Rúbrica
Por Aurelio Contreras Moreno
13 de octubre de 2016

Quienes conocen la manera de proceder de Javier Duarte de Ochoa, saben que difícilmente da “paso sin huarache”. Esto es, suele haber un cálculo –perverso- en sus movimientos.

Por eso el anuncio hecho la mañana de este miércoles 12 de octubre en el noticiero de Carlos Loret de Mola sobre su solicitud de licencia como gobernador de Veracruz evidencia una estrategia detrás, en su búsqueda desesperada por evitar pisar la cárcel.

No es gratuito que haya escogido este espacio para hacer su anuncio. Televisa llevaba meses tundiéndolo por algunas cuantas de las atrocidades de su gobierno, lo cual tampoco era casual. Luego de la derrota del PRI en las elecciones del pasado 5 de junio en la entidad, había “línea” para, ahora sí, destacar lo que se calló y toleró al duartismo durante todo el sexenio.

La imagen de corrupción absoluta y de total incompetencia para gobernar de su administración, sumada a la violencia desmedida que priva en la entidad por la colusión de las fuerzas de seguridad con el crimen organizado, convirtieron a Javier Duarte en un pesado lastre para el gobierno de Enrique Peña Nieto y para el Partido Revolucionario Institucional, por lo que se tomó la decisión de abandonarlo y deslindarse de él antes de que el daño político-electoral –que es lo que en realidad les importa- fuera aún mayor.

Javier Duarte era insostenible desde hace mucho. A pesar de eso, se resistió a ser defenestrado y buscó mantenerse al frente del gobierno estatal el mayor tiempo que le fuera posible, con el objetivo de mantener el control administrativo, ganar tiempo, destruir evidencia y hacer todo lo que estuviera en sus manos para dinamitar al próximo gobierno.

Por eso el “timing” y las formas de su solicitud de licencia para “enfrentar” las denuncias que existen en su contra generan suspicacia. Duarte de Ochoa no se caracteriza por aceptar sus errores ni por ser humilde. Y así se mantuvo durante su aparición en el noticiero matutino de Televisa. Aunque visiblemente alterado –al referirse a Miguel Ángel Yunes Linares los ojos se le desorbitaban de ira-, el todavía gobernador de Veracruz se veía retador, dispuesto incluso a lo que jamás estuvo dispuesto antes: a debatir públicamente con su adversario. Demasiado tarde.

¿Negoció algo Javier Duarte para decidirse a dar el paso de soltar las amarras del poder antes de la conclusión de su periodo constitucional el próximo 30 de noviembre? Muy probablemente. Conociéndolo, no pudo haber sido de otra  manera. En los días por venir lo tendremos claro. Por lo pronto, trascendió que el martes por la noche se reunió con el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, en la Ciudad de México.

Es por esas razones que no hay demasiados motivos para celebrar y alegrarse por su separación del cargo. Con todo y las múltiples denuncias que existen en su contra y de sus colaboradores, nada garantiza que se vaya a hacer justicia y se les llame a cuentas. La impunidad sigue siendo la divisa de supervivencia del sistema.

Sólo que si el Gobierno Federal no procede en contra suya y de sus cómplices, si no toma medidas urgentes para restablecer la gobernabilidad en Veracruz, tendrá la misma responsabilidad que los fide-duartistas depredadores en este desastre. Y por ende, que se despidan del poder en 2018.

Javier Duarte emprende la huida dejando atrás un Veracruz destrozado, hundido en la inseguridad y la quiebra económica. Que se largue dejando el estado hecho un tiradero no soluciona absolutamente nada. Al contrario, agravia aún más con su monumental cinismo, del cual todavía se dio el lujo de hacer gala al declarar, en su mensaje de “despedida”, que gobernar a la entidad “ha sido un privilegio y el más alto honor de mi vida”.

La pesadilla para Veracruz no ha terminado.

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