CAMALEÓN

“Veo al rey, sin embargo no veo su majestad”, decían no pocos cortesanos durante el reinado de Enrique IV, iniciador de la dinastía de los Borbones en la Francia de fines del siglo XVI y principios del XVII. Con esa frase aludían a un rey que no lo parecía debido a su actitud en la corte, simple y sencilla, alejado del boato y la cortesanía, autentico, sin simulaciones, actitud diametralmente opuesta de quienes asumen el Poder y se revisten de soberbia, se marean, pierden piso.

¿Para qué se aspira al Poder? El Poder sirve para alcanzarle beneficios a la población; el Poder se usa para orientar el destino colectivo hacia mejores condiciones de vida; el Poder auxilia para determinar el destino superior de los pueblos; el Poder contribuye a que un individuo gane un lugar en la historia de sus contemporáneos; esta es una visión respecto a la oportunidad de un líder social para contribuir al bien común. Existe otra versión: el Poder ofrece la oportunidad para lograr el beneficio personal y familiar; el Poder se utiliza para disfrutar las canonjías que consigue; el Poder favorece al enriquecimiento insospechado. ¿Cuál de estas concepciones, dos visiones, sobre el Poder correspondería a los gobiernos de Fidel Herrera y de Javier Duarte de Ochoa?

No es ociosa la interrogante: ¿El Poder es gozo o sacrificio? ¿O ambos sentimientos a la vez? Si se adopta la concepción sobre que el poder es sacrificio y gozo asistiríamos a la más sublime de las ideas sobre la política y la oportunidad de servir. Es sacrificio porque agobia la preocupación de no cumplirle a la comunidad lo que ésta espera del gobernante; es gozo después de ver cumplida la responsabilidad con cabal honestidad y altura de miras. Lo contrario ocurre cuando se atiende al concepto de que el poder es la satisfacción de mandar, de convertir al amigo en socio y siervo a la vez; de utilizar el recurso público para beneficio de grupo, personal y familiar; de sucumbir ante la arrogancia y la soberbia solo por sentir el transitorio soplo del poder.

El penúltimo informe de gobierno de Duarte de Ochoa, se significó por reiterar que “Veracruz ya cambió”, la usanza de antaño contabilizaba los aplausos que recibía de los diputados al Congreso de la Unión el presidente de la república cada vez que estratégicamente pronunciaba una frase que buscaba ese aliento; así ocurrió en el quinto informe de referencia cuando el “ya cambió” se pronunciaba acudiendo al automatismo irracional de la masa porque en realidad la locución no es sustantiva, carece de soporte en la realidad y los allí presentes lo sabían, ya que si Veracruz cambió lamentablemente no ha sido para bien.

No es extraño escuchar de un gobernante afirmar que se siente satisfecho por la labor cumplida, casualmente Javier Duarte de Ochoa no es la excepción y así lo ha expresado; aunque subjetivamente le asiste el derecho para aseverarlo el gobernado también lo tiene para disentir cuando el dicho no se corresponde con la realidad objetiva de Veracruz. Esta es la opinión generalizada de los veracruzanos de clase media, de los industriales, de los prestadores de servicios turísticos, de los agricultores, de los ganaderos, de familias atenazadas por el dolor al ser querido ausente, una visión que no se corresponde con la de Duarte de Ochoa a cuya administración se otorgan graves calificativos.

¿Cómo asignar calificación aprobatoria a quienes están en el vértice de un señalamiento público por fuertes tintes de corrupción? Nunca como ahora se había producido un divorcio tan conflictivo entre la clase política en el poder y la población gobernada; el reproche camina por todo Veracruz porque doce años de estancamiento han perjudicado el destino de más de ocho millones de seres humanos a quienes se negó la esperanza de un Veracruz en paz y tranquilidad ¿cómo es posible sentirse satisfecho?

A cada quien lo que le corresponde, seis años de Fidel Herrera Beltrán en el poder veracruzano sirvieron para burlarse de una población ávida de beneficios nunca alcanzados; engaños y mentiras comprobadas señalan una forma de gobernar absurda y perniciosa. “No pensé que Javier hiciera lo que hizo”, declaró Fidel Herrera, cuando lo que hizo fue apegarse magistralmente a los motivos que lo impulsaron al poder: cubrir los desatinos y corruptelas del gobierno precedente.

En Veracruz para nadie es un secreto que muchos de quienes ahora gobiernan llegaron en 2004 sin más recurso que atenerse a Fidel Herrera, y doce años más tarde lucen como potentados. En la memoria colectiva del veracruzano la interrogante escarba ¿dónde están los miles de millones de pesos de origen fiscal que este gobierno ha manejado? ¿Por qué empresas con socios fantasmas se convierten en proveedoras millonarias del gobierno? ¿Cuál ha sido el destino de cientos de millones de pesos remitidos a los municipios en permanente reclamo porque no los reciben? ¿Dónde el dinero para los hospitales? ¿Y qué de los miles de millones de pesos gastados en un túnel sumergido sin que este se concluya? ¿Y los cientos de millones de pesos gastados en la Torre Pediátrica cuyos últimos pisos quizá tengan que ser demolidos? Hay muchísimas interrogantes sin respuestas.

En última instancia ¿qué significa el Poder sin la Gloria de haber servido a quienes confiaron? Resultaría interesante desentrañar cómo concibe el Poder el actual gobernante veracruzano, aunque como dijera Juan Gabriel “Lo que se ve no se juzga”. Al final queda la frase de Enrique IV, Rey de Francia, el iniciador de la dinastía borbónica (cuya biografía debiera leer quien imaginó una dinastía transexenal para Veracruz): “arruinar al pueblo es destruirse con la propia mano”.

alfredobielmav@nullhotmail.com

8- Octubre- 2016.