. Ese era su nivel y el nivel que él les regalaba a los pobres veracruzanos que no habían podido salir del rancho grande.

Así, llegó a subsecretario breve, a diputado de un ratito, pero ojo, las interrupciones se debían a que su brillantez era reclamada en otros lugares a punto de derrumbarse.

Con un costo alto como él lo ameritaba, se hizo de la silla municipal de Tuxpan, donde los fondos estatales que le mandó su compadre el gobernador Duarte, casi convirtieron a esa ciudad en la hermana envidiada de Monterrey, o de Guadalajara, donde por cierto, encontró a unos empresarios, familiares de un director chiva de futbol, para modernizar el alumbrado público de la urbe huasteca.

Gracias a esa prioritaria necesidad, Tuxpan pudo inscribirse en la lista de los municipios más endeudados del país. Su elegante firma signó los contratos para una cómoda deuda de tan sólo 30 años y 328 millones de pesos en su feliz gestión, que abandonó para ir a salvar la SEDESOL estatal. Desde luego, unas semanas antes de irse, liquidó los trabajos de la empresa que modernizó a los ahora alumbrados y agradecidos tuxpeños.

Cuando Marcelo Montiel acabó en julio de 2013 el presupuesto anual de esa dependencia estatal, llegó a salvarla la inteligencia de Beto y sus brillantes estrategas. Sólo pudo firmar unos contratos que Vicente Benítez urgía. Eran para unas entregas simbólicas de bienes invisibles.

Con cero obras y discurso suficiente, se presentó a su primera comparecencia en el Congreso, sin documento de comparecencia. Para marcar distancia de todos los secretarios habidos y por haber, compartió con Veracruz, su discurso más memorable, ante un auditorio repleto de aplaudidores que ya lo soñaban gobernador.

En el Congreso, ese diciembre Beto habló de la igualdad, de la pobreza de la clase proletaria y se sintió un auténtico Fidel Castro, cuando expresó: “En Veracruz cambiarán las cosas cuando hagamos lo que Carlos Marx dijo hace tiempo: “Nadie tendrá derecho a lo superfluo, mientras alguien carezca de lo estricto”.

Como antes, aquí Beto también enseñó el cobre. De él se rieron los líderes de Antorcha Campesina, admiradores de Salvador Díaz Mirón, a quien le dedicaron un albergue juvenil junto al Tecnológico de Xalapa. Díaz Mirón fue quien escribió esos versos en su poema Asonancias publicado en el año de 1885, y no Marx.

Después se fue a Comunicación Social, abandonando SEDESOL y su ansia gubernativa. De su ingrata labor con los periodistas, se recuerda su incompetencia y su exhibición por Animal Político, debido a 45 contratos de su paso por SEDESOL, firmados con empresas fantasma, involucrando a parte de su equipo que arrastra desde Tuxpan.

También se recuerda su petición de finiquito ante SEFIPLAN por el medio año que estuvo combatiendo la pobreza.

Alberto Silva juega mal al póker, aunque sabe bien lo que es “blofear”. Pudiera ser un arte, pero jamás una virtud. Y tiene efectos perentorios. Sus dos famosos libros no aparecen por ningún lado, y demostró desconocer la obra académica y política de Reyes Heroles. Tampoco es cisne ni pavo real, aunque quizá sí sea otro tipo de ave, de manchado plumaje de pantanos tuxpeños. Y tiene una sola característica: es el hombre del bluff.

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