De pena el papel que vive el ex gobernador Javier Duarte de Ochoa. El único calificativo que le queda es el de… tonto. Una persona con una limitación mental y emocional inconcebible, apenas creíble porque está dejando un rastro de estulticia que desgració la vida de millones de veracruzanos, arrojados al estercolero sólo porque él recibió una investidura caprichosa, inmerecida y humillante para la Entidad.

Ni el incienso quemado por personeros, beneficiarios, cómplices y periodistas comprados pudo ocultar los estropicios sufridos por el presupuesto público, por la vida institucional y por acciones que debieron materializarse en beneficio para los desposeídos, pero también en impulso para la inversión y el progreso.

Lo que se veía desde el principio resultó cierto. Javier Duarte siempre fue un estúpido. Más que demostrado está con el hecho de que tiene el dominio de millones de dólares robados al pueblo, pero no puede disfrutarlos en libertad porque tiene que andar como los forajidos, a salto de mata, ocultándose y escondiendo un rostro que está marcado por la burla, el escarnio y el desprecio público.

¿De qué le servirán los millones, con hijos alejados, avergonzados y con su propia humanidad refundida en la cárcel?