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Seis años más tarde el causante del desastre veracruzano, Fidel Herrera Beltrán, debe estar reflexionando en qué medida se equivocó cuando decidió que Javier Duarte de Ochoa fuera su sucesor en el poder veracruzano. Duarte cumplió a la perfección con la primera parte del proyecto, que consistía en cubrir las tropelías de su mentor, en eso no se equivocó Fidel; pero erró mayúsculamente en la perspectiva, pues si bien Herrera Beltrán no estaba capacitado para gobernar y de allí su mefistofélico legado, Duarte de Ochoa estaba en párvulo cuando lo convirtió en el heredero del poder. Inepto, inmaduro e insensible, Duarte fue víctima propicia del Poder, una vez ensoberbecido como Ícaro de pacotilla pretendió acercarse al Sol pero sus alas hechas de paja prendieron fuego y se defenestró al pantano de sus insulsas actitudes.