Javier Duarte de Ochoa arribó a la Torre de Tribunales, en la Zona 1 de la ciudad de Guatemala, a bordo de una camioneta del Sistema Penitenciario. El vehículo iba escoltado por patrullas y motocicletas de la Policía Nacional, igualito que cuando viajaba en sus camionetas blindadas en Veracruz, con un impresionante (y molesto para los transeúntes), despliegue de vehículos que hacían notoria su presencia.

Nadie osaba en aquellos meses y años oponerse al aparato policial y de tránsito, porque nadie podía hacerlo en Veracruz. Tampoco hoy, nadie pudo atajar al convoy policiaco guatemalteco que lo trasladó al juzgado. Sólo que ahora no iba por su voluntad. Duarte era trasladado a fuerza. Aún conservaba su misma ropa de fina marca del sábado de gloria, aunque esta vez seguramente estaba sucia y maloliente.

La historia pareciera repetirse en escenas ya conocidas por los veracruzanos. También vestía chaleco antibalas y lo esperaba una multitud de periodistas, como cuando estaba en la plenitud del poder. Sólo que ahora se exhibía ante las cámaras como un peligroso delincuente, con grilletes en manos y pies, con un rostro angustiado, y sin que los guardaespaldas obedecieran, como antaño, sus órdenes. Esta vez ellos lo mandaban.

Tampoco la prensa lo esperaba delirante de admiración (o interés económico), más bien lo tenían sujeto al escrutinio, exhibido como animal raro, como un gigantesco roedor que no merece compasión porque no la tuvo con una veintena de periodistas muertos, miles de familias ensangrentadas que lloran a sus desaparecidos y 8 millones de veracruzanos asolados por la inseguridad y la pobreza, gracias a que él se robó el dinero público.

Apenas empieza a expiar sus errores. Estaremos satisfechos cuando sea despojado de la riqueza indebidamente obtenida.