Por Luis Daniel Lagunes Marín
09 de noviembre de 2016

Hace algunas semanas nos enteramos de que, contra todos los pronósticos, la población de Inglaterra había votado a favor en un plebiscito donde se les preguntaba si deseaban que su país saliera de la Unión Europea, el llamado “Brexit”. La campaña a favor del Brexit fue xenófoba, achacaba todos los males a la migración y enaltecía un supuesto pasado glorioso aludiendo siempre a valores nacionalistas. Poco después en Colombia vino la votación por los acuerdos de Paz entre el Estado Colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), donde todos los medios de difusión daban una amplia ventaja al Si, pero ganó el No. Álvaro Uribe, expresidente de Colombia, encabezó la campaña por el No concentrándose en el rechazo a Cuba y Venezuela, lo que llamó “el Castro-Chavismo”, en difundir expresiones de odio en sus vertientes de racismo y homofobia, y en mentiras sobre el trato que le daría el Estado colombiano a los guerrilleros desmovilizados.

Ayer por la noche Donald Trump ganó la presidencia de EE UU. Hasta cierto momento de la campaña a muchos nos parecía un mal chiste, un candidato que representaba los miedos y prejuicios de la clase baja norteamericana pero cuya estrategia no le permitiría llegar lejos dentro de la contienda. Sorprendentemente empezamos a ver como ganó la candidatura del Partido Republicano y después la presidencia; con su discurso racista, xenófobo y misógino logró mover a más de la mitad de los votantes para apoyar su proyecto; al mismo tiempo convenció a este mismo electorado de representar una opción distinta a los últimos gobiernos y en general a la clase política, esto aun cuando es un “magnate” cercano al poder, enriquecido con el trabajo de otros y financiador de campañas presidenciales.

Los tres anteriores episodios están íntimamente ligados, son parte de un nuevo corrimiento del mundo hacia la derecha y el populismo, motivados por la insatisfacción causada por la desigualdad, la disminución en la calidad de vida y la desesperación porque los actuales mecanismos de participación política no permiten acceder a una vida mejor. Quizá la peor parte, cuando menos la más desconsoladora de todo esto, es que somos nosotros, es la gente, quienes con nuestro voto dentro de un sistema democrática (aun con sus asegunes) validamos estas posturas y permitimos su avance y crecimiento.

Quienes luchamos por un mundo distinto, que se mueva hacia la inclusión, la diversidad, la mejor repartición de la riqueza y el buen vivir, necesitamos reagruparnos y pensar nuevamente nuestras estrategias para comunicar y convencer. Nos quedan aún varias batallas cercanas contra la ultraderecha que gana terreno con personas como Marine Le pen en Francia o con el partido “Alternativa para Alemania” en Alemania; o para vencer a gobiernos como el de Mauricio Macri en Argentina y Michel Temer en Brasil. No perdamos la esperanza.

*Coordinador Estatal de las Juventudes de Izquierda, Veracruz.

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