Cuando Duarte de Ochoa lucía la investidura de gobernador, no pocos de sus colaboradores y “amigos” se apresuraban a saludarlo, ponérsele en frente para obtener su saludo y sonrisa, con la cabeza semi inclinada hacia el lado derecho, la mano extendida, o bien para recibir la palmada alentadora, ¿cuántos de esos solícitos personajes, embadurnados ilícitamente de oro mal habido negarán al ahora preso porque se lo ganó a pulso, quien les permitió corromperse con dinero público? Será la feria del “canto del gallo”, de los “pedros” y los judas, prontos a expresar lo más deleznable de la naturaleza humana: la traición y la ingratitud.