No es deseable el tránsito de ser gobernador a convertirse en un prófugo de la justicia, y por añadidura en el malo de la película ante una sociedad defraudada porque no se le cumplió lo ofrecido, ni íbamos bien ni llegó lo mejor, sino todo lo contrario. Javier Duarte de Ochoa pasó en el corto lapso de seis años de ser la promesa del “nuevo PRI” a la bochornosa expulsión de las filas de ese partido; de un gobernador que solicitó licencia para “limpiar mi nombre y el de mi familia” a la lamentable condición de prófugo de la justicia. Nada hay en el escenario que lo exculpe, tampoco sus amigos o cómplices alzan la voz para defenderlo, es un fugitivo social al que la ley reclama. Triste transitar de la opulencia añorada, que al final fue la causa de su defenestración, al cadalso en el que todos quisieran verlo.