CAMALEÓN

En la historia del hombre no existe constancia de movimientos sociales cuyos efectos inmediatos conozca la generación que los impulsa, de hecho, inmersa en los acontecimientos la sociedad no alcanza la suficiente perspectiva para dilucidar la metamorfosis social ante sus ojos, el árbol cubre al bosque cuando la visión es muy inmediata. Tal vez por ese fenómeno aún no nos percatamos cabalmente de la transformación que experimenta el Sistema Político Mexicano, así como del comportamiento del ciudadano ante la clase gobernante.

Viendo en retrospectiva podremos concluir que en las dos últimas décadas, al igual que las crisis económicas con las que hemos estado obligados a convivir desde la década de los ochenta del siglo XX, los procesos político-electorales han sido una constante en la vida del mexicano, de aquellos y de los actuales tiempos. Poca memoria debe tener quien no recuerda la intensa participación ciudadana de la década de los noventa, tiempos finiseculares en los que la presión social obligó a legislar en materia electoral para arrebatarle al gobierno la organización de las elecciones y la calificación de sus resultados. (Acaso también pasa por alto que el Sistema Nacional Anticorrupción aprobado semanas atrás encuentra raíces en la exigencia de más de 600 mil firmas ciudadanas).

Así devino el hecho histórico en que un partido ajeno al PRI en 1997 gobernaría el Distrito Federal; y que el IFE, creado después de la masiva expresión de rechazo en la elección de 1988 fue evolucionando para otorgar crédito y confianza en los resultados electorales. Obviamente, la secuencia que llevó a la alternancia en 2000 no es lineal sino multifactorial, pues aparte de los procesos electorales influyó y mucho la decisión del presidente Ernesto Zedillo para acondicionar su sucesión, si fue traidor al PRI es expediente paralelo a la corriente histórica que desembocó en la derrota priista y el acceso al poder de un ciudadano postulado por el PAN.

Uno de los efectos de la alternancia impactó determinantemente en las sucesiones de gobierno estaduales, pues al menos en las gobernadas por el PRI que sumaban 19 los gobernadores se convirtieron en “fiel de la balanza sucesoria, ya no dependían del eje rector presidencial y pudieron escoger sucesores a modo, acá en Veracruz ese fenómeno lo vivimos en 2004 y en 2010. Del absolutismo presidencial transcurrimos hacia un mini virreinato de perfil priista; así sucedió, aunque con diferentes propósitos, cuando Alemán Velasco decidió por Fidel Herrera y cuando éste apostó por Duarte de Ochoa.

No todo es cambio, también debemos referirnos a rémoras que resisten a la evolución; mientras unos empujan hacia adelante otros jalan hacia el statu quo. Teóricamente es cierto que la alternancia contribuye a la transición siempre bajo riesgos latentes de una restauración. Durante la primera mitad de su gobierno a Fidel Herrera lo mantuvo en jaque una Legislatura antagonista a cuyos integrantes se sometió a tenaz cabildeo para comprar su voto y no pocos sucumbieron a la tentación del dinero fácil; aquella fue una experiencia lo más cercano a la cohabitación entre poderes, pero el tesoro público se utilizó sin límites para corromper a dirigentes del PAN y del PRD, así se dio al traste con el episodio más próximo a una auténtica división de poderes.

Con Duarte de Ochoa no hubo problemas en el resultado electoral; si bien Fidel ganó con poco más de 25 mil votos, Duarte aventajó a su opositor con cerca de 80 mil sufragios; en tal resultado nada tuvo que ver ni la “simpatía” ni la destreza del candidato priista, esa cuenta se carga a las maniobras de Fidel como gobernador y a una cantidad indeterminada de recurso público destinada a comprar voluntades priistas, perredistas y panistas, todo lo comprable. En ese contexto las dos Legislaturas del periodo 2010-2016 operaron con amplia ventaja priista, más sus adláteres, sufrimos la experiencia de un Congreso postrado a la voluntad del gobernador en actitud oprobiosa fue servil la mansedumbre de los diputados ante los dictados del ejecutivo.

Pero ¿y el Poder Judicial? Con Duarte, durante seis años ha estado al frente de este Poder el magistrado Alberto Sosa Hernández; la normatividad actual otorga verdadera autonomía a este Poder, tal como la tiene el Legislativo, pero es sensible la diferencia de actitudes, no existe comparación entre la plasticidad de los diputados priistas y satélites que los acompañan con la sobriedad mostrada en el Poder Judicial; menos por los reveses sufridos por la actual legislatura debido a su torpeza legislativa y aprobación indiscriminada. La autonomía presupuestaria conseguida por el Poder Judicial abona aún más a su independencia, que habrá de aprovecharse para acelerar la implementación del nuevo procedimiento de justicia en base a los Juicios Orales.

La integración de los tres Poderes deviene de procesos por votación: en el Legislativo y el Ejecutivo participa la voluntad General, en el Judicial la elección es entre Pares, tan democrática que el Presidente en funciones carece de voto. Queda para la reflexión el teorema que se formula: si todo depende de una elección y el comportamiento del elegido una vez en el desempeño es cuestionable ¿en dónde radica la diferencia: en el individuo o en la función?

alfredobielmav@nullhotmail.com

1-Octubre-2016.