El reciente arresto en Firenze de Tomás Jesús Yarrington Ruvalcaba, ex gobernador de Tamaulipas, irremediablemente trae a la memoria a su colega veracruzana Javier Duarte de Ochoa, sustraído de la justicia desde el año pasado, cuando materialmente “se pintó de colores”, como dice la mexicanísima expresión coloquial,  y jamás han vuelto a verlo sus atribulados otrora gobernados.

Nadie le cree al gobierno federal que sus fuerzas de inteligencia no puedan hallar a un individuo caracterizado precisamente por su falta de ídem. Mentalmente confundido por un desplome tan súbito que no le permite llevar la vida pública de lujo, derroche, desenfreno y adulaciones a la que se acostumbró durante 12 años, Duarte de Ochoa debe estar confiado, como torpemente lo hizo en los últimos meses de su desgobierno, en que las cantidades colosales de dinero que envió al PRI de Enrique Peña Nieto, son su garantía y pasaporte hacia la impunidad.

Quizá no alcanza a vislumbrar que su detención debe revestir la oportunidad y espectacularidad necesaria que dé oxígeno a su partido, el PRI, porque el propio Peña tiene su futuro de ex Presidente en entredicho si no logra remontar su mala imagen. Y por el otro lado, no se cree que Miguel Ángel Yunes no haya dispuesto los recursos necesarios para atraparlo y presentarlo en condiciones tales que se granjee la gratitud de los veracruzanos, sobre todo de los electores, que tomarán decisiones en poco tiempo.