Por Jesús J. Castañeda Nevárez
02 de diciembre de 2016

Por fin terminó la peor pesadilla que haya vivido el pueblo de Veracruz; un pueblo históricamente alegre y bullanguero; un pueblo que ríe y llora siempre con optimismo, cobijado de una naturaleza prodigiosa por sus enormes riquezas; un pueblo noble que cree y confía en la buena fe de los demás; un pueblo que canta siempre su esperanza y que ahora fue aplastado sin misericordia por una pandilla de delincuentes sin sangre y sin escrúpulos.

Despojaron a los viejos de su seguridad trabajada por años, a los trabajadores quitaron su salario, a los estudiantes, campesinos, discapacitados, deportistas y sectores vulnerables los dejaron sin apoyos, a los enfermos dejaron sin medicinas y a los niños, los recién nacidos y los que aún no nacen les robaron sus sueños, porque antes de entender los principios de la vida se darán cuenta de la enorme deuda que deberán afrontar por culpa de unos obscuros personajes que la historia habrá marcado con letras de vergüenza.

¿En qué momento nos quedamos dormidos? Cuándo empezó la pesadilla y por qué no hicimos algo para detener esta brutal tragedia.

Tal vez la omisión nos hace responsables, porque creímos en los políticos, en su discurso vacío llenado por los aplausos de sus correligionarios que nos envolvieron en un contagio calculado.  

Un candidato demasiado rico que seguramente no tendría necesidad de su sueldo y mucho menos del dinero nuestro, pero que inexplicablemente nos empujó al tobogán de la deuda, para que el siguiente hiciera lo propio con el agregado de la bursatilización que condenó también a los municipios a una condición de deuda que se convirtió en una bola de nieve que cada vez es más grande y todavía no se sabe en donde terminará.

Y en lo que pudiera hoy entenderse como un deseo de venganza, se nos impuso al sucesor para que acabara con todo, con todo y lo hizo.

Los cómplices directos están identificados; los alternos se están descubriendo. También hay otros responsables que desde el Congreso avalaron todo lo que se les ordenó, mostrando un servilismo mediocre y vergonzoso.

Pero los responsables por omisión somos la mayoría, porque nos quedamos callados, porque volteamos a ver a otro lado, porque no hicimos valer nuestra inconformidad en los procesos electorales en los que vendimos nuestro voto y permitimos que el gobernante se regocijara en su pinche poder heredado, dando por hecho que sus esclavos lo amaban y lo respaldaban.

Todavía retumban los discursos de los funcionarios prósperos, en los eventos prósperos, hablando maravillas de sus programas prósperos, con grandes resultados prósperos, en las empresas prósperas, que al finalizar señalaban el supuesto rumbo próspero en el que iba Veracruz. Que absurdo resulta hoy, cuando nunca fuimos para “adelante”.

Los aplaudidores se ponían de pie en eufórica expresión de complicidad y los abrazos y felicitaciones no se hacían esperar.

Tendrán vergüenza hoy como para que se refugien en ella y admitan su participación nociva en el daño general a un pueblo que confió en los liderazgos sociales, empresariales, académicos, políticos, sindicales y religiosos; que esperaba su honrosa representación y que no tuvo respuesta.

El dolor se detuvo, la pesadilla terminó, el agresor huyó con las bolsas llenas y la consciencia vacía, dejando una estela de destrucción y exterminio. Hay mucho daño que reparar, pero el día ha comenzado y con él inicia una nueva oportunidad.

Nuevos aires soplan en el Palacio de Gobierno y también en el Legislativo; nuevos rostros se apuntan para asumir la responsabilidad de restauración ante la mirada expectante de millones que también se aprestan al trabajo de reconstrucción de un Estado que no merecía ser agraviado como resultó.

Si acaso vuelven los delincuentes, ojalá y sea para enfrentar el juicio de las instancias encargadas de la justicia y no resulte que sea con la pretensión de figurar en una boleta electoral. Eso sería la peor puntilla para los veracruzanos. Porka miseria.

jjcastaneda55@nullgmail.com