¡Oh, qué hermosa apariencia tiene la falsedad!
Shakespeare

David Quitano Díaz

Quienes leyeron correctamente en 1986 el entorno por la firma de la entrada de México al GATT, hoy seguramente son más competitivos. Menciono lo anterior, porque al igual que hace 30 años, un grueso de la población estamos distraídos en una parafernalia mediática, que más bien parece liturgia de cara a los procesos políticos.
El nocivo actuar del advenedizo discurso populista y beligerante por parte del centro, la izquierda y la derecha, es consecuencia de una democracia que no da resultados.
La liberalización social y política de nuestro país como tendencia, parecía conducirnos hacia un mejor escenario. Deberíamos estar en este momento cosechando los frutos propios del proceso histórico, pero no se dio.
Hoy se presentan en riesgo las posibilidades de avance económico, se tambalean las endebles columnas que sostienen el viraje institucional. Los rezagos en salud, educación y vivienda debían tener una connotación mucho más amena.
Las relaciones naturales entre el capital y el trabajo, no se hallan en armonía. Las configuraciones de economía política en torno a la vida orgánica del país, nos proyectan una lejanía. La corrupción impacta, roza o mancha al gran grueso de actores públicos.
Hemos aprendido que una de las grandes falacias sobre el tránsito hacia la democracia, es que la solución a los problemas nacionales devengan -únicamente- de acumular características propias de los regímenes realmente democráticos: la celebración de procesos electorales, la promulgación de normas y la instalación de instituciones por lo general costosas, como oprobio de eliminar ex profeso ese gran problema.
El debilitamiento del Estado Mexicano y las instituciones, es el daño más grande a la nación, y no precisamente el patrimonial, ya que el primero es ético-material y genera fisuras a los soportes de nuestra vida pública.
Sin embargo, quienes detestamos esta precaria condición, debemos actuar como centinelas con un paso moderado, pero firme, entre lo competitividad del mercado y el valor de los principios éticos. A fin de no concluir manifestándonos como grupos reaccionarios, acotados a sistemas donde la sociedad solo tiene una participación alegórica.
Muestra de ello, es que a partir de la reciente captura de dos ex Gobernadores, las tensiones en el país son cada vez más fuertes, mismas que se expresan como los primeros aires y señales de cambio de algún tipo.
Porque la transformación del país en todos los rincones, debe ser económica, pero la obra para alcanzar un punto de verdadero crecimiento, debe ser moral.
Esa realidad es diáfana, y demanda que, o mejoramos o mejoramos, sino continuaremos con la deshonra y el vilipendio de la nación.
Hoy, desde la más modesta trinchera hasta la más elevada responsabilidad, hay que ejercer una conducta tolerante, responsable, alejada de ambiciones superfluas y excesos, por una comprometida con el desarrollo, la ley y su imperio.
Ya fue suficiente de atizar el rencor y la confrontación, vale más acudir a un conocimiento mutuo que advierta los dramáticos costos de una situación donde todos contra todos, y nadie a favor de las políticas públicas que cobren relevancia para el alcance de mejores niveles de bienestar.
Si continuamos distraídos, se nos irá de las manos el futuro.