Entre Columnas
Por Martín Quitano Martínez
11 de octubre de 2016

Los legisladores deben ser tan imparciales, tan impasibles como las leyes;

 los legisladores no deben dejar en su obra las huellas detestables de sus pasiones.

José Joaquín de Olmedo.

El sufrimiento veracruzano es profundo, cala, desespera e indigna, el miedo es un fantasma que recorre nuestro estado desangrado, la realidad veracruzana dolorosa es esa que se busca esconder tras los tuits que anuncian la forma de comunicación del que no quiere saber ni decir más, que se olvida y escuda tras la sonrisa cínica y mentirosa del decir que estamos mejor que nunca.

Nadie o casi nadie de los responsables se asoma a los escenarios que antes con tanto ahínco reclamaban de primera fila, sabedores de su impudicia reptan en los escondrijos que afanosamente encuentran, detrás de curules o en residencias pertrechadas, en oficinas abandonadas sin presencia y sin acción.

El barco de la fidelidad naufraga, su viejo capitán fue el primero en abandonarlo, el grumete encargado perforó profundo la corteza del poderoso navío que a fuerza de incapacidades y corrupción pagó los costos; su tripulación abyecta y ruin busca los salvavidas en el cobijo de la impunidad y oscuridad de la larga y aciaga noche que nos ha tocado vivir.

En su huida queman y saquean, lastiman y matan, quieren asesinar incluso a la esperanza, su paso por nuestro estado ha significado la descomposición mayor del ejercicio público, marcó el rompimiento de mucho de nuestro entramado social y canceló considerablemente las posibilidades en el corto plazo de un futuro mejor.

Los daños son mayores, en el río revuelto de 12 años de locura administrativa y política se contaminaron caminos de quehacer público y vida social y por ello los retos para la regeneración son de vara muy alta y requieren actores políticos que reconozcan claramente los pesares y debilidades de nuestra vida pública.

Tiene que quedar muy claro que nunca como ahora es necesario dialogar enmedio de las diferencias para reconstruir, para buscar las coincidencias que nos permitan superar desde el inicio las perspectivas monocromáticas y parciales y encauzar los acuerdos urgentes para salvar la crisis.

Las visiones irreductibles deben guardarse para dar paso a la deliberación; las diferencias legítimas y valiosas deben servir para enriquecer el debate, para nutrirlo de propuestas, rebasando la descalificación, el vituperio y los intereses facciosos, privilegiando por el momento la definición de respuestas a los problemas existentes.

El 5 de noviembre llega un nuevo grupo de diputados al legislativo, las urnas dieron una composición sin mayorías que obliga a los acuerdos y es en esos momentos cuando veremos el comportamiento de un poder en el que sus integrantes deben abrirse y trabajar con altura de miras para unirse en un causa urgente y común: rescatar Veracruz, hacerlo flotar y seguir adelante, anteponiendo el bien común, el interés público y la ley a los intereses de grupo o los cálculos de la próxima elección. ¿Serán capaces de lograrlo?

No es fácil dejar de reconocer la desconfianza que inspira el comportamiento político tradicional que ha hecho de la política el espacio de la corrupción por excelencia, sin embargo debemos asumir que es posible hacer de forma distinta la política y perfilar nuevos políticos. La demanda es básica y compleja: pónganse de acuerdo y dennos, con su quehacer responsable, la oportunidad de definir el rumbo que nos permita creer que podemos vivir mejor y en paz.

DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA   

Falta menos, 50 y restando.

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