Viernes contemporáneo
Por Armando Ortiz
02 de diciembre de 2016

Nada impidió que Miguel Ángel Yunes Linares rindiera protesta como gobernador constitucional de Veracruz. Nada lo impidió, ni siquiera aquellos absurdos manifestantes que aseguraban boicotearían la toma de protesta en Palacio Legislativo. Tampoco hubo 400 pueblos, no hubo antorchistas ni las huestes del diputado diabético del extinto partido Cardenista. Todos ellos de alguna manera, en su momento amagaron con tomar el Congreso para evitar que Yunes Linares fuera gobernador. El decrépito César del Ángel aseguró que, aunque en ello le fuera la vida, impediría que el gobernador electo fuera constitucional. Pero nunca pareció la fantasmal figura de ese falso líder.

No es difícil creer lo que se comentaba en los pasillos del Congreso, que Miguel Ángel se anticipó a todos ellos, que de alguna manera los disuadió, los controló, los puso en su lugar; “tal es el estilo de Miyuli”, decían. De hecho desde la mañana las cosas marcharon como si desde el amanecer estuviera todo bien organizado. Camino al Congreso los agentes de Tránsito cuidaban las calles con sus uniformes relucientes.

En el Congreso la gente empezó a llegar desde muy temprano. Sólo entraban aquellos que estaban en una lista, que por cierto sirvió para muy poco, y es que al final se tenían que valer de la agenda del celular para encontrarlo a uno. Después de las 10 de la mañana empezaron a llegar los gobernadores y dirigentes nacionales de los partidos PAN y PRD. Los reporteros y fotógrafos los perseguían como a celebridades. Pocos alcanzaron a declarar algunas palabras, pues a paso rápido se dirigían al lugar que deberían ocupar.

También llegaron los miembros del gabinete de Miguel Ángel Yunes Linares. Algunos de ellos con otro gesto que no era el que les conocíamos. Cabe recordar que mientras estaban en campaña, mientras no eran hidalgos (hijos de algo) se detenían a extenderte la mano, a pedirte un consejo, a solicitarte una entrevista. Ahora, con sus trajes impecables apenas te dirigen la mirada, y eso por encima del hombro. Te saludan con un gesto que encierra simpatía y displicencia, con un gesto que pretende dejar en claro que de ahora en adelante se debe recordar que aquel que te pedía un favor en su indigente anonimato, ahora, con un puesto en el gabinete de Yunes Linares, ya es “hidalgo” (hijo de algo), pues el señor gobernador los acababa de ungir de cierta importancia. Valga semejante rodeo sólo para decir lo que pregona la conseja popular: “se paran en un ladrillo y ya se están mareando”.

Por supuesto ante su gobernador son todo humildad y sencillez, son un dechado de virtudes, son un currículo impecable. No extraña que el día que Miguel Ángel Yunes Linares presentara a su gabinete en el Museo Naval, los calificara de “inmaculados”; cómo se puede sostener esa frase cuando al primero que presenta es a Rogelio Franco Castán, hijo putativo de Érick Lagos, en algún momento entenado de Fidel Herrera.

Uno le puede comprar al gobernador de su discurso el hecho de que en adelante los hombres y mujeres elegidos se comprometerán para sacar adelante a Veracruz, de que en adelante se comportarán con honestidad, de que en adelante harán expiación de sus pecados y se conducirán como buenos cristianos, pero hasta ahí.

Por cierto, algunos de los asistentes, y muchos veracruzanos se quedaron esperando la noticia que cimbraría al país; otros entendieron que la devolución de mil 250 millones de pesos, como un hecho inédito en la nación, era más que suficiente para que el país se estremeciera.

Pero como en las buenas novelas de suspenso, Yunes Linares hizo un guiño a un destinatario misterioso, el dueño de ese edificio donde descargaban los millones de pesos del presupuesto veracruzano. Esperemos la segunda entrega de esta historia, para ver en qué concluye.

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