Entre Columnas
Por Martín Quitano Martínez
18 de octubre de 2016

Con el ruido de la guerra no oigo el de las leyes.

Cayo Mario.

Político y militar romano.157-86 a.C

Hay un ruido ensordecedor. Estamos viviendo el excesivamente amplio impasse de espera entre las votaciones y la toma de protesta, nunca antes tan sentidamente largo, entre demasiado ruido.

Después de que el hartazgo y agotamiento social definieran el triunfo de la alternancia en la gubernatura de Veracruz para romper el control de más de 80 años de un solo partido en el gobierno, se ha generado un clima de estridencia política fuera de lo común. Era de esperarse que fuera un trance difícil dejar el poder para el grupo gobernante, pero lo que está sucediendo en Veracruz es por demás excesivo. Son las características de ambos protagonistas las que alimentan el volumen y lo abigarrado de las descalificaciones, pero hoy por hoy los ruidos acallan la posibilidad del diálogo, enervando y preocupando a amplios sectores sociales.

La turbulencia que conlleva la derrota y la puesta en jaque mate de la continuidad del ejercicio público del grupo dominante principalmente en los aciagos últimos años de nuestra historia local, muestran nuestra poca calidad democrática y la profundidad de la descomposición; los señalamientos de corrupción que llenan los espacios de medios de comunicación además del murmullo de millones de veracruzanos generan un ambiente vituperante que escala hasta volverse dominante y catártico, respaldado en el cansancio de la impunidad y el cinismo que han hecho de la política y del ejercicio público la referencia general de la impudicia.

Ahora mismo se discute si el gobernador electo tomará posesión o no de su encargo el 1° de diciembre próximo, en un debate sujeto de la expectativa social y la incertidumbre, de tono y volumen demasiado alto, ante los señalamientos de enriquecimiento que le han sido denunciados. Podría reenfocarse la discusión sin que se abandonen las líneas de investigación de las autoridades judiciales, pero esto no abonaría al griterío que a muchos les es preciso.

El gobernador con licencia, brabucón personaje que extendió y ahondó la estela maligna del gran corruptor de la fidelidad, llevándonos a esta penosa situación, parece que hoy mismo ya cuenta con la primer orden de aprehensión, contradiciendo su perorata de honestidad y ejercicio público inmaculado, faltando aún el desahogo de otras denuncias en curso.

El monto de esta denuncia son 500 millones de pesos, poco más del 1% del monto del desfalco, del quebranto financiero calculado para el erario veracruzano, derivado de sus actividades faraónicas y el manejo discrecional y patrimonialista aprovechado por su padrino, él y sus cortes que miserablemente y sin escrúpulo alguno saquearon a la entidad.

La exigencia en la aplicación de la justicia no puede soslayarse ni negociarse y debe aplicarse para todos los que delincan, sin embargo Veracruz requiere atemperar su agitada vida, son muchos y profundos los problemas como para que la gritería impida acercar y escuchar las propuestas que brinden las soluciones que se necesitan, el beneficio del desorden sólo favorece a quienes se pertrechan en él para ocultarse e intentar garantizar no ser sancionados; ubicar en otros frentes el desarrollo de los debates necesarios sacaría del monotema la discusión pública estatal.

Faltan un poco más de 35 días para asumir el reto de la alternancia, de que se vuelva realidad el esperado cambio para concretar escenarios de credibilidad y confianza, en donde todos tenemos la responsabilidad y obligación de aportar algo bueno y algo nuevo.

No es propaganda, no es por beneficiar a alguien en particular sino porque para ello hemos votado mayoritariamente por un cambio y porque nos merecemos un presente y un futuro mejor todos los veracruzanos, en ello todos los actores políticos tendrán responsabilidad y no dispondrán de mucho tiempo ni holgura para cumplirle a una sociedad harta de los insolencias que todos conocemos.

DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

Disyuntiva de la LXlll Legislatura: Desaforar a Duarte y dar paso a la ley o llegar hasta el final con su abyecta e indigna conducta.

                                                                                                    

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