Tal Cual
Por Alberto Loret de Mola
15 de diciembre de 2016

Querido diario:

-Día 15 de la nueva era- Perdón por no haber escrito todo este tiempo pero en los últimos días han pasado cosas muy interesantes, te cuento: hace dos semanas me convertí en el salvador de mi provincia. Aunque, literalmente, me apoderé de ella unos días antes de la fecha, seguiré, ahora sí, fielmente lo que manda la Constitución y lo que contravenga a mis designios, simplemente será modificado para así, poderla respetar ¡Es mi privilegio!

Si supieras lo cobardes que son los que se marcharon… uno de ellos, tras llamarme insistentemente, hasta lloró y me reveló dónde tenían escondidos 400 millones. Me dio datos de propiedades a cambio de impunidad y yo le dije, con mi marcial seriedad: no te garantizo nada, sigue portándote bien y veremos. Salió sollozando el debilucho ese. ¡Merecen la horca!

Mis discursos me han ido saliendo muy bien, lo único que me preocupa es que los súbditos, muertos de hambre, me piden cumplir las promesas que hice -dinero, dinero y más dinero- y ya sabes, prometer no empobrece, dar es lo que aniquila. No hay un real para pagar y las deudas son aplastantes. ¡Maldito gordo, no me dejó nada! ¡Y los pensionados se mueren cada vez más viejos!

Los del centro están reacios a ayudar a alguien valeroso, de oposición, porque eso sería tanto como reconocer que los derechistas somos mejores que los revolucionarios. Pero como de todo se asustan, seguiré amenazando hasta con la escisión, me ha funcionado bien. Lo malo es que ellos me quieren apretar con mi pasado, pero esa es harina de otro costal.

Hay que demostrar la mano dura de la ley. Ya encarcelé a unos pelafustanes que querían cerrar una vialidad y mi gabinete exclamó ¡así se gobierna, así! Arenga que, modestia aparte, se está convirtiendo en costumbre puertas adentro. Me gusta la vida palaciega, todos me reverencian, algunos hasta se hincan y muchos -y muchas- hasta se ponen.

Mi vestimenta trae deslumbrados a todos mis súbditos. No hay lugar donde yo me pare que mis trajes de marca no levanten la admiración entre la prole. Lo que más he notado son las mirada que han cambiado. Ahora me ven con respeto, admiración, esperanza… y he percibido emocionado que las jovencitas, las de uniforme, me miran a los ojos y luego a la bragueta. ¡Juventud, divino tesoro! Como te extraño Jean, la que podríamos armar ahora que soy el caudillo de estas tierras todo se me permite. Veré como ayudarte.

A mi antecesor, al que le tengo preparada la guillotina, le he dado un golpe tremendo: ¡hice que los revolucionarios le quitaran su credencial! Nunca se lo esperó. Está deshecho y está desterrado viviendo como marqués protegido por sus secuaces.

Mis mercenarios, los tapatíos, ya están metiendo al orden a los anteriores recaudadores. O los expulsan, o los integran o los ejecutan. Mano dura. ¡Así se gobierna!

Poco a poco voy conformando la nueva corte. En tanto, tengo mucho trabajo pero pronto volveré a escribirte, querido diario.

Yo, el Magnífico.