Por si acaso…
Por Carlos Jesús Rodríguez
19 de octubre de 2016

*Veracruz exige un estadista
*Se debe gobernar sin odios

EN SU libro “Mirabeau o el político” escrito en 1927, José Ortega y Gasset clasifica a los gobernantes en estadistas, inescrupulosos y pusilánimes, pero deja en claro que el “hombre de Estado” debe tener “virtudes magnánimas” y carecer de las “pusilánimes”. El conde de Mirabeau -Honoré Gabriel Riquet- es considerado por el filósofo, ensayista español y principal exponente de la teoría del perspectivismo y de la razón vital, como el prototipo del político, aunque advierte que un arquetipo (lo que es) no debe ser confundido con un ideal (lo que debe ser), porque la confusión entre arquetipo e ideal llevaría a pensar que el político, además de buen estadista, debe ser virtuoso, lo cual constituye un equívoco. Tampoco debe confundirse a un político y un intelectual, pues mientras el político “se ocupa”, el intelectual “se preocupa”, pero se viene al mundo a hacer política o a elaborar definiciones, pero no ambas cosas, porque la política es clara en lo que hace y lo que consigue, pero contradictoria en su definición.

EL INDIVIDUO con una misión creadora, el “magnánimo”, es radicalmente distinto del individuo sin misión creadora, el “pusilánime”, y virtudes convencionales como la honradez, la veracidad, los escrúpulos no son típicas de este último que suele ser propenso a ciertos vicios como la desfachatez, la hipocresía o la venalidad. Por lo tanto, dice Ortega y Gasset, no se debe medir al gran hombre político por la escala de las virtudes usuales, porque la grandeza viene, inevitablemente, acompañada de sus propias miserias.

EN VERACRUZ se están viviendo tiempos inéditos que dejarán huella. Un gobernante que nunca fue ni estadista, ni escrupuloso, ni magnánimo –sino invento de un inescrupuloso-, huye tras hundir a su Estado en inseguridad y pobreza; otro político electo que teme no llegar al poder atajado por su propio temperamento que lo induce a lanzar golpes no solo al norte, sur, este y oeste sino al mismo cielo al que amenaza “cimbrar”, parece desgastarse en supuestos, mientras que un gobernante magnánimo busca darle rumbo al Estado trayendo a quienes garantizan seguridad social y económica, pero la ausencia de verdaderos estadistas busca atajarlo y regatearle el voto de confianza que su esfuerzo merecería.

TAL PARECE que en esa guerra mediática a nadie interesa que se salve Veracruz, y en ese tenor se filtran audios tratando de comprometer al Gobernante en turno con personajes de izquierda –que son sus amigos de toda la vida, con quienes dialoga, bromea e intercambia puntos de vista-, haciendo creer que los financia. Según Ortega y Gasset, normalmente ocurre al estadista ser incomprendido porque se ocupa con las cuestiones de largo plazo y toma decisiones impopulares a corto plazo, en tanto que la mayoría de los políticos se preocupa de los resultados inmediatos de sus acciones y exige que todos le crean. El individuo con una misión creadora, el magnánimo, es radicalmente distinto del individuo sin misión creadora, en este caso el pusilánime. Virtudes convencionales como la honradez, la veracidad, los escrúpulos no son típicas del político que suele ser propenso a ciertos vicios como la desfachatez, la hipocresía o la venalidad. Por lo tanto, no se debe medir al gran hombre político por la escala de las virtudes usuales, porque la grandeza viene, inevitablemente, acompañada de sus propias miserias.

DE RÍOS Alvarado se ha dicho que facilitó un helicóptero para que huyera el Gobernante desaforado por sus excesos; que le ha dado facilidades de conservar su guardia personal y hasta vehículos oficiales, pero eso establece la ley en favor de los ex gobernantes. Arrebatarle todo, solo por capricho, sería ir contra las normas, así el gobernante con licencia sea lo peor que ha dado Veracruz. Y Ríos dice que bastaría con que las instancias correspondientes investiguen los dichos del Gobernante Electo para demostrar que no hay nada oculto, y en ese tenor, al parecer, este último ya no busca quien se la hizo sino quien se la pague

TAL VEZ, el Gobernante Electo debería entender que ya no está en campaña, que los tiempos de la “camorra” (entiéndase como riña o discusión violenta entre dos o más personas, y no como la organización clandestina de criminales que intenta conseguir el monopolio de sus actividades delictivas en una zona) ya concluyeron, y que debe dejar que emerja el estadista, aun cuando se trate del Conde de Mirabeau que fue en su juventud venal, mentiroso, cínico, inescrupuloso, aunque eso no le impidió ser, según Ortega y Gasset, uno de los grandes políticos de la historia por su visión política certera, elemento que distingue al estadista del simple gobernante, esto debido a su intuición y habilidad de unir intereses contrarios y por su perspectiva política central, que es la de hacer del Estado un instrumento al servicio de la Nación.

EL CALIFICATIVO “Estadista” engloba o comprende a las personas que están por encima de las divisiones partidarias y de los sectores, en inquieta y creativa búsqueda del bien común y asumiendo plenamente sus propias responsabilidades. En ese sentido, el historiador y politólogo francés, René Rémond explica en su libro: ¿Es razonable la política? (¿La politique est-elle intelligible?) las cualidades más nobles de Charles de Gaulle, el más notable Presidente que ha tenido Francia y una de las figuras más influyentes en la historia del proceso de construcción de la Unión Europea.

DICE QUE de Gaulle, también, osciló entre la aspiración a la unanimidad nacional y la obligación de ser el Jefe de una fracción enfrentada a otra, pero solo los políticos que tienen talla de hombres de Estado, conocen por cierto esa ambivalencia. Para el político común todo es simple, pues él no se plantea tantos interrogantes.

VERACRUZ, EN los momentos que atraviesa –inseguridad, ausencia de recursos económicos, división y rencor social- necesita un estadista; alguien que anteponga el bien común a los intereses personales o de grupo, y Miguel Ángel Yunes Linares tiene la oportunidad de serlo, siempre y cuando haga a un lado viejos rencores y se acomode a los tiempos que le han tocado vivir. No hacerlo sería llevar al Estado a confrontaciones que nadie necesita. Es la ley, la que de ahora en adelante dirá la última palabra, y a ella debe atenerse, y no dejarse guiar por la bilis que sólo intoxica el alma y transforma el razonamiento. Ojalá lo entienda. OPINA carjesus30@nullhotmail.com