Por Joel Hurtado Ramón
08 de diciembre de 2016

En estos turbulentos tiempos de lenta agonía social, económica y humana, donde un ciclo termina y otro comienza para una renovación total, como siempre ha sucedido  desde las más remotas épocas,  en las cuales el homínido,  llamado “homo sapiens”,  tuvo su origen, es importante conmemorar a lo mejor que la humanidad ha dado como seres pensantes que de alguna manera justifican el calificativo de “sapiens”.

Hoy quiero recordar a uno de los más brillantes pensadores cuyo nombre es Kong Zi pero que en occidente se le conoce como Confucio.

Fue  Filósofo, teórico social y fundador de un sistema ético – más que religioso – que ha llegado hasta nuestros días, Kong Zi (Confucio, para occidente) vivió en la China feudal hace 2.500 años, entre el 551 y el 479 a. C. Sus orígenes eran muy humildes, pero desde joven mostró una gran inclinación por los libros antiguos y, con el tiempo, desempeñó una alta posición como funcionario del estado de Lu, en la actual provincia de Shandong.

Por la amplitud y profundidad de su sabiduría, pronto llegó a ser conocido como Kong el Sabio (Kong Fuzi, que los misioneros escribieron como Confucio), pero esa nombraría no impidió que una intriga política le obligara a exiliarse y a peregrinar durante trece años de una corte a otra, intentando persuadir a los monarcas de que adoptaran sus ideas sobre la justicia y la convivencia en armonía.

Decepcionado, acabaría refugiándose en la enseñanza y reuniendo a su alrededor a numerosos discípulos, con los que recogió y sistematizó los cinco grandes textos de la tradición china: El célebre Yi Jing (I-Ching) o Libro de las Mutaciones, el Shu Jing o Canon de la Historia, el Shi Jing (Libro de las Canciones), el Li Ji (Libro de los Ritos) y los Chun Qiu o Anales de primavera y otoño.

Las enseñanzas de Confucio, que han llegado hasta nosotros gracias a sus alumnos, se encuentran reunidas en los cuatro libros clásicos.

La doctrina de Confucio: Filosofía, Moral y Política de la China. Estos cuatro libros, que Confucio no redactó personalmente, son el canon de su escuela, también conocida como -de los Letrados- Frente al individualismo anarquizante del taoísmo, el confucianismo representa la dimensión social del hombre, cuya moralidad viene definida por el deber, la posición y la función, ya sea en la familia o en el Estado. Se trata de textos, en fin, que demuestran que la historia y la cultura chinas son tan incomprensibles sin las doctrinas de Confucio como las europeas sin la filosofía griega y el cristianismo.

Lejos de la mística y las creencias religiosas, la enseñanza de Confucio se propone como una filosofía práctica, como un sistema de pensamiento orientado hacia la vida y destinado al perfeccionamiento de uno mismo.

El objetivo no es la “salvación”, sino la sabiduría y el autoconocimiento.

Primer Libro Clásico (Ta-Hio o Gran Ciencia) atribuido al nieto de Kung-Tse y dedicado a los conocimientos propios de la madurez.

Segundo Libro Clásico (Chung-Yung o Doctrina del Medio) que trata de las reglas de la conducta humana, del ejemplo de los buenos monarcas y la justicia de los gobiernos.

Tercer Libro Clásico (Lun-Yu o Comentarios filosóficos) también conocido como Analectas que resume de forma dialogada lo esencial de la doctrina de Kung-Tse.

Cuarto Libro Clásico (Meng-Tse o Libro de Mencio) compuesto por su más destacado seguidor, que vivió entre los años 371 y 289 a. C.

    El poco legado escrito que Confucio dejó, las Analectas, es una colección de conversaciones con sus discípulos que  basa toda su filosofía moral en una enseñanza central: el “ren” que es la virtud de la humanidad y a su vez está basada en la benevolencia, la lealtad, el respeto y la reciprocidad.

Estos valores de Confucio son imprescindibles en las relaciones humanas.

A continuación cito algunos de sus pensamientos:

Para el buen gobierno de los reinos es necesaria la observancia de nueve reglas universales: el dominio y perfeccionamiento de uno mismo, el respeto a los sabios, el amor a los familiares, la consideración hacia los ministros por ser los principales funcionarios del reino, la perfecta armonía con todos los funcionarios subalternos y con los magistrados, unas cordiales relaciones con todos los súbditos, la aceptación de los consejos y orientaciones de sabios y artistas de los que siempre debe rodearse el gobernante, la cortesía con los transeúntes y extranjeros, y el trato honroso y benigno para con los vasallos.

Cuando el hombre prudente es elevado a la dignidad soberana, no se enorgullece ni envanece por ello; si su posición es humilde, no se rebela contra los ricos y poderosos. Cuando el reino es administrado con justicia y equidad, bastará su palabra para que le sea conferida la dignidad que merece; cuando el Reino sea mal gobernado, y se produzca disturbios y sediciones, bastará su silencio para salvar su persona. Todos los seres participan en la vida universal, y no se perjudican unos a otros. Todas las leyes de los cuerpos celestes y las que regulan las estaciones se cumplen simultáneamente sin interferirse entre sí. Las fuerzas de la naturaleza se manifiestan tanto haciendo deslizar un débil arroyo como desplegando descomunales energías capaces de transformar a todos los seres, y en esto consiste precisamente la grandeza del cielo y de la tierra.

El sabio pretende que sus acciones virtuosas pasen desapercibidas a los hombres, pero día por día se revelan con mayor resplandor; contrariamente, el hombre inferior realiza con ostentación las acciones virtuosas, pero se desvanecen rápidamente. La conducta del sabio es como el agua: carece de sabor, pero a todos complace; carece de color, pero es bella y cautivadora; carece de forma, pero se adapta con sencillez y orden a las más variadas figuras.

Contrólate a ti mismo hasta en tu casa; no hagas, ni aún en el lugar más secreto, nada de lo que puedas avergonzarte.

Sin ofrecer bienes materiales el sabio se gana el amor de todos; sin mostrarse cruel ni encabezado, es temido por el pueblo más que las hachas y las lanzas.

La pompa y la ostentación sirven de muy poco para la conversión de los pueblos.