Por David Quitano
27 de diciembre de 2016

El pueblo es aquella parte del Estado que no sabe lo que quiere

Friedrich Hegel

Al final, 2016 se está posicionando como un año que bofeteó de manera vigorosa la tendencia vigente de que había una “evolución e inclusión social”, sin embargo, fue punto de inflexión en la nueva trayectoria sociopolítica en diversas partes del hemisferio.

El Brexit, el referéndum en Colombia, la elección de Donald Trump, fueron sucesos que rompen el arquetipo. Se presentan como llamados de atención para todo aquel dispuesto a entender los mensajes de cambio que se nos exhiben.

Evocando a Zygmunt Bauman, este período de transición presenta retos y riesgos muy grandes, pues en las coyunturas se puede cambiar para bien y para mal. Podemos avanzar en algunos aspectos, pero en otros a partir del miedo dar muchos pasos hacia atrás en senderos ya conquistados.

A medida que esta coyuntura se esparce, abre la puerta a que los fantasmas del Nacionalismo ortodoxo y el populismo deambulen entre nosotros, con toda la experiencia histórica que ello significa.

Nos dice mi amigo Alberto Lujambio, que la democracia, por ejemplo, parece que está a la venta y siempre gana el que invierte más en uno de dos recursos: el odio o el dinero. La fea, la tonta, la impredecible, la caprichosa, la vanidosa, la abyecta, la ineficiente, la mentirosa, la inepta. Esa es la nueva versión de la democracia.

Sin embargo, no me cansaré de defenderla. La situación recae en que el comportamiento de los países de occidente con respecto a su democracia, evidencia que el dirigente promedio no es más que los griegos llamaban Hombre Timocrático, el cual es un tipo de hombre indulgente con los hombres libres, y sumiso a las autoridades, deseoso del mando, amante de los honores; aspira a mandar no en virtud de la propia palabra, o por cualquier otra virtud del género, sino por la propia actividad corrupta y conspiradora.

Ante dicho comportamiento es imperativo que emerjamos con nuevas formas de entender la política, el servicio público y nuestro comportamiento. Los ciudadanos “promedio” debemos tomar el control de la tierra que habitamos.

Es tiempo de entender que los recursos naturales son compartidos y deben ser administrados por sistemas eficaces, incluyentes y globales. La tecnología para crear gobiernos abiertos ya existe y no se implementa porque las instituciones nacionales son esencialmente opacas.

La transparencia debe dar paso a la rendición de cuenta, entender que la corrupción no se combate por decreto, la meritocracia debe posicionarse como la piedra de toque. Los cambios en las transiciones democráticas como un espacio real, que tiña una nueva dinámica con respecto a las políticas públicas y los cambios organizacionales.

Hacer hincapié en ello, no es un elemento aspiracional, sino una demanda insoslayable. A medida que ello se cambie, estaremos hablando de nuevas tendencias de gran alcance.

Sin ello, el anquilosado tema económico, el lúgubre aspecto jurídico y el rompimiento de los lazos de fraternidad, no hallaran ecosistema propicio para proyectar un mejor futuro.

Esta sonata no es pesimista, simplemente es una realidad que nos deja este año. A la cual los jóvenes debemos dar cara, y entender que los colores y diferencias deben dejarse de lado, a fin de realizar un frotamiento de voluntades. Porque sin entereza todo lo que se diga, solo será una prolongación de aquellos vórtices que dejaron a países enteros a la deriva.

Ante el dilatado escenario, descansa la idea de que el pasado es un terreno fértil para los mitos, pero el futuro es el espacio primigenio de las realizaciones.

Recordando:

  • 2017 con proyección de un aumento de 20% el costo del combustible. Contracción de las exportaciones hacia USA. Y varias entidades federativas pondrán en marcha impuestos estatales.