Magno Garcimarrero Ochoa

GUANAJUATIZACIÓN

“La vida no vale nada” dice José Alfredo Jiménez en una de sus gustadas canciones, refiriéndose a su tierra Guanajuato, pero sin contar con que el ejemplo cunde y que ha llegado a Veracruz y, dentro de este Estado a su capital Xalapa que en algún tiempo fuera la “ciudad de las flores” y la “Atenas” veracruzana donde se respiraba tranquilidad de ánimo y la gente podía caminar sobre sus angostas aceras guarecida por los aleros de las casas, muy quitada de la pena, sin mojarse a pesar del eterno chipi chipi que abonaba los sabañones como única agresión del entorno, y sin que lo asaltaran a uno a plena luz del día.

Los ayer xalapeños ahora debiéramos llamarnos guanajualapeños, así como hay también juerochos referido a los que se fueron de aquí, no se hallaron allá y se regresaron pa’cá empujados por la “fidelidad” que le deben a su Estado, a pesar de que esté por cambiar la confianza por la bajo fianza.

Los guanajualapeños tenemos que acostumbrarnos a pensar que la vida, nuestra vida, es un bien devaluado; que ahora vale más un litro de gasolina que nuestro anhelo respiratorio; tenemos que seguir la inercia de darle más valor a las cosas y a las propiedades que a lo que somos: una bala de rifle AK-47 debe andar por dos dólares, así que saque usted cuenta de cuánto gasta un señor que rocía a su prójimo con setenta u ochenta balas; échele números a lo que puede costar un chaleco antibalas para aquellos que todavía creen que la vida tiene un mínimo valor digno de ser protegido.

Saque cuentas de la incomodidad que representaría viajar en el interior de un carromato blindado como esos en los que transportan los valiosos billetes de banco, moneda de papel que no papel moneda; vehículos por demás espantosos, anti estéticos, estorbosos, repugnantes en una palabra. Suponga usted que, decepcionado de la vida, de los candidatos, de los disfuncionarios públicos a quienes ya no se les tiene la menor confianza, decide usted suicidarse quemándose como un resignado bonzo guanajualapeño; necesitará de dos a tres litros de gasolina que hoy está casi a dieciocho pesos pero mañana ¿quién sabe?

Así que su vida debe tasarse más o menos en $54.00 sin calcular el precio de los cerillos que debe utilizar, que aunque sea uno hay que comprar la cajita completa, que nadie vende un fósforo solitario sin caja donde rasparle la cabeza.

Lo mejor es quitarle importancia y valor a la vida, y no porque comience siempre llorando y así llorando se acabe, sino porque sicológicamente, filosóficamente y socialmente, alivia pensar como si estuviéramos en un eterno velorio: “no somos nada” “hoy estamos aquí y mañana quién sabe” “que pena lo de tu pariente, pero todos vamos para allá tarde o temprano” “nada más se nos adelantó”.

En fin, que tenemos que adecuarnos a las circunstancias y poner nuestras barbas a remojar ahora que rasuran de gorra sin que el 911 se de abasto.