Por Marcelo Ramírez Ramírez
16 de enero de 2016

Hacia fines de la época moderna la metafísica fue considerada una empresa imposible. La razón humana no tenía capacidad para ir más a allá de los fenómenos. La razón capaz de captar el ser de la filosofía clásica y la Escolástica,  dejó su sitio a la razón en el sentido débil del término. Por ello los ilustrados de hoy pretenden preservar la herencia de los ilustrados de ayer, pero ya no pueden estar llenos de optimismo; más bien son pesimistas. Es el caso entre otros muchos de Norberto Bobbio, de interés para la política, porque Bobbio se empeña en una labor de salvamento de los valores de la política, bajo la premisa de la imposibilidad de justificar la superioridad de los valores de la democracia. Son más compatibles con la dignidad humana, pero se desconoce el fundamento último de la misma. La razón es débil porque se sabe impotente para alcanzar las verdades esenciales; se ha trazado a sí misma el objetivo más modesto de mantenerse en los límites de los fenómenos a los que puede imponer su ley.

El antropocentrismo posmoderno, descansa, pues, en una razón unilateral, no en la razón fuerte que sustenta los grandes proyectos, las ideologías, las utopías. Este antropocentrismo desespera de no encontrar la salida al futuro. Vive entrampado entre la desmesura de lo que espera y la pobreza de lo que obtiene. Si las ideologías han llegado a su fin, si las utopías ya no son referentes polares de las luchas del presente, entonces cabe pensar que también la política está fuera de lugar, condenada ella también a desaparecer.

Entonces: ¿Lo que se sigue nombrando política ya no es tal? Así podría suponerse si, efectivamente, el orden social se considera consolidado. En tal caso sólo requiere retoques y ajustes menores, de ninguna manera intervenciones de gran calado que alteren la naturaleza de las relaciones económicas subyacentes al sistema. El sistema tiene ante sí un modelo invariante al que debe acercarse lo más posible: el capitalismo de mercado. Hasta ahí la analogía con la persecución del ideal. Aspirar a otros modelos de convivencia representa un atentado contra el orden natural de las cosas. La historia se repite, ya que la doctrina del derecho divino de los reyes gozó también en su momento de idéntico estatuto; el rey era el representante de Dios en la tierra en la cual el poder político reflejaba el orden jerárquico del universo. La doctrina del derecho divino fue cuestionada por los ideólogos del liberalismo clásico y ahora, por motivos semejantes, ha de cuestionarse  el supuesto orden natural postulado por el  neoliberalismo. Esa es la tarea de la reflexión crítica. La índole de esta reflexión pide el espacio público, donde se forma la cultura ciudadana y se toma conciencia de los deberes del ciudadano corresponsable en la buena marcha de los asuntos públicos. Preguntar si la política ha muerto no es una pregunta ociosa de la que ya se conoce la respuesta, según pretenden los portavoces del neoliberalismo, pues la respuesta implica buscar la verdad y aceptarla, lo cual no es fácil por los intereses en juego y las posiciones sectarias que acompañan a esos intereses. La sustitución de la política por la administración, conduce irremediablemente a la pérdida del sentido de la lucha por cambiar la suerte de “los condenados de la tierra”. Ya en el mismo planteamiento de la muerte de la política, algo resulta chocante; algo aberrante se esconde tras las racionalizaciones aducidas para consagrar una forma específica de producir y consumir, cuyos efectos  se extienden a todas las esferas de la existencia. Surge entonces la respuesta alternativa, la cual niega categóricamente la muerte de la política y ofrece buenas razones para suponer que tal cosa pueda suceder en el futuro. La primera y fundamental razón es que la política da respuesta a ciertos problemas de la existencia y desarrollo de las comunidades humanas, desde las más simples a las más evolucionadas y sofisticadas. Cuando un tipo de política fracasa, debe cambiarse por otro tipo de política, no condenar la política como tal por irrelevante o innecesaria. Pueden parecer éstas, verdades de Perogrullo, pero no son pocos los que con los pésimos resultados del llamado pragmatismo político, se han decepcionado de la política alejándose de ella, cuando esos mismos fracasos debieran impulsar un retorno a la política verdadera. En la actual época de crisis, la justificación de la política depende de su capacidad de convocar al ejercicio responsable de la libertad, ante la arremetida del pensamiento instrumentalizado, del discurso unidireccional. Esta política progresista tiene su hermana gemela en el conservadurismo que aprovecha los márgenes de la acción libre, para perpetuar privilegios de poderes establecidos, tal como se ve con alarma que está sucediendo con las medidas adoptadas por el presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump. La política orientada al bien común se compromete con el ejercicio ético de la libertad, a sabiendas, de parte del político, que su práctica supone los mayores obstáculos y trabas. Podemos añadir a dicha política el adjetivo de humanista, siempre y cuando no contaminemos la expresión con resabios utópicos; la política humanista ha de permanecer en cuanto política, fiel al realismo del que depende el éxito de su gestión. Esto es así, porque la libertad de acción en que se mueve el político, está condicionada por múltiples factores y es por tanto una libertad relativa. Ello explica el aforismo que reza: “La política es el arte de lo posible” y que sirve al cínico para justificarse con lo mínimo, pero también sirve al político auténtico para empeñarse hasta el límite de las posibilidades. Si hace la lectura correcta de las  circunstancias podrá incidir en ellas positivamente, ampliando el campo de la acción libre para futuras acciones. Mantener vigente el arte de la política significa poder perseverar en los intentos de cambiar el mundo  para bien. Que por su estructura y esencia el mundo del hombre no pueda alcanzar la plenitud, es un misterio que no le toca a la política investigar; su misión  es asumir los problemas que se le encomiendan y buscar soluciones con las armas de que ha sido investida: la inteligencia y la palabra, una para alcanzar el conocimiento que anticipa la acción; la otra para dialogar y alcanzar acuerdos. La política va de la mano con la civilidad; sin el auxilio de la política es inevitable el retorno a la anarquía, al predominio del puro egoísmo, a la ley del más fuerte. Esto acontece cada vez que la injusticia llega a extremos insoportables. En esos momentos el instinto de supervivencia se manifiesta como una energía telúrica, provocando caos y anarquía social. La masa toma entonces por la fuerza lo que el Estado no ha sabido proporcionarle mediante políticas públicas de real contenido social. A falta de instituciones a través de las cuales fluyan con regularidad bienes y servicios para la vida digna, surgen los liderazgos mesiánicos que mantienen en  minoría de edad al pueblo. No hay pues otro camino que reivindicar la política. Si las exigencias éticas del proyecto democrático no son suficientes para contrarrestar el enorme peso de los intereses creados, dando base de sustentación al Estado social de derecho, el ominoso rostro  de la violencia y el caos, deben tomarse como la señal enviada a la clase gobernante, conminándola a vivir la política como arte del buen gobierno y la convivencia civilizada.

Enero 2017